El festín de los sordos y el despertar del titiritero

Carta de Lector

Por Carta de lector

Martin Pedemonte
DNI 23.058.942

ZAPALA

Hablar de política en estas tierras es asomarse a una cloaca dorada donde la decencia fue subastada al mejor postor, al menos hasta ahora. Mientras el ciudadano de a pie hace malabares con la aritmética del hambre —entre la factura de la luz impagable, la canilla seca, se tropieza con mangueras comunales, sin gas, esquiva los pozos, y el terreno propio convertido en una utopía de ricos—, el estamento político mastica langosta en su burbuja de privilegios, habla de regalías, dólares, exportaciones, petróleo y GNL.

Nos gobiernan gerentes de la desidia, cínicos de traje entallado que convirtieron el Estado en una pyme familiar y al servicio público en una obra de teatro grotesca en donde los medios se convirtieron en grandes oradores del relato oficial. Se llenan la boca hablando de democracia mientras blindan sus negociados. La Justicia, esa venda ciega que siempre se inclina ante el peso del sobre o la línea del poder (salvo contadas excepciones, porque las hay!), ha convertido los tribunales en una sucursal del corporativismo. Nos exigen cumplir las normas, firmar formularios, mendigar audiencias, mientras ellos defecan en la ley, y los valores que juraron defender. Creen que el poder es una patente de corso, un título nobiliario heredado en urnas cautivas.

Olvidan el detalle fundacional: el poder se presta, no se regala. Es del pueblo, aunque se hayan acostumbrado a usurparlo como ocupas con fueros. Pero la paciencia no es eterna; a veces, es solo lava acumulándose bajo la corteza.

Hoy asistimos a la mutación más temida por los señores feudales modernos: el ciudadano dejó de ser un espectador pasivo para convertirse en auditor filoso, se empodera, reclama, lo visibiliza, marcha. Ciudadanos comenzaron a pedir informes, se exigen expedientes, se arman proyectos de ley desde la cocina de una casa humilde, se usan las redes sociales como trincheras y altavoz. Cuando el engranaje oficial se engrama en su propia inutilidad, la calle toma la posta.

Marchas, hartazgo puro y duro. El Estado empieza a hacer agua por todas las costuras porque la maquinaria del abuso cruje cuando el soberano decide recordarle quién es el dueño del circo. Muchos comienzan a rememorar los cacerolazos.

Subestimaron al pueblo durante décadas. Creen que la memoria es corta y que el estómago vacío se aquieta con globos de colores o discursos de barricada barata. Juegan con fuego sobre un polvorín de dignidad herida. La historia argentina tiene el pulso curtido en destituir soberbios y eyectar inútiles; el eco de las cacerolas retumba en los cimientos de la desidia y les avisa, con la crudeza de lo inevitable, que el ciclo se agota.


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Martin Pedemonte
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