Una orquesta y un país
Alejandro De Muro
DNI 5.081.245
demuroalejandro4@alfredo-jaramillo
En toda orquesta, también llamada “comunidad”, a los efectos del paralelismo, cada instrumento atiende su juego. Los violines, por ejemplo, esperan que los saxos les den entrada y permitan sosegar, con su sonido suave, el arrollador impulso de los vientos.
El director (el “presidente”), con sus cabellos habitualmente tupidos y anárquicos, desatendidos tal vez porque para él es más urgente estampar en el pentagrama un arreglo que acicalarse, convierte a su batuta (el “mando”) en aliada ordenadora. Desde la platea, cuando el deleite cunde, el aplauso respalda la paga de quienes pasaron por boletería y afrontaron honorarios. Cuando la defraudación manda, el abucheo es su correlato.
En definitiva, un símil con el acto (claro que gratuito) de depositar votos en las urnas y manifestarse en consecuencia. Las actividades en un país, como en los recitales, se asemejan. Pueden resultar afinadas o disonantes. Pero, siempre, con cualidades imprescindibles: solidaridad y disposición para expresarse a coro. Con la libertad de optar -a los pianos, los cellos o las guitarras (los “ciudadanos”)- por los candidatos preferidos.
El teatro, como el ámbito de una nación, casi siempre muestra butacas vacías. Algunos, indiferentes, como meros espectadores, apenas se conforman con ocuparlas. Sin la voluntad de contribuir al gran concierto. Otros, en cambio, aspiran a irrumpir en las tablas. Ávidos por desplegar armonías y plasmar una canción memorable. Que deje huellas y perfile algo nuevo y mejor.
Alejandro De Muro
DNI 5.081.245
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