Casas que se viven

Las viviendas no siempre son “de revista de decoración”. Eso es lo que busca el conocido blog Casa Chaucha, que ahora llega al formato de libro.



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Con buen gusto y sencillez. Así son las casas que retrata este blog creado por la diseñadora María Tórtora.

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Habitaciones coloridas, alegres y siempre personales.

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“No se consigue una casa alegre si el proceso de armarla no es divertido”, asegura María Tórtora.

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El libro, que se consigue a 170 pesos, retrata 25 casas.

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“Lo que me interesa registrar no tiene que ver con tener recursos económicos sino con la voluntad de lograr algo lindo y creativo con tu escenografía de todos los días”, dice la autora del blog.

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Julieta Grosso Desde que surgió hace cinco años de la mano de la diseñadora María Tórtora, Casa Chaucha sumó miles de fans en su versión web y por estos días prolonga sus alcances en un libro que a través de 25 retratos da cuenta de elecciones estéticas que transcurren al margen del estándar y visibilizan modos diversos de relacionarse con el espacio habitado. Si cada casa es un mundo, como dicta el saber popular, Casa Chaucha se encarga de retratarlos, de franquear los pactos íntimos que una persona o una familia entablan con el territorio donde, ajenos a la mirada del afuera, tienen lugar las pasiones y pulsiones que trazan una biografía. Y ahí, en la sucesión de imágenes que interpelan el espacio y capturan la singularidad de un objeto o los sutiles criterios de composición que transforman un conjunto de utensilios eclécticos en una puesta escenográfica original, el emprendimiento de María Tórtora se acerca más al experimento etnográfico que al regodeo estético impuesto por las revistas de decoración. “Con Casa Chaucha intenté una reivindicación de una clase de decoración que existe pero que en general no se ve en las revistas del rubro. Hay muchas formas de vivir un hogar: la que me interesa registrar no tiene que ver con tener recursos económicos para resolver un espacio sino con la voluntad de lograr algo lindo y creativo con tu escenografía de todos los días”, apunta. “Una de las premisas que planteé es que ninguna de las casas que visitaría tenía que haber sido decorada por un especialista, por alguien que la haya ‘estudiado’. He ido a muchas de decoradores, pero en todos los casos se trató de su propia vivienda, no de encargos”, señala. El portal surgió en febrero del 2009 y desde entonces no ha parado de crecer: las visitas on-line superan los 123.000 registros mensuales y el soporte de Facebook conquistó hasta el momento más de 53.000 fans que ingresan a diario para explorar algunas de las 131 casas fotografiadas o secciones paralelas como los espacios habitados por los protagonistas de filmes, videos de cocina o las cientos de imágenes enviadas por los lectores. A punto de lanzar la nueva temporada de su página web, Tórtora –33 años, un raid de nueve mudanzas en apenas 12 años– estrena ahora esta versión impresa de 160 páginas que atravesó una instancia de preselección en Idea.me, una plataforma digital de financiamiento colectivo que se ha convertido en la meca de los emprendedores locales. “Todavía no lo puedo creer –se confiesa la diseñadora–. Creo que pegó porque funciona como algo más que un sitio para sacar ideas de decoración. Muchos se sienten identificados con la manera en que aparecen relatadas los pactos o discusiones que surgen cuando se comparte una casa con otras personas. Y también suman otros datos acerca de lo que gusta y lo que cada uno de los entrevistados dice que no pondría nunca en su hogar”. Con menor caudal de fotos y textos más acotados, el libro sigue los lineamientos del formato original: el foco está puesto tanto en lo estético como en el afán de testimoniar usos y costumbres, desde los acuerdos y capitulaciones de una pareja que debate sobre colores y estilos de muebles hasta los disparadores de una mujer que pone en venta cada una de las casas destartaladas que compra y restaura como si fuese la definitiva. “Es el estilo de vida que eligió para ella y sus hijos. En cuanto la casa llega a estar vivible, se instalan y se apoderan de ella, armándola como para quedarse para siempre. Y cuando terminan de hacer la última conexión eléctrica y de ubicar la silla que faltaba, le buscan un ‘novio’, alguien que la quiera tal cual está, con todo adentro. Cuando aparece el candidato, levantan sus cosas y empiezan de nuevo”, narra. La casa de Patricia “era blanca, despojada, y fue adquiriendo capas, según pasan la vida y sus vericuetos, sin parar”, mientras que la de Luz se armó en invierno, “estaba semivacía, alojaba algunas nostalgias”, y en la de Hernán “algunas lámparas fueron envases de desodorante y los ñoquis de batata salen muy seguido”. Como al pasar y con tipografía discreta, el texto de Tórtora arriesga la fórmula del hogar soñado: “No se consigue una casa alegre si el proceso de armarla no es divertido. No se consigue una casa original, si las ideas que vimos en el mundo no se mezclan con la riqueza personal”. Casa Chaucha valora los espacios que reproducen con astucia las señas particulares de sus propietarios y celebra la imperfección de un cielorrado descascarado o un caño corroído por el óxido. Alienta parejas impensadas –una silla del innovador Eames junto a una mesa de madera rústica con patas macizas– y le hace un guiño a los objetos que migran de casa, de dueño y de generación. “No se celebra la apariencia inmaculada. De hecho cada vivienda incluye un ítem sobre limpieza donde se pone una puntuación de acuerdo a la prioridad que le da cada uno. La idea es romper el prejuicio de que cuidar una casa es ser esclavo de ella. Las casa también pueden ser lindas aunque estén sucias”, sostiene Tortora. Entre las muchas ideas que apuntalan esta experiencia fotográfica y narrativa despunta también el fin de los espacios inmutables: una casa es un organismo vivo en perpetua mutación que se modifica a escala de las transformaciones que experimenta una persona o una familia a través del tiempo. “Es algo cultural –explica Tórtora–. Hoy los proyectos son más cortos y la casa se adapta a esa lógica más cambiante, mientras que antes los planes eran para toda la vida. Así funcionan los matrimonios, los trabajos, la elección de no trabajar para criar a los hijos… es saludable que la casa se adapte hoy a la que soy y dentro de cinco años cambie para reflejar a la que seré”. (Télam)


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