Caudillos e instituciones
JAMES NEILSON
SEGÚN LO VEO
Debería de ser muy fácil ser opositor en la Argentina actual. Al fin y al cabo, con generosidad enorme, todos los días el gobierno de Cristina entrega a sus adversarios nuevos pretextos para criticarlo: salidas de presos peligrosos recién condenados, una recesión autoprovocada que está machacando la economía, una tasa de inflación que está entre las más elevadas del mundo civilizado, el cepo cambiario que enfurece tanto a los viajeros como a los muchos ahorristas que, por motivos comprensibles, no confían en el peso, casos esperpénticos de corrupción protagonizados por kirchneristas emblemáticos, una antología cada vez más extensa de dislates verbales y así, largamente, por el estilo. En otras latitudes, tales despropósitos hubieran resultado ser más que suficientes como para hundir a cualquier gobierno por eficaz que hubiera sido su gestión; aquí, en cambio, una proporción sustancial de la ciudadanía reacciona con indiferencia frente a los abusos más impactantes, tratándolos como anécdotas acaso pintorescas pero, en el fondo, carentes de importancia. ¿Por qué? Tal vez porque el grueso de la población, aleccionado por lo que sucedió apenas diez años atrás al desplomarse la convertibilidad bajo una cantidad insostenible de deudas, prefiere aferrarse al principio resumido por el refrán derrotista: más vale malo conocido que bueno por conocer. También incide la cultura política caudillista; los cambios pueden resultar traumáticos. Si bien no cabe duda de que la estrella de Cristina se ha opacado mucho en el transcurso de los meses últimos merced a la desprolijidad, por calificarlo así, del gobierno que encabeza, ningún dirigente opositor ha conseguido aprovechar la oportunidad así brindada para brillar con luz propia. Puede que Daniel Scioli sea una excepción pero, para frustración de quienes ven en él el sucesor natural de Cristina y quisieran que comenzara a actuar como tal, el gobernador bonaerense jura ser tan leal a la presidenta como cualquier militante de La Cámpora. Aunque hay un consenso de que Scioli sí representa una alternativa al statu quo y muchos atribuyen su voluntad de soportar con estoicismo silencioso “zen” los intentos kirchneristas de destituirlo a la conciencia de que no le convendría en absoluto regresar prematuramente al llano, el que una vez más el país entero haya quedado pendiente del desenlace de la interminable interna peronista ha hecho aún más deprimente el panorama político nacional. Como siempre sucede al multiplicarse las señales de que una etapa está aproximándose a su fin, nadie parece tener la menor idea de cómo resultará ser la siguiente. Hace diez años, cuando manifestantes coreaban “que se vayan todos” y “sin peronistas ni radicales vamos a vivir mejor”, parecía que la mayoría estaba convencida de que había llegado la hora de despedirse del populismo largamente hegemónico, pero se trataba de una ilusión. Después de mantener un perfil bajo por algunas semanas, casi todos los integrantes de la clase política, encabezados por los peronistas, volvieron a sus lugares habituales. ¿Habían aprendido algo de la crisis cataclísmica que puso fin a la gestión de la Alianza? Sólo que no sería de su interés procurar innovar en materia económica porque la Argentina seguía siendo un país muy conservador, de mentalidad corporativista, hostil al capitalismo liberal y a los esquemas universales, sin discriminación por motivos políticos, que son propios del socialismo democrático. En el mundo desarrollado, variantes de las tradiciones así designadas dominan por completo el escenario político, se han acostumbrado a alternarse en el poder y, a juzgar por los resultados concretos de décadas de esfuerzos conjuntos, han sido sumamente exitosas. En cambio, en la Argentina el populismo clientelista y caudillista, inicialmente de signo radical pero a partir de los años cuarenta del siglo pasado peronista, se las ha arreglado para mantenerlas a raya. Bien que mal, el país no cuenta con nada parecido a un gran partido equiparable con los de Europa y, hasta cierto punto, Estados Unidos, que se afirma de “centroderecha” y, aunque casi todos los políticos se suponen “izquierdistas”, también ha conseguido prescindir de un partido socialista. Asimismo, si bien a diferencia de “capitalismo” y “liberal”, para los progresistas locales al menos la palabra “socialismo” tiene connotaciones que son bastante positivas, a juicio de la mayoría sabe a ideas exóticas, pedantes, frías y demasiado rigurosas, o sea inhumanas, para quienes privilegian los lazos emocionales entre los dirigentes por un lado y el pueblo o “la gente” por el otro, que se encuentran en la raíz del clientelismo, una modalidad que, desde luego, es intrínsecamente corrupta. En una cultura política que es tan caudillista como la argentina, el jefe máximo de turno se ve obligado a hacer pensar que seguirá en el poder por muchos años más; caso contrario, no tardará en verse abandonado a su suerte por seguidores más interesados en su propio futuro que en aquel del “proyecto”. Es natural, pues, que los kirchneristas ya se hayan propuesto reemplazar la Constitución existente por otra que permita la re-reelección de Cristina. Por ahora cuando menos, pocos creen que logren hacerlo. De estar en lo cierto quienes suponen que el ciclo kirchnerista tiene los días contados, el país pronto tendrá otra oportunidad para optar entre el populismo personalista, que es esencialmente arbitrario, y un sistema basado en el respeto por las instituciones que no depende tanto del presunto “carisma” presidencial. Aunque casi todos los políticos parecen entender que sería mejor privilegiar la institucionalidad, ya que escasean los hombres y mujeres dignos de ser considerados providenciales, lo más probable es que, luego de un intervalo confuso, surja otro caudillo capaz de asegurar cierto grado de “gobernabilidad”. Por desgracia, ningún partido posee la autoridad necesaria para cumplir esta función fundamental. Para que uno o dos la adquirieran, tendrían que transcurrir varios años, cuando no décadas. Puesto que, con la excepción de la UCR y el PJ, dos productos de movimientos populistas, todos los partidos son muy pequeños o muy jóvenes, parecería que el país tendrá que conformarse con líderes “carismáticos” por un rato y rezar para que los próximos aprovechen el poder desmedido que será suyo para fortalecer las instituciones, no para debilitarlas.
JAMES NEILSON
Registrate gratis
Disfrutá de nuestros contenidos y entretenimiento
Suscribite por $1500 ¿Ya estás suscripto? Ingresá ahora