Cenando con Scioli

Redacción

Por Redacción

En algunos países, es normal que líderes oficialistas y opositores se reúnan periódicamente para intercambiar opiniones, pero parecería que en la Argentina no lo es en absoluto. A partir de mayo del 2003, no sólo los funcionarios del gobierno kirchnerista sino también aquellos políticos que presuntamente lo apoyan saben que les convendría tratar a los adversarios como enemigos: si se resisten a obedecer las órdenes “de arriba” en tal sentido, correrán el riesgo de verse acusados de “traición”. He aquí un motivo por el que la presidenta Cristina Fernández de Kirchner y otros integrantes del Poder Ejecutivo nacional desconfían tanto del gobernador bonaerense Daniel Scioli. No les preocupa demasiado entender que su compromiso con el “proyecto” es meramente oportunista, ya que también lo es aquel de virtualmente todos los oficialistas, incluyendo, tal vez, a Cristina misma, sino que les molesta sobremanera su costumbre de charlar amablemente con personajes como el jefe del gobierno porteño Mauricio Macri y, lo que a su juicio es peor aún, que a fines del año pasado celebrara una cena en su reducto en el Delta de Tigre, La Ñata, con el exvicepresidente Julio Cobos, un político que ocupa un lugar muy especial en la cuarta zona del noveno círculo del infierno kirchnerista. Como no pudo ser de otra manera, luego de difundirse la noticia, los adláteres de Cristina estallaron de indignación. La cena con Cobos, como el partido de fútbol con Macri que el año pasado enojó a la presidenta, no sólo sirvió para llamar la atención a la diferencia entre el estilo democrático de Scioli por un lado y el “estalinista” –para emplear el calificativo usado con frecuencia por el mandatario cordobés José Manuel de la Sota– que es tan típico de Cristina por el otro, sino también para hacer pensar que el bonaerense está tratando de formar una especie de alianza centrista para enfrentar los problemas gigantescos que aguardarán al eventual heredero del gobierno actual. Es lo que tenía en mente el ministro de Planificación, Julio De Vido, cuando dijo que, si los comensales “promueven otro modelo, sería bueno que expliquen cuál es.” Es una buena pregunta. Aunque es de suponer que De Vido sabe tan bien como el que más que el “modelo” de Cristina se agotó hace tiempo y que no habrá forma de reavivarlo, también sabe que ningún dirigente declaradamente opositor o, en el caso de Scioli, tácitamente disidente quisiera arriesgarse diciéndonos lo que a su juicio sería necesario hacer para impedir que la economía nacional se hunda o lo que se propondría hacer para reflotarla después del naufragio que le espera. Tanto De Vido como los líderes opositores entienden que en política la sinceridad suele ser suicida, que si bien la mayoría quiere que sus representantes le digan la verdad, cualquier alusión a un ajuste sería tomada por una manifestación de odio hacia el pueblo y por lo tanto se vería debidamente castigada. Para políticos acostumbrados a subordinar todo a sus propios intereses, los esfuerzos de Scioli para defender su autonomía personal sin romper prematuramente con Cristina, la dueña de “la caja” que contiene los fondos que precisan no sólo el gobernador sino también los intendentes municipales de la provincia de Buenos Aires, son motivo de viva preocupación. Por ahora cuando menos la soñada re-reelección parece un tanto fantasiosa pero, como ya es tradicional en nuestro país, la presidenta tiene que brindar la impresión de estar resuelta a seguir en el poder por muchos años más porque de lo contrario no tardaría en verse transformada en lo que los norteamericanos llaman un “pato rengo”, o sea en una mandataria saliente que no esté en condiciones de garantizar nada. No les convendría, pues, a los oficialistas coyunturales figurar en la lista negra de enemigos del “proyecto” de Cristina, pero tampoco les convendría alejarse demasiado de Scioli que, a juzgar por los resultados de las encuestas de opinión, cuenta con un índice de aprobación muy superior al de la presidenta. El dilema que enfrentan es penoso: si se comprometieran con el kirchnerismo, algunos compartirían su destino, el que podría asemejarse a aquel del menemismo antes hegemónico, pero si optaran por solidarizarse con Scioli, se convertirían en blancos de la furia de una facción política que es insólitamente vengativa.


En algunos países, es normal que líderes oficialistas y opositores se reúnan periódicamente para intercambiar opiniones, pero parecería que en la Argentina no lo es en absoluto. A partir de mayo del 2003, no sólo los funcionarios del gobierno kirchnerista sino también aquellos políticos que presuntamente lo apoyan saben que les convendría tratar a los adversarios como enemigos: si se resisten a obedecer las órdenes “de arriba” en tal sentido, correrán el riesgo de verse acusados de “traición”. He aquí un motivo por el que la presidenta Cristina Fernández de Kirchner y otros integrantes del Poder Ejecutivo nacional desconfían tanto del gobernador bonaerense Daniel Scioli. No les preocupa demasiado entender que su compromiso con el “proyecto” es meramente oportunista, ya que también lo es aquel de virtualmente todos los oficialistas, incluyendo, tal vez, a Cristina misma, sino que les molesta sobremanera su costumbre de charlar amablemente con personajes como el jefe del gobierno porteño Mauricio Macri y, lo que a su juicio es peor aún, que a fines del año pasado celebrara una cena en su reducto en el Delta de Tigre, La Ñata, con el exvicepresidente Julio Cobos, un político que ocupa un lugar muy especial en la cuarta zona del noveno círculo del infierno kirchnerista. Como no pudo ser de otra manera, luego de difundirse la noticia, los adláteres de Cristina estallaron de indignación. La cena con Cobos, como el partido de fútbol con Macri que el año pasado enojó a la presidenta, no sólo sirvió para llamar la atención a la diferencia entre el estilo democrático de Scioli por un lado y el “estalinista” –para emplear el calificativo usado con frecuencia por el mandatario cordobés José Manuel de la Sota– que es tan típico de Cristina por el otro, sino también para hacer pensar que el bonaerense está tratando de formar una especie de alianza centrista para enfrentar los problemas gigantescos que aguardarán al eventual heredero del gobierno actual. Es lo que tenía en mente el ministro de Planificación, Julio De Vido, cuando dijo que, si los comensales “promueven otro modelo, sería bueno que expliquen cuál es.” Es una buena pregunta. Aunque es de suponer que De Vido sabe tan bien como el que más que el “modelo” de Cristina se agotó hace tiempo y que no habrá forma de reavivarlo, también sabe que ningún dirigente declaradamente opositor o, en el caso de Scioli, tácitamente disidente quisiera arriesgarse diciéndonos lo que a su juicio sería necesario hacer para impedir que la economía nacional se hunda o lo que se propondría hacer para reflotarla después del naufragio que le espera. Tanto De Vido como los líderes opositores entienden que en política la sinceridad suele ser suicida, que si bien la mayoría quiere que sus representantes le digan la verdad, cualquier alusión a un ajuste sería tomada por una manifestación de odio hacia el pueblo y por lo tanto se vería debidamente castigada. Para políticos acostumbrados a subordinar todo a sus propios intereses, los esfuerzos de Scioli para defender su autonomía personal sin romper prematuramente con Cristina, la dueña de “la caja” que contiene los fondos que precisan no sólo el gobernador sino también los intendentes municipales de la provincia de Buenos Aires, son motivo de viva preocupación. Por ahora cuando menos la soñada re-reelección parece un tanto fantasiosa pero, como ya es tradicional en nuestro país, la presidenta tiene que brindar la impresión de estar resuelta a seguir en el poder por muchos años más porque de lo contrario no tardaría en verse transformada en lo que los norteamericanos llaman un “pato rengo”, o sea en una mandataria saliente que no esté en condiciones de garantizar nada. No les convendría, pues, a los oficialistas coyunturales figurar en la lista negra de enemigos del “proyecto” de Cristina, pero tampoco les convendría alejarse demasiado de Scioli que, a juzgar por los resultados de las encuestas de opinión, cuenta con un índice de aprobación muy superior al de la presidenta. El dilema que enfrentan es penoso: si se comprometieran con el kirchnerismo, algunos compartirían su destino, el que podría asemejarse a aquel del menemismo antes hegemónico, pero si optaran por solidarizarse con Scioli, se convertirían en blancos de la furia de una facción política que es insólitamente vengativa.

Registrate gratis

Disfrutá de nuestros contenidos y entretenimiento

Suscribite por $1500 ¿Ya estás suscripto? Ingresá ahora