Chile, a un año del estallido social






Mientras el país se prepara para elegir una Convención Constituyente, muchos de los detonadores de la crisis están vigentes.


No son 30 pesos, son 30 años”, la frase de los protagonistas de las protestas en Chile resume el descontento que hace un año detonó el mayor estallido social desde el retorno a la democracia en 1990, e inició un proceso de esperanza para algunos, pero para otros puso a Chile al borde de un precipicio.

Cuando los chilenos se preparaban para ser anfitriones de dos importantes reuniones internacionales (la cumbre económica APEC, del Foro de Cooperación Económica Asia-Pacífico, y la COP-25 sobre cambio climático) y el presidente Sebastián Piñera acababa de declarar a Chile como un “oasis” de estabilidad en América Latina, se encendió la pradera.


#Chiledesperto se transformó en la máxima tendencia en redes sociales por esos días, y aún se mantiene como el lema de las protestas, en un reclamo apoyado por más de 65% de la población, según diversas encuestas.


El desencadenante fue una serie de evasiones de estudiantes de secundaria en el Metro de Santiago, algunas de las cuales fueron masivas y violentas.

“Evadir, no pagar, otra forma de luchar”, reclamaron los estudiantes encaramados sobre los torniquetes por el alza de 30 pesos (0,03 centavos de dólar) en el boleto.

Un año después, tras una postergación en abril por la pandemia, los chilenos acudirán este 25 de octubre a votar en un plebiscito que definirá si se cambia o no la Constitución heredada de la dictadura de Augusto Pinochet (1973-1990). El referéndum se aprobó por un acuerdo entre las fuerzas políticas después de una de las jornadas más violentas tras un mes del inicio de las protestas.

A los estudiantes se sumaron ese viernes 18 de octubre otros manifestantes. Y al caer la noche varios puntos de Santiago ardían.

“Este afán de destruirlo todo no es protesta, es delincuencia”, afirmó entonces Piñera, que durante los ataques a las estaciones fue captado comiendo pizza junto a sus nietos en un restaurante, una imagen que se viralizó por redes sociales y alimentó la furia. La noche terminó con tanquetas militares custodiando el palacio de Gobierno tras decretarse el “estado de emergencia”.

Al día siguiente, Santiago amaneció irreconocible, con semáforos en el suelo, autobuses quemados, comercios saqueados y miles de piedras y palos sobre las calles. “Es muy triste todo lo que está pasando, pero la gente está indignada porque no la escuchan”, dijo Antonia, de 26 años, ese día en el corazón de la capital chilena.

Piñera quedó enfrentado a una crisis social sin precedentes desde que terminó la dictadura.

Los caceroleos, las protestas, sobre todo en los barrios de clase media, dieron cuenta de que el enojo escondía un reclamo más profundo. El país arrastraba una marcada segregación social pese a ostentar el ingreso per cápita más alto de América Latina (más de 20.000 dólares anuales).

El reclamo de los estudiantes abrió también un malestar acumulado contra un modelo de grandes monopolios por los que la ciudadanía se sentía abusada: empresas distribuidoras y comercializadoras de servicios básicos como agua, luz y gas, además de educación, salud y administradoras de pensiones, durante 30 años de democracia.

Chiledesperto se transformó en la máxima tendencia en redes sociales por esos días, y aún se mantiene como el lema de las protestas, en un reclamo apoyado por más de 65% de la población, según diversas encuestas.

Otras marcan que un 80% condena las expresiones violentas de las manifestaciones.

El Instituto Nacional de Derechos Humanos (INDH) constató 3.063 casos de violaciones a los derechos humanos a partir del 18 de octubre de 2019, entre ellos 34 muertos y 460 personas con lesiones oculares causadas por disparos de perdigones o bombas lacrimógenas. Una semana después y con un país semiparalizado, más de 1,2 millones de personas se congregaron en la Plaza Italia de Santiago, en la mayor concentración de que se tenga registros.

La imagen de un Spiderman encaramado sobre un poste y el video de la caída de una ama de casa disfrazada de Pikachu (personaje de la serie japonesa Pokémon) se hicieron virales. Ambos personajes se convirtieron entonces en héroes impensados de esta revuelta social, que un año después continúa sin líderes y fuera de las estructuras políticas tradicionales.

*Periodista de AFP


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