Clarín goleado

Redacción

Por Redacción

Los militantes kirchneristas festejaron con euforia desbordante el fallo de la Corte Suprema que avaló la ley de Medios no por creer que serviría para garantizar la libertad de expresión, un tema que no les interesa, sino porque significó una derrota para el Grupo Clarín que, luego de haber actuado como un “aliado estratégico” del entonces presidente Néstor Kirchner, cometió el error de romper con el gobierno de su esposa en el 2008 por suponer que su “ciclo” estaba por terminar. De no haber sido por “la traición” del multimedios, a los Kirchner y sus partidarios no se les hubiera ocurrido quejarse por las dimensiones adquiridas por el holding. Antes bien, lo hubieran ayudado a ampliar todavía más su parte del mercado periodístico, colmándolo de favores y privilegios como los otorgados a los medios oficialistas que, en muchos casos, caerían en bancarrota si el gobierno dejara de subvencionarlos a través de una pauta publicitaria grotescamente politizada. Se entiende: para los kirchneristas, todo es política, una fuente a su juicio inagotable de poder y dinero. ¿Y para los jueces de la Corte Suprema? Tanto el día poselectoral que eligieron para difundir un fallo dividido que se demoró varios años, como las negociaciones entre representantes del gobierno y miembros de la Corte que, según se informa, precedieron al anuncio, hacen sospechar que ellos también eran plenamente conscientes del impacto político que tendría y que se permitieron tomar en cuenta las repercusiones previstas. Aunque parece poco probable que prosperen las denuncias en tal sentido formuladas por la reelecta diputada nacional Elisa Carrió, que quisiera ver enjuiciado al presidente del tribunal Ricardo Lorenzetti por supuestamente pactar con el gobierno “a cambio de la caja de la Corte”, no cabe duda de que muchos imputarán la actitud asumida por los jueces a factores ajenos a la jurisprudencia. Por lo demás, como Lorenzetti mismo ha reconocido, “esto no termina acá”. Los abogados de Clarín seguirán procurando defender los intereses de la empresa ante diversos foros, llevando el asunto a tribunales internacionales a fin de ganar tiempo a la espera de que otro gobierno decida modificar drásticamente una ley de Medios que, de todos modos, ya se ha visto desactualizada por el progreso vertiginoso de las comunicaciones electrónicas, además de advertirle a un gobierno que carece de dinero para la “indemnización pecuniaria” a la que aludió la Corte, la que podría resultarle muy pero muy costosa. Asimismo, si bien la ley de Medios fue confeccionada con el propósito evidente de hundir al grupo mediático más poderoso, de aplicarla plenamente otros grupos, comenzando con los formados por empresarios cortesanos, también tendrían que desprenderse de muchos subsidiarios o, como harán algunos, buscar una forma de repartirlos que les permita seguir como antes sin por eso violar la letra de la ley. El odio que sienten tantos kirchneristas por el Grupo Clarín tiene mucho que ver con lo que podría llamarse la teoría del relato, la convicción de que en última instancia lo que más importa es la imagen. Sobre la base de esta idea, la presidenta Cristina Fernández de Kirchner y sus partidarios militantes se las han ingeniado para convencerse de que buena parte del electorado les dio la espalda debido exclusivamente a la propaganda enemiga fabricada por Clarín y otros medios. La autocompasión así manifestada no sólo carece de lógica –hace dos años, Cristina fue plebiscitada a pesar de la hostilidad furibunda de Clarín–, sino que también constituye una de las causas fundamentales del fracaso de un “proyecto” liderado por personas que están tan obsesionadas por las apariencias que desprecian la realidad, de ahí las estadísticas claramente fraudulentas producidas por el Indec. Otra víctima del narcisismo oficial ha sido la política como tal. Al reemplazar a la oposición formal por un multimedios, cuando no por el periodismo no oficialista en su conjunto, el gobierno kirchnerista debilitó aún más a instituciones que ya eran precarias, creando una situación malsana que perdurará por muchos años, puesto que, una vez más, los líderes emergentes tendrán que reconstruir tanto sus propias organizaciones partidarias como, en el caso de quienes sucedan a los kirchneristas en el poder, el Estado mismo.

Fundado el 1º de mayo de 1912 por Fernando Emilio Rajneri Registro de la Propiedad Intelectual Nº 5.124.965 Director: Julio Rajneri Codirectora: Nélida Rajneri de Gamba Vicedirector: Aleardo F. Laría Rajneri Editor responsable: Ítalo Pisani Es una publicación propiedad de Editorial Río Negro SA – Jueves 31 de octubre de 2013


Los militantes kirchneristas festejaron con euforia desbordante el fallo de la Corte Suprema que avaló la ley de Medios no por creer que serviría para garantizar la libertad de expresión, un tema que no les interesa, sino porque significó una derrota para el Grupo Clarín que, luego de haber actuado como un “aliado estratégico” del entonces presidente Néstor Kirchner, cometió el error de romper con el gobierno de su esposa en el 2008 por suponer que su “ciclo” estaba por terminar. De no haber sido por “la traición” del multimedios, a los Kirchner y sus partidarios no se les hubiera ocurrido quejarse por las dimensiones adquiridas por el holding. Antes bien, lo hubieran ayudado a ampliar todavía más su parte del mercado periodístico, colmándolo de favores y privilegios como los otorgados a los medios oficialistas que, en muchos casos, caerían en bancarrota si el gobierno dejara de subvencionarlos a través de una pauta publicitaria grotescamente politizada. Se entiende: para los kirchneristas, todo es política, una fuente a su juicio inagotable de poder y dinero. ¿Y para los jueces de la Corte Suprema? Tanto el día poselectoral que eligieron para difundir un fallo dividido que se demoró varios años, como las negociaciones entre representantes del gobierno y miembros de la Corte que, según se informa, precedieron al anuncio, hacen sospechar que ellos también eran plenamente conscientes del impacto político que tendría y que se permitieron tomar en cuenta las repercusiones previstas. Aunque parece poco probable que prosperen las denuncias en tal sentido formuladas por la reelecta diputada nacional Elisa Carrió, que quisiera ver enjuiciado al presidente del tribunal Ricardo Lorenzetti por supuestamente pactar con el gobierno “a cambio de la caja de la Corte”, no cabe duda de que muchos imputarán la actitud asumida por los jueces a factores ajenos a la jurisprudencia. Por lo demás, como Lorenzetti mismo ha reconocido, “esto no termina acá”. Los abogados de Clarín seguirán procurando defender los intereses de la empresa ante diversos foros, llevando el asunto a tribunales internacionales a fin de ganar tiempo a la espera de que otro gobierno decida modificar drásticamente una ley de Medios que, de todos modos, ya se ha visto desactualizada por el progreso vertiginoso de las comunicaciones electrónicas, además de advertirle a un gobierno que carece de dinero para la “indemnización pecuniaria” a la que aludió la Corte, la que podría resultarle muy pero muy costosa. Asimismo, si bien la ley de Medios fue confeccionada con el propósito evidente de hundir al grupo mediático más poderoso, de aplicarla plenamente otros grupos, comenzando con los formados por empresarios cortesanos, también tendrían que desprenderse de muchos subsidiarios o, como harán algunos, buscar una forma de repartirlos que les permita seguir como antes sin por eso violar la letra de la ley. El odio que sienten tantos kirchneristas por el Grupo Clarín tiene mucho que ver con lo que podría llamarse la teoría del relato, la convicción de que en última instancia lo que más importa es la imagen. Sobre la base de esta idea, la presidenta Cristina Fernández de Kirchner y sus partidarios militantes se las han ingeniado para convencerse de que buena parte del electorado les dio la espalda debido exclusivamente a la propaganda enemiga fabricada por Clarín y otros medios. La autocompasión así manifestada no sólo carece de lógica –hace dos años, Cristina fue plebiscitada a pesar de la hostilidad furibunda de Clarín–, sino que también constituye una de las causas fundamentales del fracaso de un “proyecto” liderado por personas que están tan obsesionadas por las apariencias que desprecian la realidad, de ahí las estadísticas claramente fraudulentas producidas por el Indec. Otra víctima del narcisismo oficial ha sido la política como tal. Al reemplazar a la oposición formal por un multimedios, cuando no por el periodismo no oficialista en su conjunto, el gobierno kirchnerista debilitó aún más a instituciones que ya eran precarias, creando una situación malsana que perdurará por muchos años, puesto que, una vez más, los líderes emergentes tendrán que reconstruir tanto sus propias organizaciones partidarias como, en el caso de quienes sucedan a los kirchneristas en el poder, el Estado mismo.

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