Clarissa

Columna semanal

Por Redacción

EL DISPARADOR

Estoy apurado. Llegué a este rincón ruidoso de la ciudad solo para retirar un bidón de cinco litros de aceite de oliva extra virgen que compré barato por Internet. Pero ella me empieza a narrar su historia. Con el poder de un somnífero me envuelve en una nube espesa que no tengo idea hacia dónde va.

En la puerta de su departamento, a dos cuadras de la Avenida 9 de Julio, Clarissa me dice que nació en Paraguay hace 36 años, pero que a los 15 se mudó a Buenos Aires. Ni bien llegó se anotó en la escuela y terminó el secundario. “Me siento de acá”, afirma, con tono suave, cansino, adormecido.

Sus dos hermanos también se instalaron en Argentina, pero en la zona oeste del conurbano bonaerense. “Tengo dos sobrinos grandes, de 16 y 17 años. Son como mis chicos. Pero están lejos, los veo poco”. Clarissa vive sola y no tiene amigos. “En Asunción tampoco los tenía”, cuenta. “Pero la soledad no es por eso”, añade.

En Paraguay están sus padres y su abuela de 91 años. En 2009 los visitó por última vez. Nunca olvidará aquella estadía: en un lapso de dos meses se murieron sus otros tres abuelos. “No vuelvo más allá”, asegura..

Poco después, ya en Buenos Aires, Clarissa se enfermó. Peor que una pesadilla. “Estuve muy mal dos años, con unos ataques de pánico tremendos. No podía salir de casa, literalmente”, recuerda. Perdió su trabajo en una distribuidora de aceite. Aumentó ocho kilos. Todo era oscuro.

Sus hermanos se turnaban para cuidarla. Un día, uno de ellos le contó al pasar que una conocida había tenido un accidente que la dejó en silla de ruedas. “Ahí pensé: me quedo paralizada o me muevo. Al día siguiente me puse un par de zapatos llenos de polvo y, por primera vez en dos años, me animé a salir a la calle”. Al tiempo, el psiquiatra la derivó a un psicólogo. Recurrió también a un nutricionista para recuperar su peso. “Me puse mejor”, dice, “pero no del todo”.

Clarissa siente que es muy sensible, que se pone muy mal con solo ver un perro abandonado en la calle. “Empiezo a llorar por dentro y disimulo por fuera. Llego a casa y tomo un calmante o un antidepresivo. Me ayudan en el momento, me apagan el dolor, pero después me dejan la cabeza rara y no me puedo concentrar en nada”.

Su único noviazgo duró diez años, pero fue hace tiempo. “Llevo siete años sin pareja. Me despierto sola, desayuno sola, almuerzo sola… Hace poco adopté un perrito, que es mi única compañía; pero salgo a pasearlo sola. Esta soledad me hace muy triste”.

Clarissa quiere tener hijos. “Si a eso de los 42 años aún no los tuve, voy a buscar un donante. Igual, de muy chicos no me gustan tanto: lloran y no sé qué hacer”. Le comento que a veces no hay que hacer nada, pero no sé si me ignora o no me escucha. Y sigue: “Hay cosas que me duelen mucho. No debería ser así, pero siento un dolor profundo, ancestral”. Me quedo callado. “Bueno, gracias por escucharme y perdón por el tiempo que te robé. Todavía me emociono cuando salgo de casa”.

Juan Ignacio Pereyra


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