El disparador: un día más
El disparador
Un día más
Juan Ignacio Pereyra
pereyrajuanignacio@gmail.com
Datos
- Sánchez carga una bolsa de basura. Chau, hasta mañana, dice, mirando el suelo. Mientras sale del bar, su jefe lo observa en silencio, como ignorándolo. Un día me voy a ir y no voy a volver, fantasea Sánchez, al que ahora lo único que le importa es que terminó su turno. Y, claro, el hecho de que al menos tiene trabajo.
- Hay días, como hoy, que se le hacen larguísimos. Se pregunta si será posible que el tiempo unas veces pase más lento que otras. Deja la basura en el contenedor de la esquina. Se entretiene observando la cantidad de hojas amarillas que hay en la calle. Hasta que llega la primavera, ¿pasarán frío o vergüenza los árboles desnudos? Al menos, ellos respiran aire libre, piensa.
- Un rato después llega a la estación Rivadavia. Dos pibes corretean alrededor de una mujer, que probablemente es su madre. Sánchez, alejándose de ellos, va hasta la punta del andén. Se acomoda los auriculares y escucha: “…abandonado allí / preso como un animal”. Piensa en Luisito. Extraña las discusiones de fútbol y la birra de los viernes. Se le humedecen los ojos. Qué cagada. ¿Cómo puede ser?
- Se abren las puertas del tren. Sánchez casi que se tiene que agachar para entrar. Da unos pasos y se acomoda en un rincón en el suelo. Canta bajito. “…ya no hay tiempo de lamentos / ¡Ya no hay más!”
- Un guardia camina en dirección hacia Sánchez, que apoya los codos en las rodillas y mete la cabeza entre sus manos. Mira al suelo, fijo, casi con obstinación, como si allí pudiera encontrar un hueco para esconderse. Porque sabe lo que va a pasar. Y pasa. El guardia le habla. “Levántese, no puede sentarse en el suelo”.
- Sánchez hace de cuenta que no lo escucha, aunque siente el peso de la mirada. Ve una sombra y adivina que el guardia está moviendo la mano. Entonces lo mira y se encuentra con un gesto que interpreta como “dale, nene, levantate”. Luego, escucha bien clarito la voz en un tono más severo que antes: “Levántese, señor”. Sánchez resopla. Lento, se pone de pie. Se quita los auriculares y, entre fastidioso y desafiante, suelta: “¿Y eso dónde lo dice?”. El guardia lo mira fijo y le responde sin hablar: levanta su mano y apoya el dedo índice –muy robusto, por cierto– en la pared del vagón.
- Sánchez sigue con su mirada el dedo robusto y se encuentra con un cartel que indica cómo se debe actuar ante una emergencia y, también, todo lo que está prohibido hacer en el tren. El guardia clava su índice sobre el dibujo de una persona sentada en el suelo, dentro de un círculo rojo tachado.
- Hay unos segundos de silencio. ¿Qué le puede retrucar? Sánchez aprieta el puño y murmura “ok”. Se mira los pies. El tren frena de golpe, alguien dice “uh”. El tren avanza despacio unos metros más y llega a Nuñez. Sánchez se baja. Vuelve a ponerse los auriculares. “Cada día veo menos / creo, menos mal”. Y pasa un día más.