¿Cómo escriben los escritores?

La pregunta clásica respondida por autores de Río Negro y Neuquén.

Redacción

Por Redacción





A Pablo Neruda siempre le resultó estúpido que le preguntaran por qué escribía poemas y como hacía para escribirlos. En general respondía con gruñidos. O con una ironía despiadada sobre la consistencia intelectual del preguntón. Luego huía. Generalmente, por la necesidad de encontrar quien le atara los cordones de los zapatos. Debido a una inhabilidad cuyo origen borró el tiempo, nunca supo hacer el nudo. A lo que sumó cierto prejuicio de naturaleza ideológica sobre las tiras en cuestión.

–Son fascistas, atentan contra la libertad. Eso son los cordones.

–No tengo horario para escribir, pero prefiero la mañana. Es decir, que si usted no estuviera haciéndome perder el tiempo y perdiendo el suyo, yo estaría escribiendo –le dijo en 1970 a la periodista francesa Rita Gilbert…

En cuadernos baratos. En hojas sueltas, “pero siempre escribo”. Si le era posible, con pluma cucharita. Y tinta verde.

–Y con la intimidad que da la mano.

–Sí, sí, yo también escribo por la mañana. A lápiz de mina blanda. Y en cuartillas de papel, blancas o amarillas. Luego al ordenador y corregir –responde Mario Vargas Llosa cuando le formulan la preguntan que tanto irritaba a Pablo Neruda.

El autor de “Pantaleón y las visitadoras” tiene un lugar preferido para escribir: la biblioteca Central de Londres, ciudad en la que vive desde hace un cuarto de siglo.

–Ventanales grandes, la niebla con sus caprichos, silencio. Inglaterra, el país de “la sombras gloriosas”, escribió Borges, ¿no?

Y junto a las hojas, baqueteadas, las libretas de apuntes. Ahí, donde el peruano amontona, con maniático orden, datos. La ficción desorganizada, que con paciencia de artesano de cordillera, fue juntando para dar forma a la organización de la ficción. Muchas libretas. Tantas como las usadas en el largo traqueteo de Vargas Llosa por el tórrido y agresivo sertão brasileño. Ese peregrinar en procura de los pasos de Antonio el Consejero, el protagonista de “La guerra del fin del mundo”.

Y este año, medio siglo para “Rayuela”.

–Una gran parte la escribí en cafés de París. El ruido no me molestaba. Leía y escribía –le confesó Julio Cortázar al inglés Jason Weiss, en 1983. Pero le advirtió: “Con la edad me he vuelto más complicado. Escribo cuando estoy seguro de tener un poco de silencio. No puedo escribir con música. Lo único que no ha cambiado y nunca cambiará, es la anarquía y el desorden. No tengo ningún método en absoluto. Cuando me siento en estado de escribir un cuento, dejo caer todo lo demás”.

Y siempre está, claro, Gabriel García Márquez. “Algunos malos lectores –suele decir García Márquez– me han preguntado si estaba drogado cuando escribí ciertas partes de mi obra. Pero eso da la pauta de que no saben nada de literatura ni de drogas. Para ser un buen escritor hay que estar absolutamente lúcido en el momento de escribir y en buen estado de salud. Estoy en contra del concepto romántico de la escritura que sostiene que el acto de escribir es un sacrificio y que cuanto peores son las condiciones económicas o el estado emocional, tanto mejor será el resultado escrito. Creo que hay que estar en buen estado, físico y emocional”.

Y otro Nobel de Literatura en este periplo por escritores: el muy español Camilo José Cela, ya muerto. “¿Escribir, qué es necesario para escribir? Por lo pronto saber escribir, no me parece posible eludir esa condición si se quiere escribir. Pero, también es necesario tener un tema, algo para decir y dónde decirlo, dónde clavarlo. O sea, papel, una buena pila de papel que esté limpio. No vamos a sacar nada en limpio si escribimos sobre algo que no está limpio ¡Joder! Y sí, claro, un lápiz, una lapicera. ¡Mierda, como mete miedo la pila de papel en blanco, mirándolo a uno, esperándolo. Casi como retando: “Y bueno, vamos anímate, arrancá, arrancá”.

Termino el recorrido sobre rituales de cómo y cuándo escribir. O en todo caso, el periplo sigue en estas páginas.

Pero de la mano de los nuestros, los escritores de Río Negro y Neuquén.

carlos Torrengo


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