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Cómo hacer oposición

Redacción

Por Redacción





Los diez años de hegemonía menemista y los doce años de hegemonía kirchnerista tuvieron en la debilidad del campo opositor una clave de su fuerza. Si el menemismo se sirvió del “orden” del bipartidismo para negociar su ciclo de reformas (el “pacto de Olivos”), el kirchnerismo se sirvió de la implosión del sistema político en el 2001, graficada en la frase del sociólogo Ricardo Sidicaro: “La gente pidió que se vayan todos y sólo se fueron los partidos”. Es debate de politólogos si los partidos en verdad gozan de mayor o menor salud de la que creemos. Pero corramos ese debate. ¿Cuánto tardaron esos dos gobiernos en encontrar una oposición eficaz y contrahegemónica? Muchos años. Pero dependió bastante de que su “fiesta” terminara, es decir, cuando esos modelos económicos mostraron las costuras. En 1997 se formaba la Alianza cuando la desocupación y la recesión crecían. Y en el 2013 comenzó a tomar fuerza un desafío electoral serio contra el FpV, cuando el tercer gobierno se mostraba incapaz de resolver los problemas del “modelo” y la región empezaba a despedirse del “superciclo de los commodities”. ¿Estamos hoy ante el inicio de un proyecto hegemónico?

Podemos decir: antes que el “macrismo” nació el “antimacrismo”. Es decir, mientras aún no sabemos qué es el macrismo (si es neoliberalismo, liberalismo gradualista, etc.) el antimacrismo organiza el sentido común progresista coagulado en la oposición a Menem y reconvertido en cultura oficial en los años K. Para el antimacrismo el macrismo es liberalismo económico puro con más o menos máscara. El antimacrismo está seguro de lo que el macrismo es. Como escribió irónicamente el gran ensayista y dibujante de izquierda Bruno Bauer: “Me preparé toda la vida para ser opositor a Macri”. Pero si Menem fue un “liberal traidor” que llegó al poder arrastrado por la esperanza del peronismo más popular en 1989 para luego redefinir su proyecto, el macrismo llegó al poder sobrevolando una moderación pero nunca dejando de ser quien es. Macri no se puso ni sacó patillas. No necesitó sobreactuar punitivismo, aperturismo económico, ni amistad con el campo. Todo eso ya era, ya es, lo tiene encima. Un hijo de la patria contratista que conoce la política porque la tuvo en el living de su casa desde chico no “llega de afuera” a esa política. Como Néstor Kirchner, Macri se reinventó a sí mismo. Pero lo que ocurrió entre 2003, cuando iba a la TV y pedía orden contra los piqueteros y sumisión al FMI, y este Macri marca 2015 es que se convirtió en un político, en un mediador, aunque preserve los mismos “ideales” originarios del 2003. La eficacia de Durán Barba fue la de llevar el Macri de la intimidad (el del trato amable, de clase, “polite”) a lo público.

Pero si Macri proponía la paz del diálogo (y eso una mayoría lo compró), podemos decir que cualquier tarifazo reconstruye la “intensidad argentina”. Ocurrió el 14 de julio una incipiente sublevación: esos caceroleros metropolitanos en vivo parecían completar el desfile del 9 de julio. Como si la Nación hubiese abierto las napas para que todos desfilen, a Macri le desfiló la indomable clase media en un cacerolazo no tan masivo como impactante en su despliegue geográfico (Caballito, Palermo, Belgrano, Olivos, Ciudadela, Vicente López), es decir, mucha zona de votante amarillo que se siente estafado.

Hace un tiempo un dirigente social de la PBA me comentó la forma de negociación con el gobierno. Me decía que “dan un poco más que lo que les pedís”. “¿Pedís 35 toneladas de alimento? Te dan 40”. Una negociación puntual, concreta, sin relato, sin antes ni después. Un Estado corto que no lee el prospecto ideológico de organizaciones que piden comida o cooperativas para pedir también otro “modelo” de inclusión. Para el macrismo la Argentina es una paritaria sola, pero de mil cabezas, que hay que ir apagando, donde se puede, con respuestas puntuales y, donde no se puede, con disciplinamiento. De allí la divulgación tramposa que se hace de la “relación” entre el dirigente del Movimiento Evita, Emilio Pérsico, y la ministra de Desarrollo Social, Carolina Stanley. El domingo 17 de julio en “Clarín” contaban el “entendimiento” entre el dirigente que representa cooperativas y una ministra hija de banquero pero accesible al “dolor”. Como dice Alejandro Kaufman, “hay un entramado moral estricto” en las formas de la divulgación de esa “relación” que presentan deformada: “Qué mejor destino para los pobres que hacer empatía con los amos buenos que les proveen lo necesario para su modesta existencia feliz” parecen decir, al precio de arruinar y caricaturizar lo más posible, además, la imagen de Pérsico. En tal caso, admiten por otras vías lo que antes denunciaban: el Estado sólo debe aceptar hacia abajo relaciones de sumisión.

Pero el antimacrismo corre el riesgo de hacer el playback de una vieja canción progresista que sabemos todos, que gira en falso “denunciando el capitalismo” y que suda autocomplacencia. Es bueno recordar que a muchos cristinistas les encantaba Macri porque “decía lo que pensaba”. Doce años de imaginario populista expandido hacían imposible imaginar el triunfo de Macri. Se sospechaba más de candidatos mestizos que encubrían supuestamente su liberalismo (como Scioli o Massa) que de este “auténtico”. Pues bien, gobierna Macri. “Gobierna la derecha” con votos, y tarda en volverse tolerable. ¿Cómo se le hace oposición? La política requiere paciencia. En seis meses el kirchnerismo hizo plazas, mateadas, Cristina volvió dos veces; diríamos que se dilapidaron recursos. Massa se muestra en disponibilidad para el peronismo pero sienta al lado a Stolbizer como señal a los cristinistas. El punto es mirar de lejos: el 29 de abril se movilizaron los trabajadores formales, bajo convenio, y el 14 de julio cacerolearon las capas medias damnificadas por el tarifazo. Ambas protestas mordieron la base electoral macrista. El gobierno lee de lejos, con sorna, sus encuestas calentitas que le siguen dando una flotación inesperada a la imagen de Macri. Pero pueden estar viviendo el “síndrome del 54%”: tallar en piedra los signos de un tiempo cambiante. Como cuando en el convulsionado, cacerolero y trágico 2012 el kirchnerismo repetía: “Nada altera la arquitectura del 54%”. Los temblores ocurren adentro de la casa del 51% macrista.

Mirando al sur

Cuando las cámaras del 14 de julio mostraban una incipiente sublevación cacerolera a los tarifazos, esos caceroleros parecían completar el desfile del 9 de julio.

El antimacrismo corre el riesgo de hacer el playback de una vieja canción progresista que sabemos todos, que gira en falso “denunciando el capitalismo” y que suda autocomplacencia.

Datos

Cuando las cámaras del 14 de julio mostraban una incipiente sublevación cacerolera a los tarifazos, esos caceroleros parecían completar el desfile del 9 de julio.
El antimacrismo corre el riesgo de hacer el playback de una vieja canción progresista que sabemos todos, que gira en falso “denunciando el capitalismo” y que suda autocomplacencia.

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