Como un virus, la impunidad tiende a propagarse

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Por Redacción

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Sergio Escalante sergescalante@hotmail.com

Marchas, más marchas, contra marchas. Acusaciones cruzadas de abogados y funcionarios judiciales. Ocho meses de espera, una espera que agobia, que agota. La desaparición de Daniel Solano, un joven que llegó desde su Salta natal a trabajar, que se esfumó una noche de noviembre, tiene decenas de interrogantes pero los principales -quiénes lo hicieron desaparecer, por qué y cómo- siguen tan en la nebulosa como la oscura noche en la que se lo vio por última vez. Se trata del primer desaparecido en democracia en la comarca. Un hecho que no debería ser dejado al margen. 20 días duró la primera etapa de la investigación a cargo de la jueza Marisa Bosco, quien se apartó de la causa tras ser denunciada por dirigentes políticos. Desde entonces y hasta ahora los avances para la resolución del caso parecen mínimos. Se apartó a decenas de policías, pero sin que se les haya hasta ahora comprobado autoría real en el caso. Todos los poderes han jugado su papel, en mayor o menor medida: la justicia y la política, desde todos los ámbitos: municipal, provincial y hasta nacional. El caso sigue sin resolverse. Por el contrario, en las últimas semanas se ha observado más una exacerbada virulencia de ataques personales entre distintos actores que avances concretos en la causa. La lista de sospechosos es extensa pero poco fructífera: policías -de distintas reparticiones-, ex compañeros, empresas frutícolas y hasta el pueblo en su conjunto, como si se aludiera a una suerte de Fuenteovejuna. En tanto, las imágenes del padre de Solano son las que más duelen. Un hombre que perdió a su hijo, su trabajo, sus vínculos cotidianos en su lugar de origen. ¿Es posible que la noche y la niebla se hayan tragado a Daniel? Es imposible. Sin documentos, con poco dinero en el bolsillo, con fuertes lazos familiares -que se cortaron de cuajo-, la hipótesis más firme sigue siendo el crimen: un asesinato. Los rumores en la ciudad son tantos como sus habitantes. La intervención del poder político poco ha aportado a la resolución del caso y divide las aguas en la ciudad. Gualberto Solano se instaló hace meses en la ciudad en busca de su hijo, en el transcurso pasó por huelgas de hambre y recibió apoyo de distintos sectores, pero hasta ahora no hubo noticias concretas. La mirada de este hombre atraviesa el horizonte y refleja más que mil palabras el sentimiento de quien espera la llegada o la resolución del caso. La desaparición del joven es un hecho que no puede quedar en el misterio e impune. Porque como un virus también la impunidad tiende a propagarse. El tiempo, lejos de curar las heridas, en este caso puede agrandarlas. A 8 meses y once días, dilucidar el caso ya ha dejado de ser sólo una cuenta pendiente para convertirse en una obligación de todos los actores intervinientes.


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