“Compré el boleto y me subí al tren”

Por Redacción

La tarde de sol invitaba a desplegar el alma. Una caminata, siempre tan necesaria, fecundadora del devaneo vital, para llegar sin previo plan ni aviso hasta la estación de tren de Neuquén. Ese sitio donde por muchos años no hubo viajeros ni ferrocarriles transitándolo, sino empleados provinciales (todavía en parte los hay, creo, y fui uno de ellos alguna vez allí). “En ese lugar funciona Cultura, allí trabajo”, le dije una vez, tiempo ha, a mi hermano que andaba de visita por el pago. Su pausa pensativa y su reflexión sería: “Cultura sería que el tren siguiera funcionando”, con lo que yo quedaría entonces –me acuerdo– como el papá o la mamá de Mafalda ante una de las tan certeras y agudas salidas de la nena. Claro, eso era Cultura auténtica y no el burocrático letargo, sumido en el olvido y la impotencia, que presuponía esa función que el gobierno de la provincia le había dado a la vieja estación. Como no tengo todavía la SUBE compré el boleto y me subí al tren. Primer paneo, el carácter intrínsecamente popular del pasaje y, segundo paneo, las expresiones alegres de todos, de todas, y no sólo de los viajeros, sino de la atenta guarda que ayudaba a todos con su trámite de presentar el plástico al aparatejo que lo lee, más la de sus otros compañeros de tarea. Munidos de ese poder que da la sonrisa y que tanto, lamentablemente, escasea en los rostros de la gente en general, todos, todas, parecíamos buena gente esa tarde en ese tren. La tercera satisfacción (algo de “ebrio goce”, diría Martí), dada por el comodísimo asiento, acolchonado, más el agregado de la posibilidad de reclinar el asiento. Todo generando la convicción de que nunca en mi vida había viajado tan cómodo en un tren, más cierta ansiedad por el cuidado y la protección que debe darse a todo aquello que nos cuida y nos protege. Enseguida el viaje, la amplia ventanilla, el paisaje nuevo de todo, como mirado por primera vez, y la notable curiosidad del pueblo mirando al tren pasar. Dos o tres manos saludando, como un homenaje a algo bueno que está pasando (que también “les” está pasando y lo advierten), desde la tarde soleada, y uno respondiendo algún saludo a quien no conoce. Alguien pasa en una motito, con señora y bebé a cuestas por debajo del puente, sobre el río que divide las provincias, y se da tiempo a desprender una mano del manubrio y realizar, para todos nosotros, los viajantes, un simpático gesto de “fuck you” a mano alzada, acción que permite retornar de la ensoñación, que ya era excesiva, tal vez, y retrotraernos a la realidad, a esa proverbial “buena onda” de que también hace gala otra buena parte de la población regional y la caracteriza. Catorce minutos de ida hacia Cipolletti, una caminata por el bello pueblo rionegrino, hasta el siguiente servicio de vuelta y el retorno, esta vez, todavía algo más veloz. En esa vuelta a Neuquén, renovándose tras la ventanilla, las miradas asombradas y curiosas al paso de la formación y, seguramente, para más de uno, una, la convicción de sentirse incluidos, la casi certeza de que algo para bien está cambiando a su alrededor. Alejandro Flynn, DNI 12.566.136 Neuquén

Alejandro Flynn, DNI 12.566.136 Neuquén