Confianza precaria

Redacción

Por Redacción

Puesto que andando el tiempo los pueblos terminan acostumbrándose a virtualmente cualquier circunstancia, no extraña demasiado que el pesimismo visceral por el futuro del país se haya visto reemplazado por cierto optimismo tenue atribuible a la sensación de que acaso los reveses por venir no sean tan malos como los ya sucedidos. Según los resultados de una encuesta que fueron difundidos por el matutino porteño «La Nación», el 54% prevé que la situación continuará como está, el 15% cree que lo peor ya pasó y el 29% teme que nos aguarden tiempos peores. Con todo, aunque la resignación así reflejada es claramente preferible al pánico que se apoderó de amplios sectores cuando muchos suponían que el país no tardaría en hundirse en la anarquía más absoluta, sería un error tomarla por evidencia de que por fin la clase dirigente ha comenzado a remediar sus muchos defectos estructurales. Por el contrario, el período de calma relativa por el que estamos transitando parece deberse a que ha postergado hasta nuevo aviso el inicio de las reformas económicas y políticas necesarias para que la Argentina se convierta en un «país normal» que esté en condiciones de brindar a sus habitantes la seguridad y los beneficios que se consideran imprescindibles en el mundo actual.

Dichas reformas distan de ser menores. Además de llegar a un acuerdo con «el mundo» que, bien que mal, está representado por el FMI, porque incluso una ruptura con los organismos internacionales, por traumática que fuera, no sería permanente, el gobierno actual o uno de sus sucesores tendrán que encontrar la forma de actualizar las tarifas de los servicios públicos y mantener bajo control el gasto estatal. Negarse a prestar atención a estos detalles engorrosos puede resultar provechoso en el corto plazo, pero a la larga sólo asegura que cuando finalmente se produzcan los «ajustes» sean más brutales. Igualmente difíciles serán las reformas precisas para que a partir de la «meseta» -mejor dicho, del presunto piso- en la que hemos estado apoyándonos estos meses últimos la economía comience a crecer a un ritmo a un tiempo rápido y sostenible. Por justificado que sea el alivio que tantos sienten por el hecho de que por ahora el país no ha caído en la barbarie, pocos pueden ignorar que a menos que se reforme radicalmente el Estado para que deje de ser un apéndice de partidos clientelistas y que mejore el sistema educativo, la Argentina seguirá alejándose del mundo desarrollado.

Asimismo, en el ámbito de la política, los cambios infaltables para que sea realista confiar en el futuro del país habrán de ser drásticos. Tal y como están las cosas, sencillamente no es posible la conformación de un gobierno mínimamente fuerte respaldado por organizaciones partidarias cuyos integrantes estén dispuestos a pagar los «costos» que les serán exigidos en cuanto se animen a oponerse a los comprometidos con un statu quo que la mayoría abrumadora quisiera ver cambiado. Sin embargo, a menos que la clase política nacional resulte capaz de formar un gobierno adecuado, al país no le será dado emprender la tarea de desmantelar los muchos obstáculos que obstruyen el camino hacia un futuro que sea un tanto menos gris que el presente. Las señales de confianza que han comenzado a aflorar últimamente constituyen evidencia de que la ciudadanía ha reaccionado con más estoicismo de lo que muchos habían previsto frente a los desastres ocasionados por los errores cometidos por una clase política totalmente desactualizada, lo cual ha brindado a ésta una oportunidad, merecida o no, para renovarse en una coyuntura inesperadamente pacífica. ¿Está por aprovecharla? Desafortunadamente, aún no se ve mucha evidencia de que «los dirigentes» hayan entendido que les corresponde ponerse a la altura del resto del país, retribuyendo su prudencia y apego a la ley con un esfuerzo genuino por aggiornarse para que cuente no sólo con una ciudadanía «normal», sino también con instituciones que puedan calificarse de «normales». Antes bien, demasiados políticos parecen propensos a tomar la placidez que ha sucedido a las tormentas de los primeros meses del año por un voto de confianza en su propio desempeño, malentendido éste que podría tener consecuencias trágicas.


Puesto que andando el tiempo los pueblos terminan acostumbrándose a virtualmente cualquier circunstancia, no extraña demasiado que el pesimismo visceral por el futuro del país se haya visto reemplazado por cierto optimismo tenue atribuible a la sensación de que acaso los reveses por venir no sean tan malos como los ya sucedidos. Según los resultados de una encuesta que fueron difundidos por el matutino porteño "La Nación", el 54% prevé que la situación continuará como está, el 15% cree que lo peor ya pasó y el 29% teme que nos aguarden tiempos peores. Con todo, aunque la resignación así reflejada es claramente preferible al pánico que se apoderó de amplios sectores cuando muchos suponían que el país no tardaría en hundirse en la anarquía más absoluta, sería un error tomarla por evidencia de que por fin la clase dirigente ha comenzado a remediar sus muchos defectos estructurales. Por el contrario, el período de calma relativa por el que estamos transitando parece deberse a que ha postergado hasta nuevo aviso el inicio de las reformas económicas y políticas necesarias para que la Argentina se convierta en un "país normal" que esté en condiciones de brindar a sus habitantes la seguridad y los beneficios que se consideran imprescindibles en el mundo actual.

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