Contra las cuerdas



Entre los más perjudicados por el derrumbe del kirchnerismo está el ex vicepresidente y actual gobernador bonaerense Daniel Scioli. En los meses últimos, ha perdido la imagen positiva que había conseguido conservar merced en buena medida a la convicción generalizada de que, pese a sus vínculos formales con los Kirchner, era un hombre tranquilo que en realidad tenía muy poco en común con quienes eran sus jefes circunstanciales y que por lo tanto no se vería condenado a compartir su destino. Cuando el deportista reciclado en político aceptó postularse para encargarse de manejar la provincia en la que vive casi el 40% de la población del país, suponía que contaría con el apoyo financiero del entonces mandatario Néstor Kirchner y, más tarde, el de la presidenta Cristina Fernández de Kirchner, lo que le permitiría hacer una gestión respetable que, esperaba, le sirviera para alcanzar la presidencia de la Nación. Desgraciadamente para Scioli, dicho proyecto ya parece fantasioso.

La situación en que se encuentra sería mejor si a cambio de sus manifestaciones exageradas de lealtad hacia los Kirchner recibiera los fondos cuantiosos que tan desesperadamente necesita para mantener conformes a los estatales, a los intendentes del conurbano y a los jefes de las “organizaciones sociales” que pululan en su distrito, pero parecería que el matrimonio nunca tuvo mucho interés en ayudarlo. A pesar de los esfuerzos de Scioli por ablandarlo prestándose a la farsa de “los candidatos testimoniales”, lo ha tratado como un gobernador provincial más. Para colmo, al agravarse la crisis política bonaerense, el gobierno nacional está procurando lavarse las manos del asunto: según el jefe de Gabinete, Aníbal Fernández, “la situación en la provincia de Buenos Aires no es responsabilidad nuestra”.

Se equivoca Fernández. Por sus dimensiones demográficas y por su proximidad a la Capital Federal, ningún gobierno nacional puede darse el lujo de subestimar la influencia de dicha provincia. Toda vez que se calienta el clima político en el conurbano, en la Casa Rosada se sienten en seguida los efectos. Para los Kirchner, lo que está sucediendo en el arco de pobreza que rodea parte de la Capital es de importancia fundamental, ya que conforma el núcleo más duro de su base de sustentación política. Si pierden lo que todavía les queda del apoyo de la multitudinaria clientela de los intendentes y las agrupaciones “sociales”, los Kirchner dependerían por completo del temor del grueso de la clase política a que estalle una nueva crisis institucional equiparable a la provocada por la caída forzada del presidente Fernando de la Rúa. Hasta ahora, la oposición ha hecho gala de un grado excepcional de paciencia, pero habrá límites a lo que estará dispuesta a tolerar. Así las cosas, cualquier intento de despegarse de Scioli justo cuando los necesita más podría resultar ser un error táctico grave de su parte.

El panorama frente al gobernador se ha oscurecido mucho últimamente debido a la sensación de inseguridad que se ha difundido por la provincia. Aunque Scioli insiste en que dirigentes opositores están aprovechando una serie de asesinatos brutales para desprestigiarlo, sus palabras en tal sentido han sido menos elocuentes que las manifestaciones vecinales que siguen repitiéndose. Puede que sea poco razonable que el caso Pomar –es decir, la incapacidad de la Policía bonaerense para resolver pronto lo que parece haber sido un típico accidente de tránsito atribuible al mal estado de la ruta y a la irresponsabilidad del conductor del vehículo en que viajaba con su familia– haya golpeado al gobernador con más fuerza que cualquier otro problema, pero en vista del clima político no es demasiado sorprendente que ello haya ocurrido. También está perjudicando a Scioli lo difícil que le ha sido encontrar un reemplazante para el ex ministro provincial de Salud, Claudio Zin, o minimizar el significado del alejamiento de su hermano, José Claudio, que había sido su secretario general. A raíz de todo esto, se ha difundido la impresión de que el gobierno de Scioli, desbordado de dificultades, está en vías de desintegrarse, lo que como es lógico está contribuyendo a socavar su autoridad y por lo tanto estimula a los grupos opositores, en especial los extraparlamentarios, a asumir posturas más agresivas.


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