Córdoba mística

Dejamos atrás el Litoral e iniciamos nuestra travesía por el centro del país. En la provincia mediterránea descubrimos que el silencio y la contemplación iban a ser nuestros grandes compañeros de viaje.

Por Redacción

Cada comienzo de región tiene un sabor diferente. Es como empezar un nuevo capítulo: hay voces, personas, historias y paisajes desconocidos. Y si bien no solemos tener expectativas sobre ningún destino, con Córdoba nos pasa algo raro. Sus cerros nos reclaman atención, su altura nos seduce, sus caminos de tierra nos dejan sin aliento sin nunca haberlos recorrido. Nuestra primera noche en tierras cordobesas es en La Paquita, una pequeña localidad al norte de la provincia. Tendemos la carpa debajo de un tinglado en un terreno perteneciente a una agrupación gaucha y antes de dormir, un hombre con boina y alpargatas se baja de su caballo y con llave en mano nos invita a dormir dentro de una casita donde funciona la venta de fernet y cerveza cuando se organizan los festivales del pueblo. A la mañana siguiente el aire frío nos traslada a la Patagonia. No sé por qué tenemos la sensación de que esta porción de Argentina nos va hacer recordar al sur, a ese primer amor que recorrimos en enero del 2013 cuando unimos Ushuaia-La Quiaca. La laguna-mar Si pedaleamos por la Ruta Provincial 17 es solo para llegar a Miramar de Ansenuza. En ese punto del mapa está Mar Chiquita, el quinto lago salino del mundo, famoso por sus aguas curativas debido a su salinidad y a su fango con propiedades terapéuticas. Toda esta teoría la experimentamos en carne propia porque desde que pisamos Miramar nos sentimos en el limbo: nos relajamos tanto que el cuerpo entero está liviano. Los ojos también se hacen una fiesta con los flamencos: los vemos volar en bandadas a la mañana, a la tarde y de oeste a este. La laguna es inmensa y no hay nada que la delimite. También es intensa y brava: Miramar sufrió tres inundaciones siendo la segunda la más dramática por llevarse 37 manzanas. Aún hoy se pueden ver las ruinas de algunas construcciones, escombros y la torre de lo que fue el viejo casino. Un hotel paranormal Miramar de Ansenuza encierra un misterio frente a la laguna: el Gran Hotel Viena. No bien escuchamos su nombre vamos hacia la costa para coincidir con la última visita guiada del día. Su construcción fue por encargo de un matrimonio alemán de apellido Palkhe a modo de “agradecimiento” ya que uno de sus hijos sufría de psoriasis y las aguas curativas de la laguna lo ayudaron en su recuperación. Se inició en 1940 y finalizó en 1945, pero lo curioso es que tres meses después de inaugurado el hotel (que contaba con 84 habitaciones, lujosos salones y hasta una usina generadora de electricidad), la familia Palkhe lo abandona para no volver nunca más. Si bien durante los años siguientes continuó funcionando gracias a otra administración, en 1980 cerró sus puertas para siempre. Este hotel, que valió 25 millones de dólares, es considerado como la construcción con mayor actividad paranormal de toda Sudamérica. También corre el mito de que fue visitado por Perón y que sirvió como refugio de Hitler. Por ser un lugar que funcionó durante muy pocos meses, quedó la incógnita abierta de si habrá sido un refugio de criminales de guerra o una gran operación de blanqueo de dinero nazi. Lo que sí sabemos es que es un gran misterio frente a la laguna. Caminos de otro mundo Una vez que salimos de Miramar encaramos hacia las sierras. Nos sentimos ansiosos por el solo hecho de volver a sentir esa soledad que solo se vive cuando uno se adentra en rutas de montaña. El camino no es fácil: comienzan las largas subidas y la arena suelta, pero nada de eso importa. Las primeras vueltas de pedal nos hipnotizan. El paisaje está enmarcado por elevaciones, rocas, árboles y pastizales. Las bajadas son como el descenso de una montaña rusa. El viento y los colores que ven nuestros ojos son una postal que nos remite a nuestra querida Patagonia. El silencio es eterno como ese cerro ondulado que se levanta frente a nuestras narices. Después de algunos kilómetros llegamos a las Cuevas de Ongamira, las grutas naturales que encierran la historia de los pueblos originarios de Córdoba. Son grandes paredones de piedras rojizas cuyo nombre deriva del cacique “Onga”, quien falleció en combate contra los invasores europeos. Fue en estas cuevas donde los aborígenes de la zona resistieron contra los españoles y donde muchos se suicidaron. A pesar de sentir ese vacío de la historia, el paisaje nos devuelve todo eso que salimos a buscar: ser parte del lugar y no solo atravesarlo, sentirlo, hacerlo propio al menos por un rato y contemplarlo sin maquillaje.

Nuestra primera noche en tierras cordobesas es en La Paquita, una pequeña localidad al norte de la provincia. Tendemos la carpa debajo de un tinglado en un terreno perteneciente a una agrupación gaucha y antes de dormir, un hombre con boina y alpargatas se baja de su caballo y con llave en mano nos invita a dormir dentro de una casita donde funciona la venta de fernet y cerveza cuando se organizan los festivales del pueblo. A la mañana siguiente el aire frío nos traslada a la Patagonia. No sé por qué tenemos la sensación de que esta porción de Argentina nos va hacer recordar al sur, a ese primer amor que recorrimos en enero del 2013 cuando unimos Ushuaia-La Quiaca.

La laguna-mar Si pedaleamos por la Ruta Provincial 17 es solo para llegar a Miramar de Ansenuza. En ese punto del mapa está Mar Chiquita, el quinto lago salino del mundo, famoso por sus aguas curativas debido a su salinidad y a su fango con propiedades terapéuticas. Toda esta teoría la experimentamos en carne propia porque desde que pisamos Miramar nos sentimos en el limbo: nos relajamos tanto que el cuerpo entero está liviano. Los ojos también se hacen una fiesta con los flamencos: los vemos volar en bandadas a la mañana, a la tarde y de oeste a este.

Las Cuevas de Ongamira. Según Neruda, el lugar más triste del mundo.

La laguna es inmensa y no hay nada que la delimite. También es intensa y brava: Miramar sufrió tres inundaciones siendo la segunda la más dramática por llevarse 37 manzanas. Aún hoy se pueden ver las ruinas de algunas construcciones, escombros y la torre de lo que fue el viejo casino. Un hotel paranormal Miramar de Ansenuza encierra un misterio frente a la laguna: el Gran Hotel Viena. No bien escuchamos su nombre vamos hacia la costa para coincidir con la última visita guiada del día.

Las Cuevas de Ongamira. Según Neruda, el lugar más triste del mundo.

Su construcción fue por encargo de un matrimonio alemán de apellido Palkhe a modo de “agradecimiento” ya que uno de sus hijos sufría de psoriasis y las aguas curativas de la laguna lo ayudaron en su recuperación.

Se inició en 1940 y finalizó en 1945, pero lo curioso es que tres meses después de inaugurado el hotel (que contaba con 84 habitaciones, lujosos salones y hasta una usina generadora de electricidad), la familia Palkhe lo abandona para no volver nunca más. Si bien durante los años siguientes continuó funcionando gracias a otra administración, en 1980 cerró sus puertas para siempre.

Este hotel, que valió 25 millones de dólares, es considerado como la construcción con mayor actividad paranormal de toda Sudamérica. También corre el mito de que fue visitado por Perón y que sirvió como refugio de Hitler. Por ser un lugar que funcionó durante muy pocos meses, quedó la incógnita abierta de si habrá sido un refugio de criminales de guerra o una gran operación de blanqueo de dinero nazi. Lo que sí sabemos es que es un gran misterio frente a la laguna.

Caminos de otro mundo Una vez que salimos de Miramar encaramos hacia las sierras. Nos sentimos ansiosos por el solo hecho de volver a sentir esa soledad que solo se vive cuando uno se adentra en rutas de montaña. El camino no es fácil: comienzan las largas subidas y la arena suelta, pero nada de eso importa. Las primeras vueltas de pedal nos hipnotizan. El paisaje está enmarcado por elevaciones, rocas, árboles y pastizales. Las bajadas son como el descenso de una montaña rusa. El viento y los colores que ven nuestros ojos son una postal que nos remite a nuestra querida Patagonia. El silencio es eterno como ese cerro ondulado que se levanta frente a nuestras narices.

Después de algunos kilómetros llegamos a las Cuevas de Ongamira, las grutas naturales que encierran la historia de los pueblos originarios de Córdoba. Son grandes paredones de piedras rojizas cuyo nombre deriva del cacique “Onga”, quien falleció en combate contra los invasores europeos. Fue en estas cuevas donde los aborígenes de la zona resistieron contra los españoles y donde muchos se suicidaron. A pesar de sentir ese vacío de la historia, el paisaje nos devuelve todo eso que salimos a buscar: ser parte del lugar y no solo atravesarlo, sentirlo, hacerlo propio al menos por un rato y contemplarlo sin maquillaje.

Jimena Sánchez lavidadeviaje@gmail.com

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