Costos y responsabilidad

Por Redacción

La canciller alemana, Angela Merkel, dice que el acuerdo draconiano de las autoridades europeas con el gobierno de Chipre es bueno porque “obliga a que asuman sus responsabilidades quienes han contribuido a causar los problemas; así es como tiene que ser”. Si bien es de suponer que Merkel aludía a los políticos y banqueros, además de los “oligarcas” rusos que depositaron su dinero en los bancos chipriotas, los más castigados por el pacto serán aquellos habitantes de la parte griega de la isla que confiaron en la capacidad administrativa de los políticos locales. Como muchos millones de argentinos hace más de diez años, pagarán un precio muy elevado por lo hecho por los políticos y los financistas. Aun cuando quienes tienen depositados menos de 100.000 euros no se vean despojados de una parte de sus ahorros, temen que el futuro inmediato de Chipre se asemeje al pasado reciente de Grecia, país en que el colapso de la economía ha dejado a la mitad de los jóvenes sin trabajo y millones de otros en la pobreza extrema. Puede argüirse que la mayoría –o, cuando menos, una minoría sustancial– de los chipriotas hizo su aporte al desastre votando a favor de dirigentes inoperantes y partidos comprometidos con esquemas inviables, y que durante años casi todos se vieron beneficiados por las burbujas que iban formándose, pero es poco convincente la idea de que todos los pueblos tienen el gobierno que merecen y que por lo tanto los depauperados por crisis económicas como las que están asolando Chipre, Grecia, España, Italia y Portugal, y que pronto podrían golpear a Francia, son en última instancia responsables de sus propias penurias. Acaso lo sería si fuera posible repartir los costos de tal manera que los pagaran quienes apoyaron a los considerados culpables de perpetrar los errores más evidentes, pero, huelga decirlo, no lo es. Por lo demás, la evolución de las distintas economías depende de tantos factores que ni siquiera los expertos más prestigiosos coinciden acerca de las bondades relativas de los distintos planteos. Así las cosas, hasta los electorados más cautos y realistas pueden equivocarse. En el sur de Europa, millones de personas se sienten víctimas de una estafa. Como a Merkel, les gustaría que los que a su juicio causaron los problemas “asumieran sus responsabilidades”, o sea que pagaran por lo que hicieron, pero saben muy bien que la posibilidad de que ello ocurra es virtualmente nula y que, de todos modos, procurar desquitarse persiguiendo a banqueros que, con justicia o sin ella, son los blancos principales de la ira popular resultaría contraproducente porque ninguna economía puede funcionar bien sin un sector financiero flexible y dinámico. En cuanto a los políticos, en todas partes dominan el arte de atribuir a otros la responsabilidad por las consecuencias negativas de su propia miopía. No sorprende, pues, que tantos hayan optado por culpar a los alemanes por lo que está sucediendo, una propensión que, por cierto, Merkel y sus colaboradores han estimulado al tratar no sólo a los políticos de los países mediterráneos sino también a sus demás habitantes como holgazanes corruptos que deberían aprender a comportarse como teutones, de ahí la proliferación de pancartas en que la canciller se ve disfrazada de una nazi y teorías según las cuales Alemania está construyendo un nuevo imperio sobre las ruinas de presuntos socios caídos en desgracia. El euro fue creado para reducir las diferencias entre los distintos países del Viejo Continente y de tal modo eliminar el riesgo de conflictos bélicos como los de la primera mitad del siglo pasado, pero si bien parece poco probable que se reediten los horrores de las dos guerras mundiales, escasean las señales de que los países de la zona del euro estén por integrarse en un bloque cohesionado. Para que ello ocurriera, los países del sur tendrían que modificar su cultura política y económica para que se asemejara más a la alemana, mientras que a los del norte les correspondería tratar a sus vecinos mediterráneos como compatriotas que durante mucho tiempo requerirán subsidios cuantiosos similares a los que reciben la Alemania excomunista y el sur crónicamente deprimido de Italia. Puesto que la resistencia a tales cambios es tan fuerte, las perspectivas frente a la Unión Europea distan de ser buenas.


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