Crece el pesimismo

Redacción

Por Redacción

A los voceros del gobierno de la presidenta Cristina Fernández de Kirchner les gusta distinguir entre la sensación, que es subjetiva por antonomasia, por un lado y, por el otro, la realidad que, según ellos, suele ser mucho mejor, pero puesto que el impacto político de la evolución de la economía depende en buena medida del estado de ánimo de la gente, el que se haya intensificado tanto últimamente el clima de incertidumbre es una noticia muy mala para el oficialismo. Según las encuestas que se han realizado, el 70% de los consultados cree que la economía nacional está “mal encaminada” y prevé que tanto la inflación como el desempleo seguirán en aumento. En cambio, sólo un 19% confía en el manejo económico oficial. Así, pues, las dudas en cuanto al futuro del “modelo” ya no se limitan a una minoría de especialistas de prejuicios “ortodoxos”, como ha sido el caso hasta hace relativamente poco. Las comparten sectores cada vez más amplios, incluyendo, según se informa, la mitad de quienes habían votado a favor de Cristina en las elecciones del 2011. Aunque quienes temen que al país le aguarde una etapa sumamente difícil no necesariamente optarán por candidatos opositores, si muchos lo hacen, el oficialismo sufrirá una derrota muy dolorosa en las elecciones legislativas de octubre. El destino electoral del kirchnerismo se verá determinado por la actitud asumida por las aproximadamente 14 millones personas que reciben subsidios estatales y que, como es habitual en países como el nuestro de cultura clientelista, propenden a atribuirlos a la generosidad del gobierno. De difundirse entre ellas la sensación de que Cristina no podrá o, lo que sería peor, no quiere continuar ayudándolos, su imagen, que ya se ha deteriorado mucho a causa del torrente de denuncias de corrupción, caería todavía más. Ya ha bajado al nivel que ocupaba antes de que la muerte de su marido, Néstor Kirchner, combinada con la reanudación del crecimiento económico, le permitiera recuperar en poco tiempo el terreno que había perdido. Desgraciadamente para la presidenta, es poco probable que se repita aquel milagro político que tanto desconcierto sembró en las filas opositoras. Aun cuando en los meses previos a las elecciones legislativas el estado de la economía parezca mejorar merced a la llegada de grandes cantidades de dólares aportados por la cosecha gruesa, tanto su propia beligerancia como la propensión a cometer errores garrafales de los integrantes de su equipo seguirán perjudicándola. Si bien Cristina cuenta con ciertas ventajas, entre ellas la incapacidad aparente de la oposición de producir alternativas convincentes y el temor a que reaccionara con furia ante un eventual revés electoral, desatando una crisis institucional mayúscula, sorprendería que resultaran suficientes como para garantizarle un par de años más de poder casi absoluto. El pesimismo que está propagándose no puede sino afectar negativamente a un “modelo” que, para funcionar, precisa que los consumidores sigan adquiriendo bienes. Aunque los preocupados por la inflación y por sus perspectivas laborales gasten más por entender que no valdría la pena tratar de ahorrar en un país de moneda tan proclive a depreciar como el peso, para los sectores de ingresos bajos no se trata de una opción realista, ya que les está resultando cada vez más difícil comprar lo que necesitan para mantener llena la canasta familiar. A pesar del congelamiento ahora vigilado por militantes oficialistas, los precios de los alimentos, sobre todo de los que no están incluidos en la lista confeccionada por el gobierno, no han dejado de subir a un ritmo preocupante; según algunos informes, la inflación latente superó hace tiempo “la barrera” del 30% anual y tiende a acelerarse. Aun cuando el Indec continúe negándose a darse por enterado del fenómeno, ya lo sienten millones de personas que viven de ingresos muy magros y que, bien que mal, conforman una parte irremplazable de la reserva electoral del kirchnerismo. Parecería que a pesar de todo lo ocurrido en los meses últimos este “núcleo duro” kirchnerista sigue siendo leal a Cristina, como en cierto momento lo fue al presidente Carlos Menem, pero a juzgar por los sondeos más recientes está achicándose poco a poco, lo que no puede sino motivar alarma entre los inquilinos actuales de la Casa Rosada.


A los voceros del gobierno de la presidenta Cristina Fernández de Kirchner les gusta distinguir entre la sensación, que es subjetiva por antonomasia, por un lado y, por el otro, la realidad que, según ellos, suele ser mucho mejor, pero puesto que el impacto político de la evolución de la economía depende en buena medida del estado de ánimo de la gente, el que se haya intensificado tanto últimamente el clima de incertidumbre es una noticia muy mala para el oficialismo. Según las encuestas que se han realizado, el 70% de los consultados cree que la economía nacional está “mal encaminada” y prevé que tanto la inflación como el desempleo seguirán en aumento. En cambio, sólo un 19% confía en el manejo económico oficial. Así, pues, las dudas en cuanto al futuro del “modelo” ya no se limitan a una minoría de especialistas de prejuicios “ortodoxos”, como ha sido el caso hasta hace relativamente poco. Las comparten sectores cada vez más amplios, incluyendo, según se informa, la mitad de quienes habían votado a favor de Cristina en las elecciones del 2011. Aunque quienes temen que al país le aguarde una etapa sumamente difícil no necesariamente optarán por candidatos opositores, si muchos lo hacen, el oficialismo sufrirá una derrota muy dolorosa en las elecciones legislativas de octubre. El destino electoral del kirchnerismo se verá determinado por la actitud asumida por las aproximadamente 14 millones personas que reciben subsidios estatales y que, como es habitual en países como el nuestro de cultura clientelista, propenden a atribuirlos a la generosidad del gobierno. De difundirse entre ellas la sensación de que Cristina no podrá o, lo que sería peor, no quiere continuar ayudándolos, su imagen, que ya se ha deteriorado mucho a causa del torrente de denuncias de corrupción, caería todavía más. Ya ha bajado al nivel que ocupaba antes de que la muerte de su marido, Néstor Kirchner, combinada con la reanudación del crecimiento económico, le permitiera recuperar en poco tiempo el terreno que había perdido. Desgraciadamente para la presidenta, es poco probable que se repita aquel milagro político que tanto desconcierto sembró en las filas opositoras. Aun cuando en los meses previos a las elecciones legislativas el estado de la economía parezca mejorar merced a la llegada de grandes cantidades de dólares aportados por la cosecha gruesa, tanto su propia beligerancia como la propensión a cometer errores garrafales de los integrantes de su equipo seguirán perjudicándola. Si bien Cristina cuenta con ciertas ventajas, entre ellas la incapacidad aparente de la oposición de producir alternativas convincentes y el temor a que reaccionara con furia ante un eventual revés electoral, desatando una crisis institucional mayúscula, sorprendería que resultaran suficientes como para garantizarle un par de años más de poder casi absoluto. El pesimismo que está propagándose no puede sino afectar negativamente a un “modelo” que, para funcionar, precisa que los consumidores sigan adquiriendo bienes. Aunque los preocupados por la inflación y por sus perspectivas laborales gasten más por entender que no valdría la pena tratar de ahorrar en un país de moneda tan proclive a depreciar como el peso, para los sectores de ingresos bajos no se trata de una opción realista, ya que les está resultando cada vez más difícil comprar lo que necesitan para mantener llena la canasta familiar. A pesar del congelamiento ahora vigilado por militantes oficialistas, los precios de los alimentos, sobre todo de los que no están incluidos en la lista confeccionada por el gobierno, no han dejado de subir a un ritmo preocupante; según algunos informes, la inflación latente superó hace tiempo “la barrera” del 30% anual y tiende a acelerarse. Aun cuando el Indec continúe negándose a darse por enterado del fenómeno, ya lo sienten millones de personas que viven de ingresos muy magros y que, bien que mal, conforman una parte irremplazable de la reserva electoral del kirchnerismo. Parecería que a pesar de todo lo ocurrido en los meses últimos este “núcleo duro” kirchnerista sigue siendo leal a Cristina, como en cierto momento lo fue al presidente Carlos Menem, pero a juzgar por los sondeos más recientes está achicándose poco a poco, lo que no puede sino motivar alarma entre los inquilinos actuales de la Casa Rosada.

Registrate gratis

Disfrutá de nuestros contenidos y entretenimiento

Suscribite por $1500 ¿Ya estás suscripto? Ingresá ahora