Creer o pensar




Daniel Kahneman era psicólogo pero recibió el Nobel de Economía. Demostró que la creencia en que las personas somos esencialmente racionales y que tomamos las decisiones más convenientes para nosotros es falsa.


Daniel Kahneman, Nobel de Economía en 2002.

Cuando nos enfrentamos a un problema tendemos a recurrir a nuestro arsenal de impresiones, preconceptos e intuiciones para dar una respuesta rápida y así podemos enfrentar de manera automática, sin intervención de la conciencia, una enorme cantidad de situaciones cotidianas. Pero es justamente esta forma de respuesta rápida la que más nos impulsa a dar respuestas erróneas.

Veamos un ejemplo sencillo: nos dan una pelota y una raqueta de ping pong y nos dicen dos datos sobre su costo. El precio de ambos elementos suma $1.100 y se nos dice que la raqueta cuesta $ 1.000 más que la pelota. ¿Cuánto cuesta la pelota? La casi totalidad de los que se enfrentan a este ejemplo dice, obviamente, “cien”. Pero si la pelota costara cien la suma de ambas daría mil doscientos pesos (cien de la pelota y mil cien de la raqueta, ya que cuesta los cien de la pelota más los mil que nos dijeron que es la diferencia). Responder automáticamente nos ha salvado muchas veces la vida, pero muchísimas otras nos induce a error (resultado correcto: cuesta $ 50, y la raqueta $ 1.050).

No basamos la mayoría de nuestras creencias en datos confirmados, sino en cuestiones emocionales.

En 2002 el psicólogo Daniel Kahneman fue el primero en obtener el Premio Nobel de Economía sin ser economista. Y lo recibió justamente por haber integrado aspectos de la investigación psicológica en la ciencia económica, especialmente en lo que respecta al juicio humano y la toma de decisiones bajo incertidumbre. Las investigaciones que realizó Kahneman supusieron un salto enorme para la comprensión de la forma en que pensamos y cómo decidimos lo que hacemos.

Kahneman demostró que la creencia en que las personas somos esencialmente racionales y que tomamos las decisiones más convenientes para nosotros es falsa. Sí, somos racionales, pero a la hora de enfrentar un problema nos dominan una serie de sesgos que obnubilan nuestro racionamiento. Esos sesgos no son una trampa que nos tiende la vida sino que, por el contrario, son los rastros de respuestas automáticas que han sido muy eficaces en el pasado de la especie para responder con suma rapidez a situaciones de peligro. Pero ahora, cuando ya no debemos huir del mastodonte que nos persigue sino decidir una compra en el supermercado nos terminan perjudicando.

No basamos la mayoría de nuestras creencias en datos confirmados, sino en cuestiones emocionales. Le pido al que esté leyendo este artículo que piense en su posición personal en cualquier tema controversial. Por ejemplo, dado que hoy es el quinto aniversario de la muerte del fiscal Alberto Nisman, que piense en qué opina sobre ese hecho: ¿Nisman se suicidó o lo mataron? Y que luego piense en qué se basa lo que cree.

Sería muy largo debatir este tema en particular (o cualquier otro que divida tanto a la opinión pública), pero lo primero que veríamos en las respuestas es que la creencia en una u otra posición no tiene nada que ver con las pruebas verificables y objetivas que hay en la causa judicial, sino en qué han dicho sobre el tema los medios y periodistas en los que confiamos (y justamente confiamos en ellos porque coinciden con nuestra visión sesgada de la política en general). Es decir, creemos en lo que nos dicen aquellos a los que ya les creemos porque dicen lo que queremos escuchar.

Esta es lo que Kahneman llama la paradoja del lector de medios: en la mayoría de los casos el lector se informa en los medios que le dicen lo que ya cree, pero esos medios le dicen esa versión de la realidad porque creen que su público espera que le digan eso mismo. Esta dinámica de círculo vicioso sirve para tranquilizarnos -ya que nos hace sentir que formamos parte del grupo al que deseamos pertenecer-, pero es muy mala para informarnos, ya que no accedemos a pruebas comprobables, sino a opiniones sin sustento -pero similares a las nuestras- que ya creíamos antes de leerlas.

El sesgo de confirmación es la tendencia a favorecer, buscar, interpretar, y recordar, la información que confirma las propias creencias o hipótesis, dándole muchísima menos importancia a posibles alternativas. Volviendo a la causa Nisman: ¿cuánta información leyó que contradiga la posición que usted ya tiene?

Posiblemente responda que los periodistas o medios que la ofrecen no son de su confianza. Con lo que vuelves a ver que leemos para confirmar lo que ya creemos y desechamos lo que cuestiona aquello en lo que creemos.

Si no somos conscientes de que la mayoría de nuestras creencias -en especial, las más arraigadas- son fruto de la emoción, de la simpatía, de teorías sin sustentos, de automatismos erróneos que dispara nuestra mente y de sesgos que obnubilan nuestro juicio, jamás podremos corregirlas.

Cuando un mono comete un error aprende y no lo repite más. El ser humano es el único animal que tropieza varias veces con la misma piedra.


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