Cristina y Ho

Redacción

Por Redacción

Felizmente para nuestros antecesores de hace dos siglos, el general José de San Martín tenía muy poco en común con el líder comunista vietnamita Ho Chi Minh, el político que encabezó la guerra en contra no sólo de los franceses y norteamericanos sino también, y de manera sumamente brutal, de los muchos compatriotas que no querían vivir bajo una dictadura totalitaria dogmática e incomparablemente más despiadada que la del Proceso militar aquí, pero parecería que, al llamarlo “el San Martín de Vietnam”, la presidenta Cristina Fernández de Kirchner estaba más interesada en congraciarse con los eventuales socios comerciales que en fantasear con reeditar en nuestro país las hazañas bélicas de los vietnamitas de otros tiempos. Desde los años setenta del siglo pasado, Vietnam ha cambiado mucho al optar sus gobernantes por una versión de la estrategia china según la que los comunistas procuran seguir monopolizando el poder pero manejan la economía conforme a criterios netamente capitalistas, para no decir “neoliberales”, una combinación que les ha permitido disfrutar de tasas de crecimiento envidiables. Con todo, Vietnam sigue siendo un país muy pobre, con un producto per cápita muy bajo de apenas el 7% del norteamericano, mientras que el nuestro es del 34%. Los vietnamitas se han reconciliado con los norteamericanos que, por su parte, están formando una alianza informal de países asiáticos que podrían ayudarlos a hacer frente al expansionismo chino en una región que, en opinión de muchos, está destinada a erigirse en un polo económico más dinámico y, andando el tiempo, más rico que el supuesto por la Unión Europea. Así, pues, en la actualidad la esperanza sanguinaria del “Che” Guevara de que en América Latina surgieran “dos, tres, muchos Vietnam” tendría un sentido radicalmente distinto, ya que significaría subordinar los prejuicios ideológicos a la productividad económica por entender que de ella depende la legitimidad política. Puede que en última instancia resulten incompatibles el autoritarismo feroz de regímenes nominalmente comunistas como los de China y Vietnam por un lado y, por el otro, el progreso económico que, una vez superada cierta etapa, exige cada vez más libertad, o sea respeto por los derechos humanos, puesto que por su naturaleza las sociedades dictatoriales no están en condiciones de aprovechar plenamente los talentos de sus habitantes. Aunque las elites de China y Vietnam se aferran a sus privilegios, en ambos países se sienten obligadas a adoptar posturas menos rígidas, pero así y todo entienden que, si bien la democratización beneficiaría al conjunto, podría resultarles muy peligrosa. Es de prever, pues, que en los años próximos se multipliquen en los países híbridos del oriente asiático los conflictos entre los pragmáticos y los reacios a perder el poder y, en muchos casos, la riqueza que han conseguido como miembros del Partido Comunista. Las a menudo confusas luchas armadas de la vieja Indochina, con la participación de franceses, japoneses, chinos y norteamericanos, no pueden enseñarnos mucho. En cambio, el realismo cuando de la economía se trata y la influencia no tanto del comunismo cuanto de las tradiciones confucianas sí entrañan lecciones valiosas. Lo mismo que sus vecinos chinos, los vietnamitas han apostado mucho a la educación, es decir a la calidad humana, como la clave del desarrollo económico. A diferencia de nuestros dirigentes políticos, cuando es cuestión de la educación distan de ser sensibleros. Exigen, y consiguen, un grado de dedicación “elitista” no sólo entre los sectores privilegiados sino también entre los populares que, por desgracia, parece sernos ajeno. En efecto, la razón principal por la que el desafío planteado por China y otros países, incluyendo Vietnam, de cultura parecida, preocupa tanto a los norteamericanos y europeos tiene mucho menos que ver con su capacidad para producir cantidades enormes de bienes a costos inferiores a los de sus rivales occidentales que con los millones de ingenieros, científicos y técnicos laboriosos que están saliendo de sus sistemas educativos y que, a juzgar por los resultados de las pruebas internacionales, serán más que capaces de competir ventajosamente con sus contemporáneos de los mejores colegios y universidades del mundo desarrollado.


Felizmente para nuestros antecesores de hace dos siglos, el general José de San Martín tenía muy poco en común con el líder comunista vietnamita Ho Chi Minh, el político que encabezó la guerra en contra no sólo de los franceses y norteamericanos sino también, y de manera sumamente brutal, de los muchos compatriotas que no querían vivir bajo una dictadura totalitaria dogmática e incomparablemente más despiadada que la del Proceso militar aquí, pero parecería que, al llamarlo “el San Martín de Vietnam”, la presidenta Cristina Fernández de Kirchner estaba más interesada en congraciarse con los eventuales socios comerciales que en fantasear con reeditar en nuestro país las hazañas bélicas de los vietnamitas de otros tiempos. Desde los años setenta del siglo pasado, Vietnam ha cambiado mucho al optar sus gobernantes por una versión de la estrategia china según la que los comunistas procuran seguir monopolizando el poder pero manejan la economía conforme a criterios netamente capitalistas, para no decir “neoliberales”, una combinación que les ha permitido disfrutar de tasas de crecimiento envidiables. Con todo, Vietnam sigue siendo un país muy pobre, con un producto per cápita muy bajo de apenas el 7% del norteamericano, mientras que el nuestro es del 34%. Los vietnamitas se han reconciliado con los norteamericanos que, por su parte, están formando una alianza informal de países asiáticos que podrían ayudarlos a hacer frente al expansionismo chino en una región que, en opinión de muchos, está destinada a erigirse en un polo económico más dinámico y, andando el tiempo, más rico que el supuesto por la Unión Europea. Así, pues, en la actualidad la esperanza sanguinaria del “Che” Guevara de que en América Latina surgieran “dos, tres, muchos Vietnam” tendría un sentido radicalmente distinto, ya que significaría subordinar los prejuicios ideológicos a la productividad económica por entender que de ella depende la legitimidad política. Puede que en última instancia resulten incompatibles el autoritarismo feroz de regímenes nominalmente comunistas como los de China y Vietnam por un lado y, por el otro, el progreso económico que, una vez superada cierta etapa, exige cada vez más libertad, o sea respeto por los derechos humanos, puesto que por su naturaleza las sociedades dictatoriales no están en condiciones de aprovechar plenamente los talentos de sus habitantes. Aunque las elites de China y Vietnam se aferran a sus privilegios, en ambos países se sienten obligadas a adoptar posturas menos rígidas, pero así y todo entienden que, si bien la democratización beneficiaría al conjunto, podría resultarles muy peligrosa. Es de prever, pues, que en los años próximos se multipliquen en los países híbridos del oriente asiático los conflictos entre los pragmáticos y los reacios a perder el poder y, en muchos casos, la riqueza que han conseguido como miembros del Partido Comunista. Las a menudo confusas luchas armadas de la vieja Indochina, con la participación de franceses, japoneses, chinos y norteamericanos, no pueden enseñarnos mucho. En cambio, el realismo cuando de la economía se trata y la influencia no tanto del comunismo cuanto de las tradiciones confucianas sí entrañan lecciones valiosas. Lo mismo que sus vecinos chinos, los vietnamitas han apostado mucho a la educación, es decir a la calidad humana, como la clave del desarrollo económico. A diferencia de nuestros dirigentes políticos, cuando es cuestión de la educación distan de ser sensibleros. Exigen, y consiguen, un grado de dedicación “elitista” no sólo entre los sectores privilegiados sino también entre los populares que, por desgracia, parece sernos ajeno. En efecto, la razón principal por la que el desafío planteado por China y otros países, incluyendo Vietnam, de cultura parecida, preocupa tanto a los norteamericanos y europeos tiene mucho menos que ver con su capacidad para producir cantidades enormes de bienes a costos inferiores a los de sus rivales occidentales que con los millones de ingenieros, científicos y técnicos laboriosos que están saliendo de sus sistemas educativos y que, a juzgar por los resultados de las pruebas internacionales, serán más que capaces de competir ventajosamente con sus contemporáneos de los mejores colegios y universidades del mundo desarrollado.

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