Cristina y Obama
Hace diez años, el nuevo presidente norteamericano George W. Bush y sus asesores querían enseñarle al resto del mundo que tomaban muy en serio la idea del “azar moral” económico, razón por la que optaron por dejar caer a la Argentina con la esperanza de que tanto los inversores como los gobiernos de otros países aprendieran del ejemplo así brindado. Aunque Barack Obama tiene poco en común con Bush, existe el riesgo de que al igual que su antecesor esté pensando en castigar a nuestro país por la forma heterodoxa de actuar de sus gobernantes. Ya es evidente que no está dispuesto a tratar la incautación de material militar sensible en Ezeiza y, más aún, la negativa a devolverlo como un incidente menor. En una entrevista con el periodista Andrés Oppenheimer, Obama aludió directamente al asunto afirmando, entre otras cosas, que “la próxima vez que vea a la presidenta Kirchner le diré: ‘¿Podemos recuperar nuestro equipamiento?’”, de este modo dejando claro que no es su intención minimizar la importancia de lo ocurrido. Por desgracia, Obama tiene motivos políticos para asumir una postura más dura hacia la Argentina. Últimamente se ha visto convertido en blanco de una avalancha de críticas no sólo de la oposición republicana sino también de demócratas oficialistas por su conducta vacilante y débil frente a Libia y otros países árabes, de suerte que no sorprendería del todo que aprovechara una oportunidad para mostrar que es plenamente capaz de actuar con decisión, algo que podría hacer con impunidad ante un país que a su juicio tendrá escasa importancia estratégica. El mayor riesgo que enfrentaría Obama sería que la presidenta Cristina Fernández de Kirchner reaccionara acercándose todavía más a su “amigo” venezolano Hugo Chávez, lo que no la ayudaría a desempeñar el papel digno en el escenario mundial al que con toda seguridad aspira. De todos modos, la manera llamativamente excéntrica con la que el canciller Héctor Timerman se puso a buscar lo que a su entender constituiría evidencia de que el Pentágono estaba enviando armas a terroristas o drogas a narcotraficantes impresionó tanto a los norteamericanos que, según el ex embajador ante la OEA de la superpotencia y en la actualidad asesor de Obama, les hizo recordar “una imagen de una película de Fellini”. Huelga decir que tales comparaciones no contribuyen en absoluto a mejorar nuestra reputación internacional. Tal y como sucedió cuando Bush comenzaba su gestión, para ocasionarnos problemas Estados Unidos no tendrá que hacer nada que pudiera calificarse de hostil. Le sería más que suficiente dejar de darle al gobierno de la presidenta Cristina el apoyo al que se ha acostumbrado en el Club de París, donde las negociaciones en torno a la deuda externa están resultando más difíciles de lo que el ministro de Economía, Amado Boudou, había previsto, y también podría permanecer en silencio cuando otros integrantes del G20 digan que es ridículo que la Argentina siga formando parte de la elite mundial y por lo tanto debería ser reemplazada por un país como Chile. A pesar de haber sido víctima de una maniobra urdida por el en aquel entonces presidente Néstor Kirchner para desprestigiarlo cuando se celebraba la cumbre de Mar del Plata en el 2005, Bush siempre se esforzó por suavizar la relación de la Argentina con los acreedores y con el FMI. Puede que, fronteras adentro, el distanciamiento de Estados Unidos provocado por Timerman le venga bien a Cristina, pero no le sería tan fácil aprovechar un eventual conflicto con Obama como le hubiera sido con un mandatario del perfil de Bush. Asimismo, el que tanto aquí como en Estados Unidos muchos hayan imputado el comportamiento de Timerman a su voluntad de complacer a una presidenta despechada por la decisión de Obama de pasar por alto la Argentina en su gira por América Latina, limitándose a visitar Brasil, Chile y El Salvador, significa que en buena parte del mundo se supone que nuestra política exterior se ve subordinada a los caprichos emotivos de Cristina y que, de continuar produciéndose disputas diplomáticas con Estados Unidos, no se deberían a diferencias de enfoque genuinas sino a la propensión del canciller a improvisar alocadamente sin darse el trabajo de pensar en las eventuales consecuencias de sus acciones.
Hace diez años, el nuevo presidente norteamericano George W. Bush y sus asesores querían enseñarle al resto del mundo que tomaban muy en serio la idea del “azar moral” económico, razón por la que optaron por dejar caer a la Argentina con la esperanza de que tanto los inversores como los gobiernos de otros países aprendieran del ejemplo así brindado. Aunque Barack Obama tiene poco en común con Bush, existe el riesgo de que al igual que su antecesor esté pensando en castigar a nuestro país por la forma heterodoxa de actuar de sus gobernantes. Ya es evidente que no está dispuesto a tratar la incautación de material militar sensible en Ezeiza y, más aún, la negativa a devolverlo como un incidente menor. En una entrevista con el periodista Andrés Oppenheimer, Obama aludió directamente al asunto afirmando, entre otras cosas, que “la próxima vez que vea a la presidenta Kirchner le diré: ‘¿Podemos recuperar nuestro equipamiento?’”, de este modo dejando claro que no es su intención minimizar la importancia de lo ocurrido. Por desgracia, Obama tiene motivos políticos para asumir una postura más dura hacia la Argentina. Últimamente se ha visto convertido en blanco de una avalancha de críticas no sólo de la oposición republicana sino también de demócratas oficialistas por su conducta vacilante y débil frente a Libia y otros países árabes, de suerte que no sorprendería del todo que aprovechara una oportunidad para mostrar que es plenamente capaz de actuar con decisión, algo que podría hacer con impunidad ante un país que a su juicio tendrá escasa importancia estratégica. El mayor riesgo que enfrentaría Obama sería que la presidenta Cristina Fernández de Kirchner reaccionara acercándose todavía más a su “amigo” venezolano Hugo Chávez, lo que no la ayudaría a desempeñar el papel digno en el escenario mundial al que con toda seguridad aspira. De todos modos, la manera llamativamente excéntrica con la que el canciller Héctor Timerman se puso a buscar lo que a su entender constituiría evidencia de que el Pentágono estaba enviando armas a terroristas o drogas a narcotraficantes impresionó tanto a los norteamericanos que, según el ex embajador ante la OEA de la superpotencia y en la actualidad asesor de Obama, les hizo recordar “una imagen de una película de Fellini”. Huelga decir que tales comparaciones no contribuyen en absoluto a mejorar nuestra reputación internacional. Tal y como sucedió cuando Bush comenzaba su gestión, para ocasionarnos problemas Estados Unidos no tendrá que hacer nada que pudiera calificarse de hostil. Le sería más que suficiente dejar de darle al gobierno de la presidenta Cristina el apoyo al que se ha acostumbrado en el Club de París, donde las negociaciones en torno a la deuda externa están resultando más difíciles de lo que el ministro de Economía, Amado Boudou, había previsto, y también podría permanecer en silencio cuando otros integrantes del G20 digan que es ridículo que la Argentina siga formando parte de la elite mundial y por lo tanto debería ser reemplazada por un país como Chile. A pesar de haber sido víctima de una maniobra urdida por el en aquel entonces presidente Néstor Kirchner para desprestigiarlo cuando se celebraba la cumbre de Mar del Plata en el 2005, Bush siempre se esforzó por suavizar la relación de la Argentina con los acreedores y con el FMI. Puede que, fronteras adentro, el distanciamiento de Estados Unidos provocado por Timerman le venga bien a Cristina, pero no le sería tan fácil aprovechar un eventual conflicto con Obama como le hubiera sido con un mandatario del perfil de Bush. Asimismo, el que tanto aquí como en Estados Unidos muchos hayan imputado el comportamiento de Timerman a su voluntad de complacer a una presidenta despechada por la decisión de Obama de pasar por alto la Argentina en su gira por América Latina, limitándose a visitar Brasil, Chile y El Salvador, significa que en buena parte del mundo se supone que nuestra política exterior se ve subordinada a los caprichos emotivos de Cristina y que, de continuar produciéndose disputas diplomáticas con Estados Unidos, no se deberían a diferencias de enfoque genuinas sino a la propensión del canciller a improvisar alocadamente sin darse el trabajo de pensar en las eventuales consecuencias de sus acciones.
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