Cuba, más allá del paraíso

Sin paquetes ni resorts pero con hospedaje y cenas en casas particulares, con charlas de sobremesa y mojito a discreción, anduvimos desde La Habana a Santa Clara y disfrutamos de su gente y de la vida



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TEXTO Y FOTOS: JUAN JOSé LARRONDO (*) jlarrondo@bdfm.com.ar PRODUCCIÓN: HORACIO LARA hlara@rionegro.com.ar

De La Habana a Santa Clara, un recorrido distinto entre pueblos coloniales, música y leyendas. Cuba es un país de clima tropical con playas hermosas bañadas por el Mar Caribe. Muchas de ellas consideradas entre las más lindas del mundo. Pareciera fácil decidir un viaje allí. Basta con elegir una, un buen all inclusive y a disfrutar. Sin embargo, Cuba está muy lejos de ser sólo un destino de playas paradisíacas. Una manera diferente, y mucho más auténtica, de viajar por la isla más famosa del Caribe es recorrerla en auto, atravesar el interior profundo con sus pueblitos rurales, maravillarse con su mística, conocer su cultura, bailar su música y aprender de su gente. Sin paquetes ni resorts, pero con hospedaje en casas particulares, cenas en paladares (restaurantes adaptados en casas de familia), con largas charlas de sobremesa y mojito a discreción. Por suerte todavía hay una Cuba bastante virgen del turismo masivo que propongo descubrir partiendo de La Habana, en un recorrido de 600 km que une ciudades declaradas Patrimonio de la Humanidad con Santa Clara, donde emerge la leyenda de Ernesto Che Guevara. Belleza seductora y deterioro espectacular “Cualquier cosa es posible en La Habana”, escribió el novelista británico Graham Greene reproduciendo los sueños y pensamientos de famosos y anónimos que alguna vez pisaron la capital cubana. Aquí, la belleza seductora se confunde con un deterioro espectacular. El viajero se enamorará de ella, aunque nunca terminará de entender por qué. Al menos la mitad del atractivo de La Habana es cosa de intuición. Hay que caminarla, sentirla, “vivir” sus calles y dejar que ejerza su magia. Una vez que el espíritu habanero seduzca el alma, no habrá vuelta atrás, y la amaremos por siempre. La joya de la capital es La Habana Vieja, uno de los centros coloniales españoles más atractivos, que ha recuperado el esplendor perdido gracias a las obras de restauración. Art déco, barroco colonial, neoclásico, experimentación al estilo Gaudí se suceden en este mosaico arquitectónico, mezclado con cafés y restaurantes de estilo europeo y hoteles lujosos del siglo XIX, mientras uno lo recorre por calles empedradas e iluminadas por faroles coloniales. La plaza de San Francisco de Asís, llamada así por la impresionante iglesia y monasterio situados en su costado sur, es una de las más características de esta zona. Ubicada frente al puerto de la Habana, se siente la frescura de la brisa marina en la cara cuando nos acercamos a ella, un bálsamo para refrescarse de los 30°C que se hacen sentir durante el día. Surgió en el siglo XVI, cuando los galeones españoles se detenían en el muelle durante la travesía a España a través de “Las Indias”. Se destacan sus adoquines irregulares y la fuente de los Leones, esculpida en mármol blanco por el italiano Giuseppe Gagginni en 1836. Un lugar maravilloso. La mirada se pierde entre tanta belleza, con la bahía de fondo, los colores pastel, la catedral de piedra y aflora el recuerdo. Tiene mucho de las plazas europeas, la del reloj Astronómico de Praga, por ejemplo, aunque rápidamente el aroma a tabaco del bueno, las mulatonas con sus vestidos colorinches y la cara del che en el timbal del trovador que canta en vivo nos hacen sentir nuevamente lo mejor de Cuba.

Cuba es un archipiélago constituido por la isla de Cuba, la Isla de la Juventud, unos 4.200 cayos y pequeños islotes. Es la isla más grande de las del Caribe. Destino económico y bien familiar.

Arte colonial al aire libre Después de tomar un descanso de la ciudad y disfrutar del sol en las hermosas Playas del Este, a tan sólo media hora de La Habana, recorremos 280 kilómetros por la Autopista Nacional hasta llegar a Cienfuegos, la única ciudad fundada por franceses de la isla. Alojada en una tranquila bahía natural, Cienfuegos es una ciudad náutica, con un entorno soberbio junto al mar. Su arquitectura homogénea con gran influencia gala la convirtió en Patrimonio Mundial de la Unesco en el 2005. La plaza principal, el parque José Martí, es una exposición de arte colonial al aire libre. Las 144 sillas de hierro en hilera que lo atraviesan permiten sentarse a disfrutar de la impecable conservación de La Casa del Fundador, la Catedral Nuestra Señora de la Purísima Concepción, el Palacio Ferrer, el teatro Tomás Terry y el bar Palatino, donde por el equivalente a 13 pesos argentinos se puede disfrutar el delicioso cóctel de la casa: licor de menta, jugo de ananá y ron. Cienfuegos también tiene, como La Habana, su paseo del Prado, una avenida con bulevar arbolado que desemboca en el Malecón, una costanera soñada que enmarca la bahía de “Jagua”, ideal para recorrer al atardecer y disfrutar de la puesta del sol. Al final de este paseo a orillas del mar se encuentra el Palacio de Valle, una construcción propia de “Las Mil y una Noches”, con un derroche colorido de azulejos, torrecitas y estucado, al estilo de un Kasba marroquí. Un lugar soñado para tomar un mojito en el atractivo bar de la terraza escuchando a los poetas trovadores cantando historias de revolución. El Parque José Martí vuelve a tomar protagonismo a la noche, donde se congrega una divertida vida nocturna. En su parte oeste un grupo de obreros construyó un Arco del Triunfo en 1916 dedicado a la independencia cubana, el único del país. Tras él, al cruzar la calle encontramos los jardines de la Uneac, con un ambiente relajado, es el mejor local musical de la ciudad, con un agradable patio donde todas las noches se presentan los mejores grupos locales. Es ideal para bailar salsa y son, mezclándose con los cienfuegueros. Los aventureros no se pueden perder el Parque Protegido El Nicho, al que se llega subiendo por los montes Escambray, a 55 kilómetros de Cienfuegos. La zona ofrece un sendero en medio de una tupida vegetación donde se accede a la refrescante y muy recomendable posibilidad de nadar en piscinas naturales que se forman por el descenso desde la montaña del Río Hanabanilla. Lanzarse de cabeza desde tres o cuatro metros con cascadas que caen alrededor es una experiencia imperdible de esta Cuba no tradicional. Una ciudad de cuento Atravesando pueblitos rurales, donde la pobreza no se disimula pero es digna, y bordeando el mar, recorremos 90 kilómetros para llegar a Trinidad: un asentamiento colonial español perfectamente conservado donde los relojes se detuvieron en 1850 y aún no se volvieron a poner en marcha. Una ciudad especial, única, diferente, declarada Patrimonio Mundial de la Unesco en 1988, la llaman “la joya colonial de América”. Trinidad se construyó gracias a las enormes fortunas azucareras amasadas a principios del siglo XIX, en el contiguo Valle de los Ingenios, y la riqueza de ese período todavía se evidencia en las ilustres mansiones coloniales decoradas con frescos italianos, mármol de Carrara, porcelana de Wedgewood, muebles españoles estilo Luis XV y arañas francesas. Ciudad romántica como pocas, hay que perderse por sus calles impecables, distinguidas y aristocráticas, con suelos de lajas originales y brillantes, iluminadas con luz tenue, como la que otorgan las velas. Nos confunde, nos embriaga y nos lleva al pasado, transformándonos en protagonistas de cuentos medievales. Las casas son muy altas, coloridas, con puertas enormes de madera, y ventanas con rejas trabajadas, balcones y terrazas. Estas construcciones también evocan las barracas de esclavos, cuyas “venas abiertas” ayudaron a forjar la riqueza de antaño. La dorada Playa Ancón, se encuentra sólo a 12 kilómetros, sobre el Mar Caribe, es la más linda del sur de la Isla. Visitarla por la mañana es un placer. Después, todos los caminos conducen a la Plaza Mayor, prolija, florida, pequeña, adornada con jarrones de cerámica gigantes elaborados por artesanos locales. Está cercada por un cuarteto de edificios impresionantes: el Museo Municipal, donde hay que ir si interesa la historia, La iglesia de la Santísima Trinidad, El Museo Romántico, que muestra arte decorativo, y el Museo de Arquitectura. Al atardecer la ciudad se transforma. El andar apacible y tranquilo le da paso a la diversión. Todos se congregan en las escalinatas que están junto a la iglesia. Al aire libre funciona la Casa de la Música, en un sitio donde conviven bares, restaurantes, orquesta en vivo, y donde los lugareños se mezclan con los viajeros para bailar hasta la madrugada. Tu querida presencia Dejamos Trinidad y atravesando las Montañas del Escambray, entre pequeños ríos, vegetación selvática y vistas dignas de nuestra cordillera llegamos a Santa Clara, la ciudad que está orgullosa de su hijo adoptivo, Ernesto Che Guevara. Su imagen está en todas partes, como en el resto del país, pero aquí llega al paroxismo. “Desciende en mi ciudad tu ejemplo” reza una leyenda junto a la cara del Che dibujada con piedras en una colina al ingreso de Santa Clara. El Mausoleo que los pobladores construyeron con trabajo voluntario para que descansen los restos de uno de los argentinos más famosos es impresionante. Una figura gigante del Che, en bronce, domina la escena. Lo circunda una plaza enorme y de buen gusto, a la medida de su leyenda. Sus restos yacen debajo de la estatua, en un lugar construido en madera que asemeja a una caverna y al relieve boliviano donde fue asesinado. Hay una llama eterna, está oscuro y reina el silencio. Lo lloran viajeros de todo el mundo. La emoción se siente en la piel. “Saudade” es una palabra portuguesa de difícil traducción, porque es una palabra-concepto, de manera que es trasladada a otros idiomas de forma aproximada. Antonio Tabucchi dice que es “algo desgarrador, pero que también puede enternecer, y no atañe exclusivamente al pasado sino también al futuro, porque expresa un deseo que uno querría ver cumplido. Y aquí las cosas se complican porque la nostalgia del futuro es una paradoja”. Para comprender qué es la saudade, por lo tanto, no hay nada mejor que experimentarla directamente. Y esto sucedió en La Habana, antes de emprender el regreso. Sentado en un muro del Parque Militar Morro Cabaña, un fuerte robusto que construyó España para defender la ciudad de piratas y usurpadores, al atardecer, me puse a contemplar cómo el sol se escondía y su luz recortaba el relieve de la Bahía con el Malecón y La Habana Vieja como actores principales. Ante este panorama, mi imaginación rompió el tiempo y me hizo pensar que una vez en casa y absorbido por las costumbres, me invadiría la nostalgia de un momento privilegiado de mi vida en el que estaba en un fuerte estilo medieval contemplando cómo el sol caía en una ciudad mágica abarrotada de leyendas. Sentí nostalgia del momento que estaba viviendo en ese momento. Es una nostalgia al futuro. Es saudade a la cubana. (*) Periodista especializado en turismo. Vive en Neuquén

La mejor época para ir a Cuba es entre diciembre y abril, tras las lluvias implacables de la temporada de huracanes y antes del malestar húmedo y caluroso de los tórridos meses veraniegos.


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