Culpas compartidas
Tal y como sucedió en nuestro país cuando se resquebrajaba la convertibilidad, en las calles de Atenas y otras ciudades griegas manifestantes enojados entienden que es terriblemente injusto que ellos tengan que pagar por una crisis provocada por otros. Aquí los blancos iniciales de la ira popular fueron “los políticos”; en Grecia y en otras partes del mundo desarrollado éstos están acompañados por “los ricos”, en especial los vinculados con los bancos y la especulación financiera. Aunque la indignación que tantos sienten puede entenderse, es poco probable que las protestas airadas de los damnificados sirvan para que sean repartidos de forma más equitativa los costos supuestos por los ajustes severos que tendrán que emprender no sólo Grecia sino muchos otros países o que los políticos considerados responsables por la debacle se vean obligados a cambiar de oficio. Mal que bien, ninguna economía moderna puede funcionar adecuadamente sin un sector financiero flexible y vigoroso, razón por la que los intentos de “ponerlo al servicio de la producción” harían todavía más difícil la eventual recuperación, mientras que, como nos dimos cuenta luego de algunas semanas de “que se vayan todos”, los políticos no sólo son imprescindibles sino que también representan a su modo la sociedad en su conjunto. Es sin duda reconfortante creer que el pueblo merece una clase política mejor que la que efectivamente existe, pero se trata de una ilusión. Las grandes crisis financieras y económicas de los últimos años se debieron a que por mucho tiempo centenares de millones de personas se habían acostumbrado a vivir por encima de sus medios reales. Pudieron hacerlo porque era relativamente fácil conseguir créditos. En todas partes los gobiernos, los empresarios y los ciudadanos privados aprovecharon las circunstancias para endeudarse más. Resistirse a la tentación de hacerlo fue muy difícil. Antes de estallar la burbuja inmobiliaria en Estados Unidos, España e Irlanda, los escasos políticos que se animaban a advertir que todo terminaría mal se vieron acusados de querer privar a gente de recursos limitados de la posibilidad de comprar viviendas dignas, tema que a menudo adquiriría connotaciones raciales puesto que los norteamericanos insolventes solían ser negros o hispanos. Asimismo, nadie ignoraba que el boom de construcción resultante generaba una cantidad enorme de empleos. Por lo demás, el aumento del valor de las propiedades inmobiliarias, y lo fácil que era conseguir dinero hipotecándolas, difundió una sensación de riqueza creciente que impulsaba el consumo interno, uno de los motores principales de las economías actuales. Aunque muchos sospechaban que tarde o temprano las deudas acumuladas resultarían excesivas y entonces sería necesario comenzar a saldarlas, pocos imaginaban que la hora de la verdad resultaría ser tan traumática y que en Estados Unidos y Europa millones de personas se encontrarían en una situación parecida a la de los muchos argentinos que en el 2002 se vieron precipitados en la pobreza. ¿Fueron culpables los políticos, tanto los de izquierda como los del centro y de la derecha liberal, de engañarlos? Hasta cierto punto, claro que sí, pero sucede que ellos también suponían que, gracias al crecimiento económico, no habría ninguna necesidad de “ajustar”. Por lo demás, en los países democráticos por lo menos, el electorado es “soberano”, de suerte que es legítimo argüir que todos los pueblos tienen los gobernantes que merecen y que si se dejan embaucar es porque prefieren las fantasías facilistas de quienes formulan promesas poco realistas a los mensajes ásperos de la minoría que subraya la importancia del trabajo duro, de la productividad y del ahorro. En cuanto a los financistas, hicieron lo que siempre han hecho, sacar el máximo provecho de las oportunidades que se presentaron. Últimamente, en Europa y Estados Unidos se ha puesto de moda criticarlos por su “codicia”, vicio que según casi todos los políticos está en la raíz de la crisis que se desató dos años atrás y que sigue cobrando víctimas, pero no hay motivos para suponer que antes se conformaban con menos dinero. Si hay una diferencia, consiste en que la globalización, acompañada por comunicaciones instantáneas, les ha permitido ganar mucho más, con menor esfuerzo, que en el pasado.
Tal y como sucedió en nuestro país cuando se resquebrajaba la convertibilidad, en las calles de Atenas y otras ciudades griegas manifestantes enojados entienden que es terriblemente injusto que ellos tengan que pagar por una crisis provocada por otros. Aquí los blancos iniciales de la ira popular fueron “los políticos”; en Grecia y en otras partes del mundo desarrollado éstos están acompañados por “los ricos”, en especial los vinculados con los bancos y la especulación financiera. Aunque la indignación que tantos sienten puede entenderse, es poco probable que las protestas airadas de los damnificados sirvan para que sean repartidos de forma más equitativa los costos supuestos por los ajustes severos que tendrán que emprender no sólo Grecia sino muchos otros países o que los políticos considerados responsables por la debacle se vean obligados a cambiar de oficio. Mal que bien, ninguna economía moderna puede funcionar adecuadamente sin un sector financiero flexible y vigoroso, razón por la que los intentos de “ponerlo al servicio de la producción” harían todavía más difícil la eventual recuperación, mientras que, como nos dimos cuenta luego de algunas semanas de “que se vayan todos”, los políticos no sólo son imprescindibles sino que también representan a su modo la sociedad en su conjunto. Es sin duda reconfortante creer que el pueblo merece una clase política mejor que la que efectivamente existe, pero se trata de una ilusión. Las grandes crisis financieras y económicas de los últimos años se debieron a que por mucho tiempo centenares de millones de personas se habían acostumbrado a vivir por encima de sus medios reales. Pudieron hacerlo porque era relativamente fácil conseguir créditos. En todas partes los gobiernos, los empresarios y los ciudadanos privados aprovecharon las circunstancias para endeudarse más. Resistirse a la tentación de hacerlo fue muy difícil. Antes de estallar la burbuja inmobiliaria en Estados Unidos, España e Irlanda, los escasos políticos que se animaban a advertir que todo terminaría mal se vieron acusados de querer privar a gente de recursos limitados de la posibilidad de comprar viviendas dignas, tema que a menudo adquiriría connotaciones raciales puesto que los norteamericanos insolventes solían ser negros o hispanos. Asimismo, nadie ignoraba que el boom de construcción resultante generaba una cantidad enorme de empleos. Por lo demás, el aumento del valor de las propiedades inmobiliarias, y lo fácil que era conseguir dinero hipotecándolas, difundió una sensación de riqueza creciente que impulsaba el consumo interno, uno de los motores principales de las economías actuales. Aunque muchos sospechaban que tarde o temprano las deudas acumuladas resultarían excesivas y entonces sería necesario comenzar a saldarlas, pocos imaginaban que la hora de la verdad resultaría ser tan traumática y que en Estados Unidos y Europa millones de personas se encontrarían en una situación parecida a la de los muchos argentinos que en el 2002 se vieron precipitados en la pobreza. ¿Fueron culpables los políticos, tanto los de izquierda como los del centro y de la derecha liberal, de engañarlos? Hasta cierto punto, claro que sí, pero sucede que ellos también suponían que, gracias al crecimiento económico, no habría ninguna necesidad de “ajustar”. Por lo demás, en los países democráticos por lo menos, el electorado es “soberano”, de suerte que es legítimo argüir que todos los pueblos tienen los gobernantes que merecen y que si se dejan embaucar es porque prefieren las fantasías facilistas de quienes formulan promesas poco realistas a los mensajes ásperos de la minoría que subraya la importancia del trabajo duro, de la productividad y del ahorro. En cuanto a los financistas, hicieron lo que siempre han hecho, sacar el máximo provecho de las oportunidades que se presentaron. Últimamente, en Europa y Estados Unidos se ha puesto de moda criticarlos por su “codicia”, vicio que según casi todos los políticos está en la raíz de la crisis que se desató dos años atrás y que sigue cobrando víctimas, pero no hay motivos para suponer que antes se conformaban con menos dinero. Si hay una diferencia, consiste en que la globalización, acompañada por comunicaciones instantáneas, les ha permitido ganar mucho más, con menor esfuerzo, que en el pasado.
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