Magalí Etchebarne: cuentos, poesía y un premio para una enorme escritora

Reciente ganadora del prestigio premio Ribera del Duero, la cuentista y poeta argentina tiene una voz personalísima, poética, potente.

Las tapas de los libros de Magalí Etchebarne son discretas, de colores pastel, como si no quisieran sobresalir en las estanterías. Y sin embargo, detrás de esas presencias aparentemente sutiles, se esconde una escritura tan salvaje como poética, una maravilla de las letras argentinas. A los dos primeros, imprescindibles ambos, el de cuentos, “Los mejores días”, y el de poesía, “Cómo cocinar un lobo” , se les suma ahora “La vida por delante”, que antes de llegar a la Argentina ganó el prestigioso premio español Ribera del Duero.


Magalí Etchebarne nació en 1983, en Remedios de Escalada y como le gustaba leer, la mamá le propuso que se anote en un concurso de escritura que organizaba el diario de su pueblo. A los once años, presentó un cuento sobre una nena que quedaba atrapada dentro de un libro, y ganó. Al año siguiente, volvió a participar con la historia de una nena que tenía un novio que estaba en silla de ruedas y una mañana lo va a buscar y él muere. Ganó otra vez , pero dejó de participar porque pensó que no se presentaba nadie y por eso, ella era la elegida.


Por suerte, siguió escribiendo. “Los mejores días”, editados por Tenemos las máquinas, fue su debut literario, en 2017. El libro se convirtió en un fenómeno: cosechó elogios y ya va por su merecida décima edición.


Dueña de una voz única, todos y cada uno de los ocho cuentos de “Los mejores días”, son una pieza de relojería extraordinaria, ocho relatos inquietantes, y viscerales. Etchebarne parece manejar las atmósferas como un aprendiz de mago. En los ambientes domésticos en los que ocurren los cuentos hay lugar para climas opresivos a veces, perturbadores siempre, crudos. Son cuentos que giran alrededor de los vínculos humanos, de la torpezas del deseo, de los vaivenes del pasado. Son historias de una misma familia, pero con protagonistas diferentes: niñas, adolescentes, jóvenes, mujeres adultas o ancianas solitarias.


En cada una de las historias, las mujeres juegan un rol fundamental: una escritora disconforme con su jefe (que la contrató para escribir su vida) expresa los deseos negativos hacia la secretaria; una mujer se reencuentra con su primo y confiesa esa suerte de amor que sintió en la infancia; un familia que parece desbaratarse en el ocio de las vacaciones;mujeres que entienden que ese amor será una desdicha sostenida en el tiempo. Los personajes son una excusa para balancearse sobre la vida, la tristeza, el tiempo, las adiciones, las relaciones de poder, el amor de pareja, la locura, la maternidad, la familia. Cada imagen emerge sutil y se desparrama con poesía y melancolía sobre el cuento: “El poder de mi tristeza es el de un tsunami”, dice un personaje, y la narradora escribe. “Pero era una tristeza estoica. La calcaba sobre el mantel de hule, colgaba su tristeza en la cocina como a una cortina.”


Solo por mencionar uno, ahí está Tsunami, el cuento que cierra el libro, y que es una historia contada por una hija cuya madre, con una personalidad arrolladora («esas vacaciones fueron idea de papá. Pero todas las otras ideas, las que definían al mundo y a las personas, eran propiedad de ella”), ahora sufre demencia. Hay, en ese relato, tanto amor condensado en la mirada de esa hija, que recuerda e hilvana, como pena profunda. “Empuñó el desencantó desde que alguien le dijo que pensara mejor lo que sentía. Pero no lo dijo nunca. No lo dio salvo excepciones anuales, una fiesta que terminó mal, el día que murió su madre, una mañana enloquecida. Después de eso, la vida avanzó como la programación de un canal”, escribe Etchebarne.

“Este libro tiene frases sabias, afiladas y compasivas, como escritas con un instrumento que esculpe pedazos rústicos de mundo, con la destreza y la decisión de quien se sabe capaz de convertirlos en belleza. Podría llamarse magia o alquimia, pero es solo talento”, la elogió la escritora y periodista Margarita García Robayo. Tiene mucha razón.


La poesía nacida del duelo


En 2023 y a través de la misma editorial, Etchebarne publicó “Cómo cocinar un lobo”, un pequeño libro de poemas, nacido del dolor por la pérdida de sus padres. Primero murió su papá, de repente, a los 81 años. Luego su mamá, en plena pandemia, de un cáncer. Cuando esa devastación pasó por su vida y su cuerpo, después de desarmar la casa que fue de sus padres junto a su hermana, la escritora aprendió un lenguaje nuevo: “Un año se pasa de ser hija a poeta, y los versos se convierten en manotazos a la memoria”, escribió Marina Mariasch en la contratapa de este pequeño, delicado, y conmovedor libro.


“Un librero me contó que cuando vació la casa de sus padres encontró el diario de su madre, donde había secretos y hasta encontró cartas con otros hombres. Yo pensé que si me pasaba iba a tener material para la escritura. Pero lo que me pasó fue que no encontré nada; ellos se llevaron sus secretos y vaciar la casa de Remedios de Escalada, que fue la casa que construyeron mis abuelos, en la que vivieron nuestros padres y nosotras, para ponerla en alquiler fue como reencontrarme con los restos de una vida en común. Es horrible vaciar una casa, creo que es de las peores cosas que nos toca hacer. Sentís como si algo te pasara por encima. Me acuerdo que me dio mucha impresión ver un peine de mi papá tirado; habían revuelto las bolsas y se habían llevado otras cosas… No es que yo sea supersticiosa, pero también sentís que te están viendo mientras vaciás la casa, como que están ahí. Los muertos no están tan muertos como creemos”, dijo en una entrevista sobre este libro que es de una belleza desoladora.


En poemas sin títulos, escribe, por ejemplo esto: “Cuando ellos ya no estén, solo quedarán sus plantas/ abrazándose salvajes, creciendo/ desconcertadas. Mi hermana y yo/ nos habremos llevado todo: los secretitos/ de la noche grabados en la mesa de luz,/ las cenizas que duermen en cofres de mármol,/ todos esos muebles gigantes/ como máquinas a vapor,/ las fotos —todas las fotos en blanco y negro/ en las que el pasado parece mentira—,/ los problemas suaves, de épocas/ sin distracción. Y así,/ cargadas, vamos a caminar/ por la costa varicosa de los años..


“Como cocinar un lobo”, lo describe magistralmente Fabián Casas, “es un libro de poemas que, de haber existido el frío -ese concepto extraño- yo hubiera llevado en un bolsillo de mi sobretodo para sacarlo por donde anduviera para leerlo de a sorbos, como se toma una petaca. Es un libro peligroso porque parte del dolor -la muerte de los padres- y el duelo que hacen las hijas -una de ellas escribe el libro- a la par que se curan mientras duelan”.


Y dice también: “los poemas de Etchebarne lanzan arpones desde la página que te sacuden. En uno es la noche de Navidad, la que narra el poema está en una terraza y sube probablemente con su hermana y mientras miran la luna, dice: “Un chico dijo que la luna y el sol/ deberían aprender de los vendedores del tren/ y no empezar a brillar hasta que el otro termine”.


Ahora, queda esperar por su tercer libro, que llegará al país por estos días. Se llama “La vida por delante” y ella misma contó de qué se trata: “La vida por delante es como una frase hecha, una expresión que se suele decir más que nada a la gente joven y que a veces es un poco mentirosa. No es tan cierto. No se sabe. Lo único que tenemos la mayor parte del tiempo es pasado. Pero lo decimos con buenas intenciones Va a haber tiempo para, esto se va a poder remediar, o vas a poder corregir esto. La idea de los relatos y de estos personajes es que no es tan cierto siempre, a veces la vida se demora y se traba en lugares más pedregosos y no es tan fácil seguir adelante”.


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