Cumbre rutinaria
El Mercosur sería más promisorio si fuera una sociedad de iguales. Pero el Brasil lleva la voz cantante y tiene una estrategia proteccionista.
Con cierta frecuencia, los mandatarios de los países del Mercosur se reúnen a fin de subrayar su voluntad inquebrantable de “relanzar el bloque”, y es de suponer que la cumbre reciente de Florianópolis será seguida por otras similares en el curso de las cuales los asistentes aludirán a su compromiso con la integración regional, a su deseo de “perfeccionar” los mecanismos burocráticos que tantos dolores de cabeza les provocan y se quejarán del proteccionismo ajeno sin por eso aceptar desmantelar sus propias barreras arancelarias. Dicha negativa puede entenderse -en un mundo de aranceles muy bajos las uniones aduaneras carecerían de sentido-, pero ha supuesto que la economía más dinámica del Cono Sur, la chilena, no ha podido tratar de integrarse a las demás. En Florianópolis, el presidente Ricardo Lagos dijo que “el ingreso pleno de Chile al Mercosur es un proyecto estratégico para Chile”, pero antes de que tales afirmaciones sean más que una vaga expresión de deseos el bloque tendría que abrirse más al mundo, alternativa que por ahora no interesa en absoluto al socio mayor, el Brasil.
La verdad es que el obstáculo principal en el camino de la “integración latinoamericana” no es la resistencia de Chile a acompañar a sus vecinos, sino la convicción de tantos dirigentes brasileños de que el destino ha decidido que su país habrá de cumplir un papel económico comparable con aquél de los Estados Unidos. Si bien para los irritados por la hegemonía norteamericana la ambición geopolítica así supuesta resulta muy atractiva, no es muy realista: el producto bruto brasileño es inferior al californiano y, de todos modos, las lacras sociales y el atraso tecnológico del Brasil difícilmente podrían ser más patentes. Sin embargo, lo mismo que sus antecesores, el presidente Fernando Henrique Cardoso suele pasar por alto los pequeños detalles de este tipo para hablar como si fuera canciller de Alemania, o sea, de un país ya poderoso y avanzado que lidera un bloque coherente que sí podría estar en condiciones de considerarse una alternativa auténtica al gigante estadounidense, mientras que los otros mandatarios mercosureños tácitamente respaldan las pretensiones del presidente brasileño por temor a desatar una nueva crisis regional.
El presidente Fernando de la Rúa y otros radicales dicen creer que el Mercosur nos es fundamental: según algunos, sin él no tendremos futuro alguno. Puede que en la actualidad tal tesis parezca justificarse, pero sólo se trata de una dependencia coyuntural. Por estar el país hundido en una profunda depresión anímica, es natural que sus dirigentes se hayan aferrado a la idea de que el Mercosur sea el equivalente sudamericano de la Unión Europea o el NAFTA norteamericano -agrupaciones que en términos económicos son mucho más de diez veces mayores-, pero de reanudarse el crecimiento nuestra actitud no tardaría en aproximarse más a la chilena, es decir, a la apropiada para un país relativamente pequeño pero bien organizado que en opinión de sus gobernantes no tiene por qué permitir que otro más pobre lo subordine a su propio “proyecto geopolítico”.
El Mercosur sería más promisorio si fuera una sociedad de iguales pero, por desgracia, el Brasil no sólo es llamativamente mayor que sus socios, sino que también está comprometido con una estrategia que a juicio de muchos no tiene posibilidad alguna de prosperar sino que, por el contrario, seguirá frenando el desarrollo y agravando diferencias sociales que ya son pavorosas. Esta realidad se modificaría si los brasileños abandonaran el proteccionismo que, gracias en buena medida a la influencia de los industriales paulistas, ya les es tradicional, pero pocos creen que lo hagan en los próximos años. Así las cosas, los otros países miembros continuarán viéndose constreñidos a optar entre el mercado mundial dominado por los Estados Unidos y el local en el que el Brasil lleva la voz cantante. Las ventajas económicas de la opción estadounidense son claramente superiores a las ofrecidas por la brasileña, pero los partidarios de ésta pueden esgrimir en su favor una variedad de argumentos políticos y emotivos de validez dudosa, pero no por eso menos eficaces desde el punto de vista de dirigentes convencidos de que en última instancia lo único que realmente importa es la política.