Cumpleaños poco feliz
De haber sido otras las circunstancias, los europeos estarían celebrando con pompa triunfalista el décimo aniversario del nacimiento del euro, la moneda común que, para muchos comprometidos con la creación de lo que previeron sería los Estados Unidos de Europa, simbolizaba la unión definitiva del continente, pero no lo hicieron porque la mayoría entiende que introducirlo fue en verdad un error gigantesco que, tal y como están las cosas, amenaza con hacer fracasar el gran proyecto político con el que se sienten comprometidos. Sin embargo, aunque se han dado cuenta de que los costos económicos, políticos y, por supuesto, sociales de conservarlo podrían resultar insoportables, temen que abandonarlo podría tener consecuencias aún peores, razón por la que los dirigentes no sólo de Alemania y Francia sino también de Italia, España y hasta Grecia insisten en que nada los obligará a resucitar las monedas nacionales de antes. Para nosotros fue traumático salir de la convertibilidad, pero para los habitantes de los países de la Eurozona y para muchos otros, el eventual desplome del proyecto basado en el euro podría significar una depresión prolongada todavía más penosa. El panorama sería distinto si dichos países fueran exportadores de materias primas, pero sucede que todos dependen en buena medida de la productividad de sus respectivos sectores industriales que, en muchos casos, no están en condiciones de competir con rivales en Asia oriental donde los salarios son llamativamente inferiores. Por ahora, Alemania constituye una excepción, pero aun cuando todos sus socios lograran hacerse igualmente productivos sus esfuerzos no les servirían para mucho, puesto que el éxito comercial alemán se debe a su capacidad para exportar bienes industriales a sus socios europeos. Como uno de los artífices principales del euro, el francés Jacques Delors ha reconocido que para que una moneda común funcionara bien no sólo en los buenos tiempos sino también en los malos sería necesario una unión fiscal, lo que supondría un solo ministerio de Economía europeo con el poder necesario para manejar los presupuestos de todos los países miembros. Muy tardíamente, la canciller alemana Angela Merkel y el presidente francés Nicolas Sarkozy han procurado improvisar una suerte de gobierno económico paneuropeo, forzando a Grecia primero y poco después a Italia a reemplazar a primeros ministros a su juicio nada confiables por tecnócratas dispuestos a obedecer sus órdenes, pero no hay ninguna garantía de que los griegos e italianos, además de los portugueses, españoles e irlandeses, acepten tolerar los ajustes tremendos que serán necesarios para sanear sus finanzas. Hasta ahora, el temor a lo que sucedería si sus países dejaran de formar parte de la Eurozona, y de la humillación que les supondría tener que hacerlo, han sido suficientes como para convencerlos de que no hay más alternativa que la de resignarse a años de austeridad, pero incluso Merkel y Sarkozy parecen entender que tarde o temprano algunos países, comenzando con Grecia, tendrán que salir del bloque. De todos modos, la crisis europea no es meramente financiera. Es estructural y por lo tanto mucho más profunda, producto del endeudamiento excesivo, de diferencias crecientes entre la productividad de los diversos países de la Eurozona, de desequilibrios demográficos cada vez más peligrosos causados por la baja, que en algunos países ha sido catastrófica, de la tasa de natalidad y del impacto devastador en el mercado laboral del progreso tecnológico que ya ha eliminado muchos millones de empleos antes bien remunerados. Adaptarse a las nuevas circunstancias requerirá un esfuerzo denodado. Huelga decir que no ayuda el euro, la moneda creada por motivos geopolíticos con la esperanza de que resultaría fácil amalgamar economías tan distintas como las de Alemania, Italia, España, Grecia y otros países. En una etapa en que la flexibilidad debería ser prioritaria, los países de la Eurozona, incluyendo a Alemania, se ven comprometidos política y emotivamente con un esquema sumamente rígido que, lejos de hacer más fáciles los cambios que tendrán que llevarse a cabo para atenuar sus propios problemas internos y para enfrentar con una posibilidad de éxito los desafíos planteados por la globalización, los hacen mucho más difíciles.
De haber sido otras las circunstancias, los europeos estarían celebrando con pompa triunfalista el décimo aniversario del nacimiento del euro, la moneda común que, para muchos comprometidos con la creación de lo que previeron sería los Estados Unidos de Europa, simbolizaba la unión definitiva del continente, pero no lo hicieron porque la mayoría entiende que introducirlo fue en verdad un error gigantesco que, tal y como están las cosas, amenaza con hacer fracasar el gran proyecto político con el que se sienten comprometidos. Sin embargo, aunque se han dado cuenta de que los costos económicos, políticos y, por supuesto, sociales de conservarlo podrían resultar insoportables, temen que abandonarlo podría tener consecuencias aún peores, razón por la que los dirigentes no sólo de Alemania y Francia sino también de Italia, España y hasta Grecia insisten en que nada los obligará a resucitar las monedas nacionales de antes. Para nosotros fue traumático salir de la convertibilidad, pero para los habitantes de los países de la Eurozona y para muchos otros, el eventual desplome del proyecto basado en el euro podría significar una depresión prolongada todavía más penosa. El panorama sería distinto si dichos países fueran exportadores de materias primas, pero sucede que todos dependen en buena medida de la productividad de sus respectivos sectores industriales que, en muchos casos, no están en condiciones de competir con rivales en Asia oriental donde los salarios son llamativamente inferiores. Por ahora, Alemania constituye una excepción, pero aun cuando todos sus socios lograran hacerse igualmente productivos sus esfuerzos no les servirían para mucho, puesto que el éxito comercial alemán se debe a su capacidad para exportar bienes industriales a sus socios europeos. Como uno de los artífices principales del euro, el francés Jacques Delors ha reconocido que para que una moneda común funcionara bien no sólo en los buenos tiempos sino también en los malos sería necesario una unión fiscal, lo que supondría un solo ministerio de Economía europeo con el poder necesario para manejar los presupuestos de todos los países miembros. Muy tardíamente, la canciller alemana Angela Merkel y el presidente francés Nicolas Sarkozy han procurado improvisar una suerte de gobierno económico paneuropeo, forzando a Grecia primero y poco después a Italia a reemplazar a primeros ministros a su juicio nada confiables por tecnócratas dispuestos a obedecer sus órdenes, pero no hay ninguna garantía de que los griegos e italianos, además de los portugueses, españoles e irlandeses, acepten tolerar los ajustes tremendos que serán necesarios para sanear sus finanzas. Hasta ahora, el temor a lo que sucedería si sus países dejaran de formar parte de la Eurozona, y de la humillación que les supondría tener que hacerlo, han sido suficientes como para convencerlos de que no hay más alternativa que la de resignarse a años de austeridad, pero incluso Merkel y Sarkozy parecen entender que tarde o temprano algunos países, comenzando con Grecia, tendrán que salir del bloque. De todos modos, la crisis europea no es meramente financiera. Es estructural y por lo tanto mucho más profunda, producto del endeudamiento excesivo, de diferencias crecientes entre la productividad de los diversos países de la Eurozona, de desequilibrios demográficos cada vez más peligrosos causados por la baja, que en algunos países ha sido catastrófica, de la tasa de natalidad y del impacto devastador en el mercado laboral del progreso tecnológico que ya ha eliminado muchos millones de empleos antes bien remunerados. Adaptarse a las nuevas circunstancias requerirá un esfuerzo denodado. Huelga decir que no ayuda el euro, la moneda creada por motivos geopolíticos con la esperanza de que resultaría fácil amalgamar economías tan distintas como las de Alemania, Italia, España, Grecia y otros países. En una etapa en que la flexibilidad debería ser prioritaria, los países de la Eurozona, incluyendo a Alemania, se ven comprometidos política y emotivamente con un esquema sumamente rígido que, lejos de hacer más fáciles los cambios que tendrán que llevarse a cabo para atenuar sus propios problemas internos y para enfrentar con una posibilidad de éxito los desafíos planteados por la globalización, los hacen mucho más difíciles.
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