De Cristina a Mauricio, más allá del protocolo

Por Redacción

La presidenta saliente Cristina Kirchner decidió entregarle los atributos del mando a su sucesor Mauricio Macri allí donde ella los recibió, en el 2007, de manos de su esposo y predecesor y luego de su hija, en el 2011: en el recinto del Congreso de la Nación. Macri pretendía que la ceremonia se realizara, como era de rigor, en la Casa de Gobierno luego de su juramento ante la Asamblea Legislativa. Así lo habían acordado, según se supo, los presidentes saliente y entrante de la Cámara de Diputados Julián Domínguez y Emilio Monzó, pero la orden de Balcarce 50, comunicada por el secretario general de la Presidencia Eduardo “Wado” de Pedro dio por tierra con ese acuerdo. “Se hará como lo dicta la ley”, explicó el jefe de Gabinete Aníbal Fernández. Lo que dice, en realidad, el artículo 93 de la Constitución nacional es que “al tomar posesión de su cargo el presidente y vicepresidente prestarán juramento en manos del presidente del Senado y ante el Congreso reunido en asamblea”. Nada dice sobre el traspaso de los atributos del mando presidencial, el bastón y la banda. La cuestión trasciende lo anecdótico y protocolar, la pulseada por las audiencias y aplausos en ese día tan especial: hay detrás una disputa simbólica con trasfondo histórico-político. En la ceremonia sucesoria, tal cual lo registra la historia, el nuevo presidente presta juramento en el Congreso ante la Asamblea Legislativa y luego recorre el trayecto hasta la Casa Rosada escoltado por los granaderos saludado por el pueblo en las calles, para recibir en el Salón Blanco los atributos del mando del presidente saliente y tomar juramento a los nuevos ministros. Es cierto que los antecedentes registran que así recibieron también el bastón y la banda presidentes electos de dictadores salientes (Perón de Farrell, en el 46; Cámpora de Lanusse, en el 73; Alfonsín de Bignone, en el 83). Pero a partir de la recuperación de la democracia así se hizo en 1989, primer traspaso del mando y primera alternancia en el poder, de Alfonsín a Menem y en 1999, de Menem a De la Rúa. La tradición se interrumpió en el 2001 cuando, tras la renuncia de De la Rúa, asumió la presidencia el entonces senador nacional electo Eduardo Duhalde. Se trataba de un presidente surgido de la propia Asamblea Legislativa con mandato parlamentario para completar el período del renunciante. El Poder Ejecutivo, recordemos, había quedado acéfalo ya que también el vicepresidente Carlos “Chacho” Álvarez había renunciado meses antes. Y allí donde prestó juramento Duhalde le entregó el mando a su sucesor, Néstor Kirchner, en el 2003. De tal modo, las presidencias Kirchner comenzaron con una ceremonia surgida de aquella anomalía: resumieron las dos ceremonias en una y se traspasaron el mando entre ellos, rodeados de los representantes del pueblo, como si se tratara de una república parlamentaria en la que el gobierno surge del Congreso. Como en otros órdenes, transformaron la excepción en norma y pretendieron estar inaugurando una nueva tradición. Pero, lo sabemos, no es así: la Argentina sigue siendo una república presidencial –y presidencialista– en la que el Poder Ejecutivo reside en la Casa de Gobierno y es allí donde se encuentran los atributos del mando. Como explica el sociólogo francés Pierre Rosanvallon, que pasó en estos días por Buenos Aires para presentar su libro “El buen gobierno”, las democracias se “presidencializan” (refuerzan los poderes ejecutivos) y las presidencias se “personalizan” (refuerzan la dimensión personal de los líderes-gobernantes). Por eso resulta fundamental subrayar la distinción entre las instituciones y quienes las encarnan y conducen por mandato popular y por un período establecido. En ese marco puede leerse la aspiración de Macri de recuperar este 10 de diciembre la tradición republicana reinaugurada en 1983: marca un reconocimiento a la división de poderes y una ponderación de la investidura presidencial, la que se jerarquiza con la alternancia en el poder; una aspiración que choca con las resistencias de una presidenta dispuesta a no facilitarle las cosas a su sucesor, ni siquiera en sus aspectos simbólicos. (*) Periodista y politólogo

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Fabián Bosoer (*) – Periodista y politólogo (Especial para “Río Negro”)