De líneas aéreas y aeropuertos

Por Redacción

Mientras hemos gastado la última década sumidos en nuestro pasatiempo favorito, el de mirarnos el propio ombligo, el mundo no se ha detenido y sigue su marcha aceleradamente, sin preocuparse demasiado por el fenómeno que nos afecta, propio de nuestra decadencia decenal. Pero hace cien años ya que se fundaba la primera línea aérea, en Estados Unidos. Hacía el trayecto entre las localidades de Tampa y San Petersburgo, en la Florida. Unos 25 kilómetros de trayecto. Se volaba entonces en un extraño aparato, de madera, que en rigor era más bien una suerte de “bote volador” que navegaba por el aire. Pero bajito. Era el denominado Benoist XIV. El vuelo inaugural, de unos 23 minutos de duración, llevó a un solo pasajero que pagó entonces el equivalente a lo que hoy serían unos 9.500 dólares por el inédito placer. Caro. En barco, el mismo recorrido duraba entonces unas dos horas. La empresa se denominaba, gráficamente: “Saint Petersburg-Tampa Airboat Line”. Hoy un Airbus de los grandes, esto es el llamado A380, puede llevar hasta 800 pasajeros y volar a más de 800 kilómetros por hora. Las distancias a recorrer se miden naturalmente por miles de kilómetros. Otro mundo, es obvio. En tierra las cosas también están cambiando. Un aeropuerto como el de Singapur permite volar a unas 53 millones de personas por año, que por allí pasan. Para las esperas, tiene un cine gratis que acorta los cansadores y hasta aburridos tiempos. Para el 2017 tendrá en su interior un “shopping mall”, hecho y derecho. Beijing, el segundo aeropuerto más activo del mundo (después de Atlanta, en Estados Unidos), está construyendo –a su vez– un nuevo aeropuerto. Otro, empezando de cero. Kuala Lumpur, Seúl, Yakarta y Delhi tienen, todas, en marcha proyectos enormes de ampliación de su capacidad aeroportuaria. Porque la necesitan. Ocurre que los aeropuertos de esa región del mundo, la de Asia-Pacífico, mueven ya unos 950 millones de pasajeros por año. Y en los próximos cinco años esa cantidad de gente crecerá a un ritmo del 6% anual, mientras en Estados Unidos el crecimiento será del 2,5% anual y del 3,5% en Europa. Comparativamente no somos nada. Es cierto. Pero, lo que es peor, es que seguimos mirando para atrás. Empantanados en el pasado. Sin mayor apuro por modernizar, en serio, nuestra infraestructura en el capítulo del transporte aéreo. Lo mismo pasa con un sistema carretero, totalmente obsoleto, en el que no se emprenden proyectos de envergadura, sino que se hacen trabajos de cortas distancias que están dimensionados para permitir que la corrupción sea la primera prioridad para muchos de aquellos que trabajan en el sector de la construcción de obra pública. Como si estuviéramos despegados del mundo. (*) Analista del Grupo Agenda Internacional

GUSTAVO CHOPITEA (*)