De los saltos a las ruinas

Cerramos otro capítulo tras recorrer Misiones en bici durante dos meses. Los últimos días navegamos ríos, conocimos la provincia sin maquillaje y viajamos en el tiempo. La aventura en dos ruedas por la Argentina ya lleva 9.068 kilómetros en 395 días. Ahora, Corrientes nos espera.

Por Redacción

Jimena Sánchez; lavidadeviaje@gmail.com

Nos despertamos por la percusión de las gotas sobre un techo de chapa. Las bolsas de dormir se sienten tan cómodas que las ganas de salir a pedalear se reducen a ninguna y mi intención es convencer a Andrés para que nos quedemos… en el cuartel de bomberos de San Vicente. Si bien el plan es poco prometedor, él me recuerda algo que no estaba teniendo en cuenta: en El Soberbio nos invitaron a un lodge, dos cabañas y una posada para que descansemos bajo techos un poco más amigables. Desde hace unos días que venimos con ganas de dormir sobre un colchón y nuestra petición dejó de ser un deseo para convertirse en realidad cuadriplicada. El argumento de Andrés convence a mi somnolencia. Son solo 50 km así que calzamos las crocs, las capas de lluvia y a volar. En las bajadas no vemos nada: las gotas golpean nuestros ojos y nuestras caras se arrugan como pasas de uva. La niebla nos escolta durante todo el trayecto y las paradas de descanso se vuelven recreos cortos porque si frenamos más tiempo nos enfriamos como hielos. Después de cuatro horas de pedaleo, llegamos a El Soberbio con un sol que raja la tierra. La ciudad se nos muestra a medias, tímida y con perfume a citronela. Almorzamos en la costa del río Uruguay y con la panza llena pedaleamos hacia el lodge. Los contrastes que se pueden vivir en viaje son tan contradictorios como exquisitos y todo se vive de la misma manera y con igual intensidad. Después de dos días en el lodge nuestra ruta de hospedajes sigue su curso. Hacemos solo 7 km y frenamos en una cabaña cerca de los Saltos de Moconá. Intentamos llegar con las bicis pero abandonamos porque la Ruta de la Selva tiene subidas tan largas y empinadas que preferimos hacer dedo e ir en camioneta. Ruta de encuentros En la tercera cabaña conocemos a Emilia y Martín, dos viajeros que anduvieron por México viviendo del buceo y que un día decidieron tener su propio terreno en el medio de la selva. Desmontaron la tierra a fuerza de machetazos y levantaron paredes de adobe y madera en un rincón sagrado: lejos del ruido de la ruta y cerca del (río) Paraíso. El último hospedaje marcó un reencuentro de vidas pasadas. Cuando saludé a su dueño su cara me había resultado un tanto familiar y a él la mía también, pero no sabíamos de dónde nos conocíamos hasta que empezamos a unir puntos hacia atrás. A “Kucha” hace unos cinco años atrás lo llamaba Kucharky porque así lo decía su tarjeta personal. Ocupaba un puesto gerencial dentro de la empresa de seguridad donde yo trabajaba como asistente de Marketing. Recordaba algún que otro intercambio de e-mails y saludos de larga distancia cuando nos cruzábamos en las escaleras o en el comedor. A Kucharky nunca lo miré a los ojos o nunca tuve la oportunidad de hacerlo o nunca me permití hacerlo. En el contexto empresa el traje vale más que la piel y el cargo es lo que define al otro como engranaje o como accesorio. A Kucha lo abracé y lo sentí amigo, y alcancé a verle el alma y su humanidad. De El Soberbio nos vamos después de diez días. Elegimos salir por la Ruta 2 (o ruta costera) hacia el sur de Misiones. Al principio nos cuesta romper la inercia pero después el ritmo se acelera con la despedida del sol. A las cinco de la tarde quedamos obnubilados por el paisaje: no importa el color del asfalto ni el de la tierra ni el de los árboles porque todo se tiñe de luz dorada. Y el día empieza su cuenta regresiva y nuestro paso es tan sutil que los pájaros vuelan y juegan en el aire: todo se vuelve canción y geometría perfecta. Realidades paralelas La luna ilumina el suelo para que tendamos nuestra carpa adentro un galpón. Entre nuestras cabezas y el techo hay un cuadriculado de alambres donde se cuelga y se seca tabaco: es que Misiones es la principal productora del país y más de la mitad de la población rural vive de este cultivo que tiene consecuencias tan cortoplacistas como letales (malformaciones, mutaciones, afecciones respiratorias y otras enfermedades) a causa del uso y abuso de agroquímicos. Los trabajadores de campo dejaron de trabajar la tierra como alguna vez lo hicieron sus abuelos en pos de un falso progreso que contamina suelos y cuerpos. Viajar es grandioso pero a veces cruel: uno ve realidades que desearía cambiar, que lastiman. Y si a las cinco de la tarde todo nos parecía perfecto, a las ocho todo tiene olor a podrido. Al otro día llegamos a Panambí, un pueblito muy chiquito en el sur de Misiones. Es tanto el calor que vamos hacia el camping municipal en búsqueda de sombra y río. Nuestras intenciones, siendo las 12 del mediodía, son: almorzar sándwiches de queso y tomate, tomar algo fresco y volver a la ruta a las cuatro de la tarde. Pero si hay algo que aprendimos, es que uno propone y el viaje dispone. Nos sentamos en un banco, cortamos el pan, abrimos la mayonesa. De reojo y a nuestra derecha, una bandeja de metal con cuatro porciones de carne parece que levita en el aire. Una mujer de pelo negro y ojos marrones sostiene este regalo inesperado y nos pregunta: “¿Quieren una porción de asado? ¿De dónde vienen?”. El menú vegetariano del día se reemplaza a gusto del destino. Después de las pocas preguntas de la mujer, el señor que la acompaña nos invita a su mesa a los gritos. Sus ojos claros y pelo blanco, su voz gastada de cigarrillos y su piel arrugada por 61 primaveras denotan cansancio de huesos frágiles. Está algo borracho, conversa con una copa de vino caliente en la mano y nos repite: “¡Me estoy muriendo, pendejos!”. Nos habla con la fuerza de un guerrero que se está despidiendo de su campo de batalla: quiere que salvemos al país, que seamos los propulsores de un cambio en la política para que su hijo de diez años viva en una Argentina diferente, casi utópica. La charla termina a las cinco de la tarde y nuestros planes de salir con la bicicleta también. Aprender viajando Nos despedimos del río Uruguay y comenzamos a subir hacia el oeste. Volvemos a pasar por Oberá y a los dos días vamos hacia Cerro Corá para presenciar un taller sobre “agrofloresta”. Llegamos a una chacra donde el silencio que se oye es tan grande como nuestra curiosidad. La agrofloresta o agroecología es un sistema de agricultura familiar que permite recuperar el suelo en dos o tres años. Nació de la mano de Ernets Götsch, uno de los máximos exponentes agroforestales en Brasil. Lo que se hace es estimular la plantación de frutas, vegetales, árboles, arbustos y plantas en una misma área y al mismo tiempo. Muchas zonas de la región Amazónica y de la Mata Atlántica están siendo recuperadas así y puede ser implementado en cualquier ecosistema de cualquier región/país. También conocemos lo que es la minga: una antigua tradición de trabajo comunitario o colectivo con fines sociales que viene del quechuaminka y deriva del conocimiento que tenían los aborígenes de que realizando un trabajo compartido para el bien común se lo hacía más rápido y mejor. Creían que ayudando a los demás cada uno se favorecía a sí mismo, que si compartían el esfuerzo todos aprendían y que la obra terminada favorecía a toda la tribu. Para ellos eso era el progreso. Última parada Y un día llegamos a Posadas, última ciudad de esta larga vuelta por Misiones. La tarde de sol y aire de primavera augura una experiencia distinta que nunca imaginamos vivir: pedalear en bicicletas tándem con chicos no videntes y de baja visión. No ver, pero sentirlo todo. Que el viento se magnifique, que las piernas-motor rueden a la par, que las risas sirvan como puentes. Conectarnos con palabras y que el aire nos haga cosquillas en la piel. A veces, cuando la ruta lo permite, cerramos los ojos pero de inmediato perdemos el equilibrio y nos da miedo. Ellos no temen: confían en lo invisible. Al día siguiente viajamos en el tiempo cuando visitamos las ruinas de San Ignacio Miní, Santa Ana y Loreto, declaradas Patrimonio de la Humanidad por la Unesco. En 1609 los jesuitas fundan la primera misión con el fin de difundir su religión, educar y proteger a los guaraníes de otras formas coloniales de explotación. Aprendieron su lengua y utilizaron el arte como elemento evangelizador. Fue una colonización pacífica hasta que en 1768 los jesuitas abandonan por orden real la región. Las guerras terminan destruyendo las reducciones, pero las voces de esos primeros pobladores continúan latiendo. Y así cerramos un capítulo de dos meses en Misiones con páginas repletas de historias reales y de tiempos pasados, de personas que fueron uniendo puntos en un mapa vacío, de realidades que marcaron el ritmo de lo que salimos a buscar: encontrarles un sentido más a nuestros pasos.

El argumento de Andrés convence a mi somnolencia. Son solo 50 km así que calzamos las crocs, las capas de lluvia y a volar. En las bajadas no vemos nada: las gotas golpean nuestros ojos y nuestras caras se arrugan como pasas de uva. La niebla nos escolta durante todo el trayecto y las paradas de descanso se vuelven recreos cortos porque si frenamos más tiempo nos enfriamos como hielos.

Después de cuatro horas de pedaleo, llegamos a El Soberbio con un sol que raja la tierra. La ciudad se nos muestra a medias, tímida y con perfume a citronela. Almorzamos en la costa del río Uruguay y con la panza llena pedaleamos hacia el lodge. Los contrastes que se pueden vivir en viaje son tan contradictorios como exquisitos y todo se vive de la misma manera y con igual intensidad. Después de dos días en el lodge nuestra ruta de hospedajes sigue su curso. Hacemos solo 7 km y frenamos en una cabaña cerca de los Saltos de Moconá. Intentamos llegar con las bicis pero abandonamos porque la Ruta de la Selva tiene subidas tan largas y empinadas que preferimos hacer dedo e ir en camioneta.

Ruta de encuentros En la tercera cabaña conocemos a Emilia y Martín, dos viajeros que anduvieron por México viviendo del buceo y que un día decidieron tener su propio terreno en el medio de la selva. Desmontaron la tierra a fuerza de machetazos y levantaron paredes de adobe y madera en un rincón sagrado: lejos del ruido de la ruta y cerca del (río) Paraíso. El último hospedaje marcó un reencuentro de vidas pasadas. Cuando saludé a su dueño su cara me había resultado un tanto familiar y a él la mía también, pero no sabíamos de dónde nos conocíamos hasta que empezamos a unir puntos hacia atrás.

A “Kucha” hace unos cinco años atrás lo llamaba Kucharky porque así lo decía su tarjeta personal. Ocupaba un puesto gerencial dentro de la empresa de seguridad donde yo trabajaba como asistente de Marketing. Recordaba algún que otro intercambio de e-mails y saludos de larga distancia cuando nos cruzábamos en las escaleras o en el comedor. A Kucharky nunca lo miré a los ojos o nunca tuve la oportunidad de hacerlo o nunca me permití hacerlo. En el contexto empresa el traje vale más que la piel y el cargo es lo que define al otro como engranaje o como accesorio. A Kucha lo abracé y lo sentí amigo, y alcancé a verle el alma y su humanidad. De El Soberbio nos vamos después de diez días. Elegimos salir por la Ruta 2 (o ruta costera) hacia el sur de Misiones. Al principio nos cuesta romper la inercia pero después el ritmo se acelera con la despedida del sol. A las cinco de la tarde quedamos obnubilados por el paisaje: no importa el color del asfalto ni el de la tierra ni el de los árboles porque todo se tiñe de luz dorada. Y el día empieza su cuenta regresiva y nuestro paso es tan sutil que los pájaros vuelan y juegan en el aire: todo se vuelve canción y geometría perfecta.

Realidades paralelas La luna ilumina el suelo para que tendamos nuestra carpa adentro un galpón. Entre nuestras cabezas y el techo hay un cuadriculado de alambres donde se cuelga y se seca tabaco: es que Misiones es la principal productora del país y más de la mitad de la población rural vive de este cultivo que tiene consecuencias tan cortoplacistas como letales (malformaciones, mutaciones, afecciones respiratorias y otras enfermedades) a causa del uso y abuso de agroquímicos. Los trabajadores de campo dejaron de trabajar la tierra como alguna vez lo hicieron sus abuelos en pos de un falso progreso que contamina suelos y cuerpos. Viajar es grandioso pero a veces cruel: uno ve realidades que desearía cambiar, que lastiman. Y si a las cinco de la tarde todo nos parecía perfecto, a las ocho todo tiene olor a podrido.

Al otro día llegamos a Panambí, un pueblito muy chiquito en el sur de Misiones. Es tanto el calor que vamos hacia el camping municipal en búsqueda de sombra y río. Nuestras intenciones, siendo las 12 del mediodía, son: almorzar sándwiches de queso y tomate, tomar algo fresco y volver a la ruta a las cuatro de la tarde. Pero si hay algo que aprendimos, es que uno propone y el viaje dispone. Nos sentamos en un banco, cortamos el pan, abrimos la mayonesa. De reojo y a nuestra derecha, una bandeja de metal con cuatro porciones de carne parece que levita en el aire. Una mujer de pelo negro y ojos marrones sostiene este regalo inesperado y nos pregunta: “¿Quieren una porción de asado? ¿De dónde vienen?”.

El menú vegetariano del día se reemplaza a gusto del destino. Después de las pocas preguntas de la mujer, el señor que la acompaña nos invita a su mesa a los gritos. Sus ojos claros y pelo blanco, su voz gastada de cigarrillos y su piel arrugada por 61 primaveras denotan cansancio de huesos frágiles. Está algo borracho, conversa con una copa de vino caliente en la mano y nos repite: “¡Me estoy muriendo, pendejos!”. Nos habla con la fuerza de un guerrero que se está despidiendo de su campo de batalla: quiere que salvemos al país, que seamos los propulsores de un cambio en la política para que su hijo de diez años viva en una Argentina diferente, casi utópica. La charla termina a las cinco de la tarde y nuestros planes de salir con la bicicleta también.

Aprender viajando Nos despedimos del río Uruguay y comenzamos a subir hacia el oeste. Volvemos a pasar por Oberá y a los dos días vamos hacia Cerro Corá para presenciar un taller sobre “agrofloresta”. Llegamos a una chacra donde el silencio que se oye es tan grande como nuestra curiosidad. La agrofloresta o agroecología es un sistema de agricultura familiar que permite recuperar el suelo en dos o tres años. Nació de la mano de Ernets Götsch, uno de los máximos exponentes agroforestales en Brasil. Lo que se hace es estimular la plantación de frutas, vegetales, árboles, arbustos y plantas en una misma área y al mismo tiempo. Muchas zonas de la región Amazónica y de la Mata Atlántica están siendo recuperadas así y puede ser implementado en cualquier ecosistema de cualquier región/país.

También conocemos lo que es la minga: una antigua tradición de trabajo comunitario o colectivo con fines sociales que viene del quechuaminka y deriva del conocimiento que tenían los aborígenes de que realizando un trabajo compartido para el bien común se lo hacía más rápido y mejor. Creían que ayudando a los demás cada uno se favorecía a sí mismo, que si compartían el esfuerzo todos aprendían y que la obra terminada favorecía a toda la tribu. Para ellos eso era el progreso. Última parada Y un día llegamos a Posadas, última ciudad de esta larga vuelta por Misiones. La tarde de sol y aire de primavera augura una experiencia distinta que nunca imaginamos vivir: pedalear en bicicletas tándem con chicos no videntes y de baja visión.

No ver, pero sentirlo todo. Que el viento se magnifique, que las piernas-motor rueden a la par, que las risas sirvan como puentes. Conectarnos con palabras y que el aire nos haga cosquillas en la piel. A veces, cuando la ruta lo permite, cerramos los ojos pero de inmediato perdemos el equilibrio y nos da miedo. Ellos no temen: confían en lo invisible. Al día siguiente viajamos en el tiempo cuando visitamos las ruinas de San Ignacio Miní, Santa Ana y Loreto, declaradas Patrimonio de la Humanidad por la Unesco. En 1609 los jesuitas fundan la primera misión con el fin de difundir su religión, educar y proteger a los guaraníes de otras formas coloniales de explotación. Aprendieron su lengua y utilizaron el arte como elemento evangelizador. Fue una colonización pacífica hasta que en 1768 los jesuitas abandonan por orden real la región. Las guerras terminan destruyendo las reducciones, pero las voces de esos primeros pobladores continúan latiendo.

Y así cerramos un capítulo de dos meses en Misiones con páginas repletas de historias reales y de tiempos pasados, de personas que fueron uniendo puntos en un mapa vacío, de realidades que marcaron el ritmo de lo que salimos a buscar: encontrarles un sentido más a nuestros pasos.

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