Dejarse amar, ver al otro y desear lo que no se tiene: claves para pensar en el Día de la Felicidad

Estos tiempos revueltos han acentuado los estados de vulnerabilidad de muchos. Repensarse para conocerse y vivir mejor es el planteo que el psicoanalista Martín Alomo nos hace en esta entrevista. #DíadelaFelicidad #tevaagustar





Hay una locura por ser feliz. A cualquier precio. Justamente por esto es que también hay una industria de la felicidad. Lo cierto es que en pandemia quedó más al descubierto que nunca que lo que más se extraña y se ansía en la vida es el contacto visual y físico con los otros, encontrarse con amigos… tener cercanía. Este ha sido un descubrimiento casi antropológico de lo que somos, una mirada profunda dentro de cada uno.

En estos estados de vulnerabilidad, ¿es más posible alcanzar la alegría que la felicidad?

Martín Alomo, psicoanalista y autor del libro recién editado por Paidós, “Vivir mejor. Un desafío cotidiano” toma enseguida la palabra.

– En primer lugar, ya sea alegría o felicidad, bienvenidas ambas y en esta época más que nunca. Tiendo a pensar la alegría como un estado de entusiasmo que invita a festejar y, en este sentido, entiendo que se trata de una emoción de más fácil acceso -en este sentido comparto el planteo de tu pregunta- que el estado de ánimo feliz. La parte coral de la novena sinfonía de Beethoven, “Oda a la alegría”, con letra de Schiller, me parece un buen ejemplo del estado alegre que invita a cantar y a festejar. La alegría es fiesta. En un rato vuelvo con esta palabra.

En cambio, entiendo que la felicidad habla de un estado de ánimo más duradero, apoyado en bases más estables: realizaciones importantes, logros perdurables, en definitiva: poder darnos una vida cotidiana que nos guste, o dicho de otro modo, hacer que la escena que habitamos cada día esté compuesta por elementos, actividades y personas que nos representen, que hablen de nosotros. Por otra parte, a propósito de Aristóteles -me refiero a la Ética Nicomaquea– no puedo dejar de pensar la felicidad como un elemento político y, en tal sentido, la felicidad no puede ser solo de un individuo. Aun cuando si se trata de felicidad autopercibida estaríamos hablando de la felicidad de una persona, sin embargo, me interesa pensarlo como un concepto político: la felicidad es el bien del pueblo, en este sentido, no va el sálvese quien pueda, porque si mi compatriota, si mi hermana/o no es feliz, entonces eso merma mi felicidad y me duele.


La pandemia nos volvió más vulnerables a todos. Por eso muchos vuelven a recordar que «la gente no se va a acordar de uno por lo que diga o por lo que muestre sino solamente por cómo la hiciste sentir». Foto archivo

Volviendo a la palabra alegría, siempre me llamó mucho la atención otro término: “alacridad”. Simplemente es un sinónimo, un cultismo, pero no puedo dejar de escucharla como un oxímoron, como algo que en su propia presentación se agujerea y por eso mismo me interesa: “alacridad” es palabra árida, dura, metálica, “alacránica” y revestida de cierta acritud “acrimónica”; su musicalidad refuta su sentido, como si se tratara de un réquiem con ritmo de cuarteto cordobés o un “feliz cumpleaños” dodecafónico. Por eso me interesa esta paradoja, creo que esa es la condición humana -saludos a una tal Hanna-. Me refiero a la alegría -o a la felicidad, en este caso da igual- que podemos sentir incluso sin renegar de nuestra finitud -al fin y al cabo, como dice Andrés Calamaro: “Nadie sale vivo de aquí”-. De todos modos brindemos, bailemos y festejemos. ¿Por qué? ¡Porque tenemos ganas! Y a propósito de nuestros compositores populares, recuerdo al querido Flaco Spinetta: “…no pido disculpas por la alegría que tuve sin saber por qué.”

En tu libro te detenés en un punto que me parece que es dañino y que le quita brillo a nuestras vidas: querer lo que se tiene… ¿Por qué te parece que casi “siempre el pasto del vecino se ve más verde”? 

– Sí, es cierto, incluso titulé un apartado “Querer lo que se tiene” por eso, porque me parece que es una estrategia neurótica típica atacar esa posibilidad, por medio de querer no lo propio sino lo que tiene el otro. En ese sentido, retomando tu pregunta, no querer lo que se tiene le quita brillo a la cotidianidad propia por medio del recurso de idealizar la ajena. Deseo, idealización, depreciación del yo, evidentemente en ese capítulo comienzo hablando del pasto más verde del vecino para meterme con el tema de las relaciones de pareja, y querer o no al partenaire que “tenemos” (las comillas son porque como bien sabemos, no tenemos nada).

En este sentido, aplicar el esquema de análisis de querer o no lo que tenemos a la relación de pareja, me permite meterme con el tema tan complicado y prácticamente ineludible de la escisión y la proyección hacia el partenaire de los propios aspectos pendientes aún de análisis. En el libro pongo algunos ejemplos de personas que se dicen disconformes con sus parejas y suelen caer en una posición no solo contradictoria desde el punto de vista lógico -me refiero al hecho de que sostengan aquello que no quieren- sino, además, por lo menos complicada desde el punto de vista ético. Porque depositan en su partenaire aquellos aspectos de sí mismas que reprueban y que, al despreciarlos en el otro, los eyectan de la égida de lo que reconocen como su propio yo, manteniéndose “a salvo” por medio de una coartada archiconocida y que atrasa, una excusa vintage: el malo es el otro, yo soy bueno. O, dicho de otro modo: la culpa de que nuestra pareja sea un bodrio no es mía sino de mi partenaire. En este punto, conviene recordar que la elección que se actualiza cotidianamente, bajo el modo de reelección permanente de nuestra pareja, señala un hecho incontestable: el hecho de que nuestro partenaire sea quien es, habla de nosotros. O para decirlo con otras palabras: mis elecciones me definen y me determinan, y mi elección amorosa dice quién soy. Este es un elemento tan fuerte y a la vez tan delicado por las implicaciones subjetivas, que aun cuando pueda sorprender a algún lector, preferiría ponerlo en los siguientes términos: mi partenaire forma parte de mi autopresentación en la vida.


«Si sos una planta y algo de disgusta no podés irte. He aprendido el valor de estarse quieto. Si tenés un problema que no podés resolver o un sentimiento que no comprendés, quedarte quieto te da algo diferente en la vida que moverte de un lado a otro. Yo antes hacía eso: huir. Pero hace un largo tiempo ya que aprendí esto de las plantas. Y en cierto modo me ha ayudado a ser feliz por momentos». ¿Quién lo dijo? Hope Jahren, geobióloga y autora del libro «La memoria secreta de las hojas» (Paidós)

¿Por qué esa insatisfacción de que logrado el objetivo se tiene la sensación “hummm no era esto lo que esperaba” y de vuelta “querer lo que no se tiene”?

– En el libro, luego del apartado dedicado a “Querer lo que se tiene” viene “Desear lo que se quiere” y ese apartado, creo, responde a tu pregunta (al menos, es el modo en que yo me respondo).

Alguien me comentaba hace un tiempo acerca de su problema para desear a su mujer. Claramente para él, el amor era fuerte, la quería mucho, incluso cada vez más; pero el problema era desearla. No se podría haber dicho de él que no la quería, sino que la quería pero no la deseaba. Podríamos convenir que esta situación, después de todo, no es poco frecuente: el paso del tiempo, la rutina, etc., van “desgastando” -es la palabra que las personas suelen usar en estos casos- la intimidad de la pareja. Supongamos que fuera cierto. Sin embargo, el erotismo en la vida de pareja no es el único ámbito en el que se registra este tipo de configuración.

Andrew, un europeo tan exitoso como aburrido de la vida, quién sabe por qué -no era un depresivo, sino una persona con cierto spleen londinense-, me comentaba acerca de su dificultad para sostener con ganas los espacios propios de su trabajo. Él ocupaba un cargo importante en una empresa, un puesto gerencial, por el que había competido duramente para obtenerlo. Dicho cargo implicaba coordinar un equipo importante de trabajo, mantener reuniones periódicas, realizar presentaciones para distintas instancias de la empresa y para otras instituciones, en eventos organizados para tal fin. Estas eran las características del puesto por el que Andrew había luchado y que, en efecto, había conseguido. No podríamos decir que no le agradara su trabajo en todos sus aspectos y características, con sus exigencias y formalidades. A él le gustaba pensar en las reuniones, convocar al equipo, incluso planificarlas.

El problema era que no podía sostener a gusto dichas reuniones, el entusiasmo estaba ausente y la propuesta resultaba aburrida para él y para todos los presentes, quienes sentían que estaban perdiendo el tiempo. Estableciendo un paralelo con la falta de deseo para con la mujer querida, podríamos decir que Andrew tenía “problemas de erección” en relación con su trabajo. No se erguían sus ganas ni su temperamento en función de los requerimientos de su puesto gerencial que, sin embargo, aprobaba en cuanto trabajo deseable. Él no quería cambiar de trabajo ni abandonar su puesto, y no solo por conveniencia económica o por el prestigio que ello le daba. Realmente le gustaba. Lo que le pasaba era más molesto y, en cierto modo, más grave: no podía desearlo, “no se calentaba” in situ, cuando tenían lugar las actividades inherentes a su trabajo, incluso organizadas por él mismo. Salvando las distancias y guardando las diferencias entre una actividad y otra, Alejandro, un músico con mucho oficio y una respetable trayectoria como profesional, me relataba algo parecido.


El 47,5 % de los encuestados manifestó ser creyente, según un trabajo de la Facultad de Psicología de la UBA, del cual surge que entre los creyentes se acentúan los reportes de felicidad. La encuesta sobre “Felicidad, creencias, fantasías e imaginarios existenciales y personales” realizada por el Observatorio de Psicología Social Aplicada (OPSA) de la Facultad de Psicología (UBA) a fin del 2020 reveló que, al comparar los resultados entre la creencia religiosa y felicidad, se esboza una relación directa entre ambos conceptos y, entre los creyentes, se acentúan los reportes de felicidad.

Dejarse amar. ¿Cómo bancarse el deseo del otro? ¿Por qué es tan vital, según tu postura, esta condición?

Dejarse amar es tolerar que el partenaire nos quiera, nos trate bien, nos desee. Dejarse amar es que no nos moleste el deseo de nuestra pareja. Es soportar, aun en contra de nuestra opinión, que el otro nos ame incluso con nuestros defectos, esos que nosotros mismos detestamos y por los cuales nos desqueremos. Dejarse amar es percibirse objeto de deseo del otro, desde allí percibir que somos fuente de placer y de goce para él, o para ella, para su cuerpo, percibir la profunda alegría que eso le produce y alegrarnos por eso. Dejarse amar es aprender, con el otro, a no destruir esa alegría que mencionaba recién, la que surge del placer y del goce que nos toma por objeto. Bancarse el deseo del otro es dejarse amar; saber ser objeto del deseo del otro, ese oscuro objeto del deseo, es dejarse amar, con la alegría de saber que eso al otro, al que amamos, lo inunda de satisfacción y de sentimientos positivos.

Dejarse amar es la formulación de quienes han aprendido que con su presencia dicen algo, producen algo en los otros, y admiten y quieren lo que producen en su pareja amada. No somos invisibles, tenemos un volumen y ocupamos un espacio. Eso mismo, concreto, tiene efectos sobre el otro, y dejarse amar es uno de los nombres de no pelearse con el efecto amoroso que nuestra presencia genera en nuestro partenaire.

Todas/os hemos escuchado o dicho alguna vez la formulación “vos te lo merecés”. En boca de los más diversos agentes y en los contextos más distintos, esta frase ha zanjado todo tipo de situaciones. Ha servido como argumento para explicar por qué alguien debía levantar la mano o decir que sí ante determinada circunstancia de apariencia benéfica. Lamento la falta de originalidad, pero, en este caso, también se aplica. Dejarse amar es sentir, en definitiva, por cursi y trillado que resulte este argumento, que uno se merece estar en una relación en la que el otro nos ama, aun a pesar nuestro.


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