Del partido cartel a la normalización del partido presidencialista

Redacción

Por Redacción

La presidencia de Néstor Kirchner prescindió de los partidos políticos. No hubo inocencia en esa omisión.

El primer Kirchner, conscientemente o llevado por aquella marea que desbordó todo y que se cargó el gobierno de Fernando de la Rúa, decidió inicialmente abandonar a su suerte a varias de las corporaciones. Entre ellas a los partidos políticos que ya en el 2001 habían dado señales de agotamiento, con dirigentes imbuidos de una lógica corporativa propia de mundos empresarios con intereses excluyentes. A decir verdad, fue mucho antes de aquel momento crítico cuando las estructuras partidarias -mayormente las «nacionales»- perdieron su legitimidad sustantiva frente a la sociedad que decían representar. Sólo conservaron aquella legitimidad básica, propia de una democracia que había agotado mucho de sus más valiosos recursos y que, sin embargo, dio continuidad a elecciones periódicas. Por ello la única red factible de contención fue una imperfecta democracia electoral y también de opinión, donde el partido visto desde la sociedad civil quedó huérfano de representación genuina. En esta democracia, el público elector sin sujeción partidaria fue bordeando los límites de la excitación para mudar rápidamente hacia el desencanto y la frustración, mientras los medios y otros intereses organizados aprovecharon la situación minando el terreno recargado de dirigentes «rumbeadores», o sea de aquellos que siempre andan en búsqueda de algún poderoso sol que les dé luz para brillar. Frente a ello, el único partido posible fue el que resultó de la autoridad presidencial reconstituida. Néstor Kirchner fue el padre de esa criatura. Nacía un animal político aparentemente diferente que sumaba a casi todos en una verdadera pirámide. La cúspide la ocupó el presidente y en escala descendente gobernadores e intendentes de distintos pelajes. El partido presidencialista resultó ser lo que es: la suma de los ejecutivos.

Aquélla fue una respuesta a la transformación de los años noventa del siglo pasado, cuando se impuso el modelo del «partido cartel». Su razón de ser: las relaciones estrechas y de intercambio entre la dirigencia política desde posiciones diferenciadas de poder. El principal cometido: asegurar la apropiación partidaria de los recursos públicos. El resultado: la cartelización del sistema de partidos. Sin duda, el abrupto retroceso de la UCR -y en paralelo la afirmación de muchos liderazgos provinciales y municipales de su mismo origen- se debió a ese rol de maquinaria negociadora pero dependiente. Una negociación típica de esa cartelización imperante fue el Pacto de Olivos.

El Partido Justicialista o en todo caso la suma de los peronismos provinciales conformaron la principal estructura predominante de aquel sistema cartelizado. Desde ese mundo se montó el primer partido presidencialista de Néstor Kirchner. Antes de ello, el gobierno de coalición de gobernadores y jefes de bancadas parlamentarias encabezado por Eduardo Duhalde fue un puente para con la experiencia previa de los partidos cartelizados.

Y si bien el partido presidencialista es una suerte de continuidad del partido cartel -en definitiva son los mismos arquitectos-, un tiempo de demandas exigentes lo reconvirtió en una empresa volcada a la reparación de los daños que habían causado sus antecesores. Hasta el clientelismo más desembozado comenzó a retroceder.

Llamése como se los llame, la «idea» del partido político sigue vigente. Y si sostenemos que los partidos están vivos -aun cuando son otra cosa distinta de lo que supieron ser-, el justicialismo resultó victorioso en todos los planos, sobre todo porque ha sido la piedra angular del partido presidencialista. Para ello ha contado con la ventaja de ser partido en el gobierno central durante más del doble del tiempo que sus principales competidores. Durante los 24 años de democracia ininterrumpidas resultó gobernante en 16 años. Y con el correr del 2008 sumará dos décadas completas. Si a eso le agregamos el control de los gobiernos de la mayor parte de las provincias y el Congreso -el Senado ha sido suyo desde 1983-, completa el cuadro de predominio efectivo. En gran medida esto fue posible por una ingeniería política para el tipo de federalismo electoral desequilibrado que cuenta la Argentina, que da mayor poder relativo a los distritos menos poblados. Aun con ello, el peronismo también es fuerte en el primer distrito electoral del país.

Sin que este panorama tenga visos de transformación, pareciera que el partido presidencialista que encarna el núcleo dirigente del peronismo en el poder busca reconstituir al PJ para su lógica de mando. Y aún más, una suerte de kirchnerismo puro -que, a pesar de su corta vida, comienza a ser rotulado de «ortodoxo»- y otro no de menor pureza reclama para el presidente saliente la titularidad del mismo. Se habla entonces de un futuro PJ normalizado. Está por verse si lo será con padrones sincerados, interna transparente o arreglos claros de una dirigencia renovada. De hecho este año se cumplen dos décadas de la única contienda interna importante que enfrentó toda la estructura del peronismo. Asimismo, está en juego la consumación de una versión que sostiene que los Kirchner no quieren a ningún dirigente ocupante de un cargo ejecutivo -llámese intendente, gobernador o presidente- en la presidencia partidaria distrital. Si algo es así, el partido presidencialista tendría un nuevo rumbo. Fuera de ello lo único cierto es que la jefatura partidaria estaría reservada al ex mandatario.

La politóloga Liliana De Riz, en coincidencia con muchos, afirma que la principal novedad de este tiempo tendría «una suerte de doble comando que inauguraría la gestión de Cristina Kirchner, encarnado en la presencia de su esposo como jefe del Partido Justicialista y ella, a la cabeza del Ejecutivo, dotando a la nueva administración del recurso de un conductor de probada eficacia para disciplinar los conflictos en el seno del peronismo». En ese sentido, cuenta la historia del movimiento creado por Perón, que hay sobrados ejemplos que nos dicen que cuando hubo feroces luchas partidarias, éstas se han desplazado al seno de la maquinaria de gobierno, poniendo en riesgo su sentido de eficacia y estabilidad.

Por otra parte uno de los principales desafíos que enfrenta la nueva situación partidaria es satisfacer las expectativas de modernización política que moviliza a no pocos sectores también contenidos dentro del peronismo -incluidos a los que aún creen en la idea de transversalidad- y a la vez, no perder el dominio sobre un movimiento que sigue conteniendo un mundo tradicional y escasamente competitivo, como lo es el sindicalismo. El logro de cierto equilibrio es la condición necesaria para el ejercicio del poder. De hecho, ésta fue la base para una vida partidaria inorgánica durante estos años de predominio del partido presidencialista y que dio seguridad no a la reelección presidencial y sí a la reelección de un gobierno.

 

GABRIEL RAFART(*)

Especial para «Río Negro»

(*) Profesor de Derecho Político de la UNC


La presidencia de Néstor Kirchner prescindió de los partidos políticos. No hubo inocencia en esa omisión.

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