Delirios oficialistas
Aunque los Kirchner siguen contando con la ayuda de grupos de intelectuales que se esfuerzan por convencer a la ciudadanía de que en el fondo el “proyecto” sociopolítico del matrimonio es “progresista” y por lo tanto merece el apoyo de todos salvo los reaccionarios más tercos, para defenderse contra sus críticos también dependen de personajes que, sin proponérselo, actúan como infiltrados resueltos a perjudicarlos. Según el piquetero ultrakirchnerista Luis D’Elía, es injusto culpar a Néstor Kirchner por ser dueño de un patrimonio multimillonario y por su afición a la especulación financiera porque es nieto de “un usurero” del que habrá heredado su dinero. Asimismo, la ultrakirchnerista Diana Conti no vaciló en declararse una partidaria incondicional no sólo del ex presidente sino también del dictador genocida soviético Stalin, responsable de la muerte de decenas de millones de hombres, mujeres y niños. De haber dicho un dirigente opositor que los Kirchner deben su fortuna a la usura y que en su círculo áulico hay individuos que con orgullo reivindican la admiración que sienten por uno de los violadores más crueles de los derechos humanos que haya registrado la historia de nuestra especie, tanto la presidenta actual como su antecesor hubieran hecho gala de su indignación, pero por tratarse de dos de los escasos simpatizantes que todavía les quedan, no les sería tan fácil desvincularse de ellos. Otra manifestación de la incoherencia delirante que se ha hecho típica del oficialismo fue brindada por la mismísima presidenta Cristina Fernández de Kirchner cuando, en un alarde de autocompasión, afirmó que “el drama de los Kirchner quizás sea vivir en blanco en una Argentina demasiado acostumbrada a vivir en negro, a vivir en la trampa. Es un problema vivir en blanco en la Argentina”. ¿Qué quería decir con eso? ¿Que a nadie se le hubiera ocurrido criticar a su marido por comprar dos millones de dólares en un momento de zozobra financiera, justo cuando ella misma se despachaba con su vehemencia habitual contra los especuladores que apostaban contra la moneda nacional, si hubiera tenido el buen sentido de llevar a cabo el operativo en el mercado negro? ¿Que en la Argentina es mucho mejor pasar por alto los engorrosos detalles legales ya que “vivir en blanco” equivale a crearse “problemas”? Parecería que sí, que a juicio de la presidenta de la República resulta mucho más inteligente mofarse de la ley de lo que es intentar respetarla. Como es notorio, la primera mandataria y los raleados equipos intelectuales que le suministran ideas suponen que en última instancia lo que más importa es “el relato”, que con tal que la gente imagine cierta cosa –corresponda o no a la realidad, da igual–, se sentirá conforme con la gestión del gobierno. Por suerte, la Argentina es una democracia, no una tiranía como la soviética o la nazi en la que los poderosos pueden encarcelar o matar a quienes se niegan a comprometerse plenamente con la versión oficial, pero así y todo resulta preocupante que Cristina siga aferrándose a una teoría de connotaciones tan siniestras a pesar de que a esta altura sea evidente que los encargados de vender su “relato” sólo atinen a pronunciar dislates. Para que el gobierno kirchnerista termine bien los casi dos años que según el calendario constitucional aún le quedan, sería necesario que adoptara actitudes un tanto más realistas que las manifestadas últimamente, pero a juzgar por la conducta y la retórica de la presidenta y su marido, además, claro está, de los integrantes del cerrado círculo áulico kirchnerista, se han refugiado en un mundo de fantasía que está alejándose cada vez más del país que efectivamente existe, uno en que para justificar la voluntad de Néstor Kirchner de aprovechar toda oportunidad que surja para hacer negocios sus adictos nos informan que es natural porque, al fin y al cabo, su abuelo fue un usurero, en que una mujer que desempeña un papel decisivo en el Consejo de la Magistratura supone que ser una totalitaria estalinista debería ser motivo de orgullo y, como si todo esto ya no fuera más que suficiente, la presidenta insinúa que acatar las reglas formales es propio de ingenuos incapaces de entender que en la Argentina que su marido gobierna, directa o indirectamente, desde hace casi siete años, es siempre mejor vivir al margen de la ley.