Desplome regional
La ilusión de que la enfermedad argentina no resultaría «contagiosa», de suerte que al resto del mundo le convendría dejar que nos cocinemos en nuestra propia salsa mientras que los países vecinos, aleccionados por el destino calamitoso así supuesto, seguirían cosechando los frutos de su sensatez, no ha tardado en desvirtuarse. El colapso del sistema financiero uruguayo a raíz de una corrida bancaria aún más devastadora que la vista aquí hacia fines del año pasado y la devaluación del real impulsada por la conciencia de que al Brasil le será necesario «reprogramar» los pagos de su deuda externa, se han debido en buena medida a que la caída en desgracia de la Argentina, además de golpear con suma dureza y de manera directa a Uruguay, socavó la confianza de los inversores extranjeros en las perspectivas ante todos los países de la región. Asimismo, la decisión del gobierno estadounidense y por lo tanto del FMI de castigar a nuestro país por la conducta agresivamente irresponsable de sus dirigentes políticos ha servido para advertirles a los interesados de que tal vez no habría ayuda financiera en cantidades suficientes para otros países que resultaran incapaces de hacer frente a sus obligaciones. Es posible que los temores en tal sentido fueran exagerados, pero así y todo contribuyeron a crear una situación en la que el monto que necesitaría el Brasil para mantenerse a flote sería decididamente mayor a lo que pudo haberse previsto siete meses atrás.
Para muchos, incluyendo al presidente Eduardo Duhalde, los desastres que están protagonizando los países del Mercosur significan el «colapso del modelo económico neoliberal vigente», palabras que en realidad no dicen mucho porque, los intentos del ex presidente Carlos Menem no obstante, lo que ha caracterizado a las economías sudamericanas no ha sido su apego al capitalismo «neoliberal», sino la escasa productividad combinada con la dependencia de capitales procedentes de otras partes del mundo. Dicho «modelo» sólo puede funcionar si los inversores están dispuestos a aportar lo bastante como para hacer posible que los gobiernos pasen por alto las deficiencias de sus respectivos «aparatos productivos» y lo limitados que son los recursos financieros locales. En contraste, el «modelo neoliberal» de los países más dinámicos de Asia oriental se distingue tanto por la voluntad de quienes lo manejan de priorizar la productividad y la educación, como por su resistencia a depender de las inversiones extranjeras.
De todos modos, no serviría para mucho que los líderes de la región se descargaran achacando los problemas económicos a los presuntos errores del FMI, a la negativa de Estados Unidos a cumplir un papel más activo y a la perversidad del «modelo neoliberal», designación ésta que sonará extraña a los muchos uruguayos y brasileños que siempre han subrayado su hostilidad hacia la modalidad así supuesta. Aunque tuvieran razón los íntimamente convencidos de que la Argentina primero y el Brasil y Uruguay después han sido víctimas inocentes de la maldad de «los países ricos», la verdad es que no están en condiciones de modificar la arquitectura económica internacional para que se acomode a sus conceptos. Por poco que les guste a los dirigentes políticos latinoamericanos, los países de la región tendrán que seguir en un mundo en el que los Estados capitalistas llevan la voz cantante, los lobbies proteccionistas son poderosos, el FMI es reacio a dar dinero a gobiernos resueltos a postergar reformas consideradas esenciales y «los mercados» a menudo rehúsan tomar en serio las declaraciones reconfortantes oficiales. Así las cosas, para que los países de la región no sean tan vulnerables ante las tendencias negativas que periódicamente agitan la economía internacional, tendrán que hacerse menos dependientes de los capitales extranjeros y, huelga decirlo, mucho más productivos. Lo demás -las alusiones a la hipocresía de gobiernos extranjeros que reivindican la libertad de comercio pero subsidian sus productos agrícolas e industriales, las diatribas contra las empresas que calculan el «riesgo país», las manifestaciones de horror por «el modelo neoliberal»- es para el consumo político interno y, lejos de resultar útil, suele ser contraproducente porque no tiene nada que ver con los problemas fundamentales.