“Despresurizar el aula”
Frecuentemente se dice –especialmente los detractores– que la escuela diferenciada crea un ambiente artificial que no se corresponde con la realidad social. Sin embargo, esa “realidad” que suelen invocar de este modelo no es tan plural: hay sectores profesionales claramente dominados por uno de los sexos. En cualquier caso, el contexto escolar es de por sí “artificial”, y lo es porque deliberadamente se ha construido así por motivos estrictamente pedagógicos: la separación por edades, las normas de convivencia y de funcionamiento o la misma concentración de población infantil no se corresponden con lo común fuera de las aulas. El criterio para juzgar un modelo educativo no debe ser, por tanto, cuánto se parece a la realidad fuera de las aulas, sino si cumple los objetivos encomendados a la escuela. Conviene no olvidar, por ejemplo, que los alumnos aún no son adultos, y es bueno preservarlos –aunque sea “artificialmente”– de ciertas presiones negativas para el desarrollo de su personalidad. Por ejemplo, la “cultura adolescente” transmite una idea de éxito basada en la popularidad, en la que a su vez tiene mucha importancia el aspecto físico. Gustar a los chicos o impresionar a las chicas se puede convertir para muchos alumnos en una presión añadida que perjudicaría su formación académica y personal. De ahí que, como explica el sociólogo Jaume Camps, la educación diferenciada ofrezca como una de sus ventajas la de “despresurizar el aula”. Jesús Martínez Madrid Girona España
Frecuentemente se dice –especialmente los detractores– que la escuela diferenciada crea un ambiente artificial que no se corresponde con la realidad social. Sin embargo, esa “realidad” que suelen invocar de este modelo no es tan plural: hay sectores profesionales claramente dominados por uno de los sexos. En cualquier caso, el contexto escolar es de por sí “artificial”, y lo es porque deliberadamente se ha construido así por motivos estrictamente pedagógicos: la separación por edades, las normas de convivencia y de funcionamiento o la misma concentración de población infantil no se corresponden con lo común fuera de las aulas. El criterio para juzgar un modelo educativo no debe ser, por tanto, cuánto se parece a la realidad fuera de las aulas, sino si cumple los objetivos encomendados a la escuela. Conviene no olvidar, por ejemplo, que los alumnos aún no son adultos, y es bueno preservarlos –aunque sea “artificialmente”– de ciertas presiones negativas para el desarrollo de su personalidad. Por ejemplo, la “cultura adolescente” transmite una idea de éxito basada en la popularidad, en la que a su vez tiene mucha importancia el aspecto físico. Gustar a los chicos o impresionar a las chicas se puede convertir para muchos alumnos en una presión añadida que perjudicaría su formación académica y personal. De ahí que, como explica el sociólogo Jaume Camps, la educación diferenciada ofrezca como una de sus ventajas la de “despresurizar el aula”. Jesús Martínez Madrid Girona España
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