Deuda dulce

El blindaje no es más que un mega-préstamo que, tarde o temprano, tendremos que devolver

Redacción

Por Redacción

Si hablaran en serio todos aquellos políticos, sindicalistas, intelectuales y clérigos que hace poco manifestaban su profunda indignación por la mera existencia de una deuda externa que, a juzgar por su retórica, consideraban una trampa tendida por neoimperialistas astutos, estarían encabezando un movimiento masivo de protesta contra la llegada del “blindaje financiero”, el cual, obvio es decirlo, no es sino un megapréstamo que tarde o temprano tendremos que devolver. ¿Lo están? Claro que no. Lejos de afirmarse dispuestos a prescindir de la ayuda, ya están divirtiéndose tratando de imaginar la forma más agradable de gastarla. Si bien les molesta el hecho de que no haya sido cuestión de un regalo o, mejor aún, de la primera cuota de un subsidio regular establecido a fin de compensar a la Argentina por la agresión económica de la cual ha sido víctima, entienden que los créditos reunidos por el Fondo Monetario Internacional servirán para asegurarnos algunos meses, quizás años, de alivio, postergando de este modo el colapso que algunas semanas atrás pareció inminente.

Cuando de la deuda externa se trata, siempre hay un antes y un después. Todos los gobernantes, desde el intendente de la municipalidad más pequeña hasta el presidente de la República, se enorgullecen de su capacidad para endeudarse, tomándola por evidencia de la confianza de los “mercados” en sus propias cualidades. Sin embargo, a la hora de honrar los compromisos financieros muchos prefieren dar a entender que se sienten víctimas de una injusticia realmente monstruosa, como si los acreedores se las hubieran arreglado para estafarlos, de ahí sus periódicas diatribas contra un mundo que, según parece, está decidido a estrangularlos por vaya a saber cuál motivo siniestro. Mientras que líderes de los partidos que conforman el gobierno nacional de turno dirigen sus cañones contra el “neoliberalismo” y el FMI, los responsables de administrar provincias y municipalidades – siempre y cuando militen en movimientos distintos- pueden elegir como blanco a “la Nación” o incluso el gobernador local. Si coinciden en algo, esto es que las culpas son ajenas.

Será tentador atribuir la ambigüedad así supuesta a nada más que el oportunismo: al fin y al cabo tanto aquí como en el exterior los políticos tienen forzosamente que intentar aprovechar cualquier circunstancia, atribuyéndose lo bueno y endosando a otros lo malo. Pero aunque no cabe duda alguna de que el oportunismo incide en la actitud de muchos hacia las deudas, también es importante la incapacidad evidente del grueso de los “dirigentes” locales para entender el funcionamiento de la economía. Desde su punto de vista, siempre es necesario priorizar lo político, o sea, en efecto, los gastos corrientes, por improductivos que éstos sean. En cambio, no les interesan las inversiones a largo plazo a menos que se trate de “obras públicas”, mientras que les parece absurda la idea de que les convendría dedicarse a estimular la actividad privada sin prestar la más mínima atención a la afiliación política o las relaciones personales de los diversos empresarios.

De no haber firmado el presidente Fernando de la Rúa una carta de intención con el FMI, aquellas decenas de miles de millones del “blindaje” no tardarían en verse apropiadas por la elite político-empresaria que las consideraría una alternativa al cambio. Por fortuna, antes de recibir la ayuda externa el gobierno se comprometió a tomar una serie de medidas “duras” por las cuales tendrá que luchar denodadamente contra el “ala política” oficial, la oposición y contingentes de lobbistas. Es de esperar que el FMI reaccione con vigor frente a cualquier intento de desvirtuar los acuerdos firmados por motivos supuestamente “humanitarios” o por “realismo político”. La experiencia nos ha enseñado que a menos que impere la sensación de que el país se ve frente a una emergencia peligrosa, ningún gobierno se animará a emprender reformas significantes, de suerte que el alivio ocasionado por el anuncio del “blindaje” será contraproducente si sectores clave de la Alianza lo festejan como un premio otorgado a José Luis Machinea por la comunidad internacional, no como un desafío que le resultará mucho más exigente que el planteado por la “herencia” menemista.


Si hablaran en serio todos aquellos políticos, sindicalistas, intelectuales y clérigos que hace poco manifestaban su profunda indignación por la mera existencia de una deuda externa que, a juzgar por su retórica, consideraban una trampa tendida por neoimperialistas astutos, estarían encabezando un movimiento masivo de protesta contra la llegada del “blindaje financiero”, el cual, obvio es decirlo, no es sino un megapréstamo que tarde o temprano tendremos que devolver. ¿Lo están? Claro que no. Lejos de afirmarse dispuestos a prescindir de la ayuda, ya están divirtiéndose tratando de imaginar la forma más agradable de gastarla. Si bien les molesta el hecho de que no haya sido cuestión de un regalo o, mejor aún, de la primera cuota de un subsidio regular establecido a fin de compensar a la Argentina por la agresión económica de la cual ha sido víctima, entienden que los créditos reunidos por el Fondo Monetario Internacional servirán para asegurarnos algunos meses, quizás años, de alivio, postergando de este modo el colapso que algunas semanas atrás pareció inminente.

Registrate gratis

Disfrutá de nuestros contenidos y entretenimiento

Suscribite por $1500 ¿Ya estás suscripto? Ingresá ahora