Día del Niño

Por Redacción

En realidad, y para seguir con la lógica de las segundas partes de estos escritos, tendría que llamarse “Niños II” y así continuar con lo que se desarrolló en la columna anterior; pero descubrí, no sin cierto pavor, que en el año 2011 ya había publicado dos columnas con esos títulos, y en ellas hacía un recorrido por los niños en la literatura. Me había olvidado. Esto muestra además de mi pérdida de memoria mi poca creatividad para colocar títulos, un rubro que me lo llevé a marzo, sin dudas. Dejemos esto y volvamos al tema que interesa. La semana pasada hablábamos de cómo el sistema ha puesto el ojo cada vez más cerca de los niños para formarlos como consumidores precoces y como futuros clientes autónomos. Sobre ese eje seguiremos nuestras disquisiciones. Los seres humanos hemos sido siempre consumidores, esto no es ninguna novedad; aunque ese consumo ha sido en muchos casos regido por la necesidad y andando el tiempo –y por parte de muy pocos– un consumo artesanal del lujo. Lo que nos distingue en la actualidad es que consumimos en el marco de una sociedad de consumidores. Quizás podríamos caracterizar esta sociedad con la canción que cantaba Luca Prodan, el líder de Sumo: “No sé lo que quiero, pero lo quiero ya”. Esa es una característica, el afán por tenerlo ya, no importa qué, o si importa es por poquito tiempo. Si nos dicen que debemos esperar por el producto, inmediatamente entramos a internet y lo compramos; si la última novedad no llega a nuestro país tratamos de convencer a un amigo que viaja que por favor nos traiga eso que aquí nadie tiene. Y como corresponde a un mundo consumista los objetos cada vez duran menos o atraen nuestra atención por poco tiempo, ya que enseguida estamos saltando a uno nuevo que reemplazará al que teníamos. La fugacidad, el desecho, la novedad, el deseo insatisfecho son claves fundamentales del mundo actual. En este contexto podríamos “aggiornar” aquella frase “todos los caminos conducen a Roma” por la de “todos los caminos conducen al centro comercial”, verdadero lugar de peregrinación contemporáneo. En ese mundo nacen y crecen los niños hoy. Crecen y nos observan. Ven nuestra docilidad ante la oferta de productos en la mayoría de los casos inesenciales, nuestro afán por cambiar lo que ya tenemos o el estilo de vida que los medios nos invitan a seguir. Entonces… ¿cómo parar la avalancha de pedidos que nuestros niños nos hacen continuamente basados en la metralleta publicitaria (sobre todo en estos días) dirigida a ellos y estimulando su deseo de tener ese juguete tan preciado? No es extraño entonces ver cerca de una juguetería los berrinches de Paulita que clama por ese peluche gigante mientras los padres tratan de calmarla en forma enérgica, o el capricho de Marito que se niega a salir del local si no es aferrado a su camión volcador, pese a todos los argumentos para que lo deje que ensayan sus progenitores. En el fondo están respondiendo a la misma lógica del “deseo perenne” que tenemos los mayores y que es un axioma en esta sociedad de consumo, sólo que ellos no guardan o disimulan las formas, pero actúan igual; y aquel juguete por el que lloraron o nos hicieron pasar un momento bochornoso la semana pasada duerme hoy ya olvidado en algún lugar de la casa, igual que nuestros celulares viejos que hemos ido dejando para tener uno más nuevo. Algunos sociólogos, como Juliet Schor, destacan la expansión del mercado infantil en las últimas tres décadas y además la influencia de los niños y niñas en las compras de los padres. Este último también es un fenómeno nuevo que indica hasta qué punto un chico ha sido captado por la misma lógica en la que están envueltos sus padres. Que disfrutes el Día del Niño. Ah, y comprame…

Néstor Tkaczek ntkaczek@hotmail.com

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