Dieciséis segundos
Días pasados se conocieron públicas expresiones (ya fueran espontáneas o instigadas) propiciando la re-reelección del gobernador. Respondiendo a esa inquietud, éste manifestó, en resumen, que no era el momento para presentar ni para analizar ese planteo. Al no descartarlo de plano, queda admitido que la posibilidad de perseguir la perpetuación en el poder está vigente, sólo que postergada para el momento oportuno. Me consta la inquietud que ello ha provocado (por tratarse de un tema institucional de extrema importancia) no solamente en los partidos políticos sino también en los ciudadanos que, sin ningún interés espurio o político partidario, entre los que me incluyo, observan con preocupación toda medida que amenaza o afecta a las instituciones. Discrepo con que no era el momento oportuno. Creo que todo momento es pertinente para defender la institucionalidad, sobre todo para aquellos en cuyas manos está la posibilidad concreta de hacerlo, erradicando cualquier intento de violarla. Reflexión: al señor gobernador le hubiera llevado solamente dieciséis segundos “descartar categóricamente la idea de instalar la perpetuación en el poder, por ser violatoria de uno de los principios básicos del régimen republicano, que es el que tenemos establecido como forma de gobierno”. Dieciséis segundos que hubieran evitado meses y meses de indefinición y el consecuente debate por venir , ya sea en lo inmediato o en oportunidad de intentarse la concreción de la propuesta. Con la agravante de dispersar la atención y las energías, insumiendo valioso tiempo para destinar a este tema, siendo que hay problemas acuciantes que están esperando solución como son el de la educación, con falta de clases, abandono, repitencia, violencia, niveles paupérrimos de conocimientos; el de la salud pública, debatiéndose en un estado espantoso de carencias materiales y personales; el del trabajo, con miles de subsidiados a los que se les robó la dignidad, sumiéndolos en el clientelismo (según me informan, ya tenemos en Neuquén tercera generación de personas que no trabajaron nunca); el de la inseguridad; el de la megaminería; el de la inobservancia durante cincuenta y cuatro años del art. 99 de la Constitución provincial, que obliga a invertir los ingresos de la explotación de recursos no renovables en emprendimientos productivos; el déficit del Instituto de Seguridad Social y su deuda para con el de las instituciones del Estado… Y como siempre, y ajenos a las luchas por el poder, sufriendo todas estas falencias, en mayor medida, los humildes y los desamparados. El art. 1º, tanto de la Constitución nacional como de la Constitución neuquina, consagra el sistema republicano como forma de gobierno. Razones de espacio me obligan a prescindir de referencias históricas e ideológicas que determinaron la evolución del concepto de república. Baste decir entonces, citando principios generalmente aceptados por los tratadistas, que son fundamentos de la república, entre otros, la soberanía popular, el sometimiento igualitario a la ley, la división y control recíproco de poderes, la responsabilidad de los funcionarios, la publicidad de los actos de gobierno y la periodicidad de las funciones. Concepto este último que busca garantizar la alternancia en el poder, poniendo por un lado límites de tiempo a su ejercicio y, por otro, evitando que esa limitación se desvirtúe a través de sucesivas elecciones. Elemento ideológico que fue en los primeros tiempos uno de los que marcaban diferencias sustanciales con la monarquía, inscribiéndose en el propósito general de ponerle límites al poder del Estado. Y que hoy forma parte como contenido pétreo y, en consecuencia, inmodificable de nuestras constituciones. A mayor abundamiento, también por razones de espacio, me remito a los fundamentos jurídicos, éticos y prácticos que desarrollara extensamente en el escrito de opinión “Los vicios de la reelección” (“Río Negro”, 17 de septiembre del 2005). La triste experiencia argentina demuestra insaciables ambiciones de perpetuarse en el poder. Propósito concretado por primera vez en 1949 incorporando la reelección a la Constitución nacional (reforma abrogada en 1955) y continuando en catarata a través de numerosas modificaciones y enmiendas provinciales a partir de 1986 (y la nacional en 1994). Las que bajo el disfraz de otras inquietudes en realidad perseguían un objetivo fundamental: incorporar las reelecciones. En algunos casos, aberrantes, hasta el extremo de consagrar la reelección indefinida (por ejemplo, Catamarca). En Neuquén, la pretensión reeleccionista logró su objetivo en el 2006. No obstante, sigue insatisfecha, por lo que la amenaza de máxima (reelección indefinida) o de mínima (tres períodos consecutivos) persiste en su acción de socavar los cimientos republicanos de nuestra Constitución, abierta como está la posibilidad, dado que la iniciativa implica considerar insuficientes los dos períodos sucesivos que permite el art. 208. Sacudiendo la rémora de la visión paternalista, la del conductor providencial e irreemplazable, que reconoce antiguas raíces en el caudillismo y alcanza su máxima expresión en el culto a la personalidad, del que nuestro país tiene sobradas muestras, es hora de que empecemos a proteger nuestras instituciones (permanentes) por sobre las personas (contingentes). Por otra parte, antes de elegirlos, habrá que hacer un cuidadoso análisis de los candidatos a la Legislatura, que son con su voto los que decidirán o no, en su caso, abrirle la puerta a la re-reelección. Habrá, en definitiva, que recurrir a todos los medios que nos brinda la democracia para ponerles coto a los manoseos de las constituciones con fines de perpetuación en el poder. Por último: ¡qué lástima! eran sólo dieciséis segundos… (*) Abogado
Rodolfo Gabriel Medrano (*)
Días pasados se conocieron públicas expresiones (ya fueran espontáneas o instigadas) propiciando la re-reelección del gobernador. Respondiendo a esa inquietud, éste manifestó, en resumen, que no era el momento para presentar ni para analizar ese planteo. Al no descartarlo de plano, queda admitido que la posibilidad de perseguir la perpetuación en el poder está vigente, sólo que postergada para el momento oportuno. Me consta la inquietud que ello ha provocado (por tratarse de un tema institucional de extrema importancia) no solamente en los partidos políticos sino también en los ciudadanos que, sin ningún interés espurio o político partidario, entre los que me incluyo, observan con preocupación toda medida que amenaza o afecta a las instituciones. Discrepo con que no era el momento oportuno. Creo que todo momento es pertinente para defender la institucionalidad, sobre todo para aquellos en cuyas manos está la posibilidad concreta de hacerlo, erradicando cualquier intento de violarla. Reflexión: al señor gobernador le hubiera llevado solamente dieciséis segundos “descartar categóricamente la idea de instalar la perpetuación en el poder, por ser violatoria de uno de los principios básicos del régimen republicano, que es el que tenemos establecido como forma de gobierno”. Dieciséis segundos que hubieran evitado meses y meses de indefinición y el consecuente debate por venir , ya sea en lo inmediato o en oportunidad de intentarse la concreción de la propuesta. Con la agravante de dispersar la atención y las energías, insumiendo valioso tiempo para destinar a este tema, siendo que hay problemas acuciantes que están esperando solución como son el de la educación, con falta de clases, abandono, repitencia, violencia, niveles paupérrimos de conocimientos; el de la salud pública, debatiéndose en un estado espantoso de carencias materiales y personales; el del trabajo, con miles de subsidiados a los que se les robó la dignidad, sumiéndolos en el clientelismo (según me informan, ya tenemos en Neuquén tercera generación de personas que no trabajaron nunca); el de la inseguridad; el de la megaminería; el de la inobservancia durante cincuenta y cuatro años del art. 99 de la Constitución provincial, que obliga a invertir los ingresos de la explotación de recursos no renovables en emprendimientos productivos; el déficit del Instituto de Seguridad Social y su deuda para con el de las instituciones del Estado... Y como siempre, y ajenos a las luchas por el poder, sufriendo todas estas falencias, en mayor medida, los humildes y los desamparados. El art. 1º, tanto de la Constitución nacional como de la Constitución neuquina, consagra el sistema republicano como forma de gobierno. Razones de espacio me obligan a prescindir de referencias históricas e ideológicas que determinaron la evolución del concepto de república. Baste decir entonces, citando principios generalmente aceptados por los tratadistas, que son fundamentos de la república, entre otros, la soberanía popular, el sometimiento igualitario a la ley, la división y control recíproco de poderes, la responsabilidad de los funcionarios, la publicidad de los actos de gobierno y la periodicidad de las funciones. Concepto este último que busca garantizar la alternancia en el poder, poniendo por un lado límites de tiempo a su ejercicio y, por otro, evitando que esa limitación se desvirtúe a través de sucesivas elecciones. Elemento ideológico que fue en los primeros tiempos uno de los que marcaban diferencias sustanciales con la monarquía, inscribiéndose en el propósito general de ponerle límites al poder del Estado. Y que hoy forma parte como contenido pétreo y, en consecuencia, inmodificable de nuestras constituciones. A mayor abundamiento, también por razones de espacio, me remito a los fundamentos jurídicos, éticos y prácticos que desarrollara extensamente en el escrito de opinión “Los vicios de la reelección” (“Río Negro”, 17 de septiembre del 2005). La triste experiencia argentina demuestra insaciables ambiciones de perpetuarse en el poder. Propósito concretado por primera vez en 1949 incorporando la reelección a la Constitución nacional (reforma abrogada en 1955) y continuando en catarata a través de numerosas modificaciones y enmiendas provinciales a partir de 1986 (y la nacional en 1994). Las que bajo el disfraz de otras inquietudes en realidad perseguían un objetivo fundamental: incorporar las reelecciones. En algunos casos, aberrantes, hasta el extremo de consagrar la reelección indefinida (por ejemplo, Catamarca). En Neuquén, la pretensión reeleccionista logró su objetivo en el 2006. No obstante, sigue insatisfecha, por lo que la amenaza de máxima (reelección indefinida) o de mínima (tres períodos consecutivos) persiste en su acción de socavar los cimientos republicanos de nuestra Constitución, abierta como está la posibilidad, dado que la iniciativa implica considerar insuficientes los dos períodos sucesivos que permite el art. 208. Sacudiendo la rémora de la visión paternalista, la del conductor providencial e irreemplazable, que reconoce antiguas raíces en el caudillismo y alcanza su máxima expresión en el culto a la personalidad, del que nuestro país tiene sobradas muestras, es hora de que empecemos a proteger nuestras instituciones (permanentes) por sobre las personas (contingentes). Por otra parte, antes de elegirlos, habrá que hacer un cuidadoso análisis de los candidatos a la Legislatura, que son con su voto los que decidirán o no, en su caso, abrirle la puerta a la re-reelección. Habrá, en definitiva, que recurrir a todos los medios que nos brinda la democracia para ponerles coto a los manoseos de las constituciones con fines de perpetuación en el poder. Por último: ¡qué lástima! eran sólo dieciséis segundos... (*) Abogado
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