Diferencias

Columna semanal

Redacción

Por Redacción

El disparador

A Roberto le gusta engancharse y pensar alrededor de una palabra. Como si fuera un ovillo de lana del que empieza a tirar y van surgiendo ideas o recuerdos. Le sucede ahora, en un café, al escuchar una charla entre dos señores. “La diferencia es que yo puedo hacerlo y vos no”. Ignora el resto de la conversación, se queda atrapado en “diferencia” y a partir de esas cuatro sílabas armará su propia historia.

En su cabeza se enciende un monólogo interior desordenado pero encadenado. Piensa en que las personas son iguales pero diferentes. Más bien singulares, se corrige. A medida que va elaborando teorías, a veces logra aclararse. Otras, todo lo contrario. En fin, o sea, que “iguales” porque buscan más o menos lo mismo -¿lograr un bienestar? ¿cumplir una misión?- y “singulares” porque cada uno tiene sus matices -cómo hacer las cosas, desde qué lugar y con qué dones, porque todos tenemos, al menos, un don-.

En la secundaria, Roberto era de los que jugaban al fútbol y salían de noche con chicas: se consideraban “los piolas” del curso. A su vez, eran los que hostigaban a los “diferentes”, cuya principal característica consistía en preferir otra actividad, como dibujar, o un deporte que para “los piolas” era menos “masculino”, como vóley o gimnasia artística.

Ser “el diferente” era el equivalente a convertirse en el centro de burla de sus compañeros. Era una condena. Se lo contó, años después, uno de esos “diferentes” que se cruzó en una fiesta y, sin reproche, le comentó: “Me hacían la vida imposible en el colegio. Esa época fue una pesadilla. Me gustaba pintar y a ustedes patear una pelota. Al final, yo no era tan distinto, lo único que quería era pasarla bien”. Ahora, a sus 40 años, Roberto ve el ensañamiento de aquel entonces pero, además, interpreta que la burla hacia “el diferente” era, en realidad, una reacción defensiva. Era enfrentarse y rechazar la amenaza que representaba el comportamiento de “el distinto”, por el solo hecho de no ser como “los piolas”.

Un poco divaga, Roberto, al ver a los dos señores tomando café. Intenta elaborar un paralelo entre ellos y sus propios recuerdos de la adolescencia. Se pregunta por qué las personas ponen tanto énfasis en diferenciarse… Y, en un momento, lo asalta un descubrimiento: la ecuación se invirtió. Ahora lo que garpa es ser “el diferente”. Sí, a su entorno le encanta hablar así: un barrio “distinto”, una salida “distinta”, una mina “distinta”…

Se va un poco por las ramas, Roberto. Reflexiona sobre la gente que se empecina en diferenciarse a través de la ropa, las creencias religiosas, la música, la política… Uf, hay algo que le revienta: para estar “a favor de”, pareciera necesario estar “en contra de”. Y, para eso, sí que es clave ser distinto, sin reparar en si es algo genuino. Porque no se trata de una inclinación o una preferencia. No. El otro pasa a ser el peor enemigo porque piensa de otra manera y, para dejarlo claro, habrá que humillarlo y ganarle como sea. Se pregunta, Roberto: “¿Será que nos queremos diferenciar tanto para enfrentarnos y darle algún sentido a nuestra vida?”.

Juan Ignacio Pereyra


El disparador

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