Diferencias reales

No ayudan mucho los intentos de reducir el debate en torno del manejo de la economía al nivel de una sórdida interna partidaria.

Por Redacción

Puesto que los más concuerdan en que el país sigue atrapado en una larga recesión e incluso los optimistas sólo se animan a decir que a lo mejor está comenzando a crecer a un ritmo muy lento a pesar de que las condiciones internacionales difícilmente podrían ser mejores, es natural y legítimo que los comprometidos con distintas estrategias económicas hayan empezado a sugerir que sería conveniente reemplazar a José Luis Machinea por una persona que sea capaz de impulsar los cambios que creen necesarios. Sin embargo, son muchos los políticos que prefieren interpretaciones conspirativas de la realidad, atribuyendo intenciones siniestras a quienes no creen que Machinea sea el hombre indicado para la coyuntura actual. Por ejemplo, el ex presidente Raúl Alfonsín parece convencido de que en el fondo, las críticas vertidas por Miguel Angel Broda, consultor que opina que el ministro de Economía no entiende «el funcionamiento del mundo global y capitalista», se debe a la presencia en la SIDE de Fernando de Santibañes de un colaborador, Luis Secco, no a sus archiconocidas discrepancias teóricas con los integrantes del equipo económico delarruista.

Dadas las circunstancias, tales intentos, basados en ataques ad hominem, de reducir el debate en torno del manejo de la economía al nivel de una sórdida interna partidaria, no ayudan mucho. Al fin y al cabo, el asunto dista de ser trivial. Además, mal que les pese a Alfonsín y otros que habitualmente comparten sus puntos de vista, los decepcionados por la labor de Machinea no se limitan a quienes podrían tener un interés personal en verlo desplazado. Tampoco es demasiado sensato a esta altura dar a entender que los únicos que encuentran poco satisfactoria la marcha de la economía sean los vinculados con «sectores económicos y políticos que se vieron favorecidos durante los diez años últimos de neoliberalismo»: el pesimismo que ha generado el desempeño del gobierno en este ámbito ha afectado a casi todo el país y está perjudicando a millones que no se vieron del todo beneficiados por los cambios de los años noventa.

Desde el punto de vista de los alfonsinistas, en el fondo es una cuestión de restablecer la primacía de lo político sobre lo económico para que quienes decidan en última instancia no sean los «técnicos» o los financistas sino los representantes elegidos por el pueblo. Se trata de un objetivo común a virtualmente todos los dirigentes políticos del mundo occidental, pero mientras que en Europa occidental y los Estados Unidos se han tomado el trabajo de dotarse de instrumentos que les permitan seguir incidiendo, si bien a duras penas, en la evolución de la economía, aquí sus equivalentes se han limitado a formular pronunciamientos retóricos, con el resultado de que aun cuando el presidente Fernando de la Rúa optara por entregar el Ministerio de Economía a alguien todavía más alfonsinista que Machinea, las consecuencias concretas de tal decisión serían bien trágicas, o bien escasas.

El predominio actual de los llamados «neoliberales» y la probabilidad de que relativamente pronto Machinea tenga que ser reemplazado por una figura más a su gusto se deben menos a su propia habilidad como intrigantes que a la pereza intelectual de quienes se dedican a combatirlos. Lo comprendan o no, la política democrática no debería considerarse un juego meramente verbal o una competencia para ocupar «espacios». También ha de consistir en un esfuerzo realmente serio por analizar el «funcionamiento del mundo global y capitalista» a fin de perfeccionar o, en el caso de la Argentina, crear aquellos mecanismos que permitirían a los políticos manejar mejor los resultados. Por desgracia, en nuestro país los horrorizados por las consecuencias de las transformaciones que se han producido a partir de la hiperinflación alfonsinista se han resistido a salir del mundillo retórico en el cual se formaron, de manera que aquí la centroizquierda es tan débil que a cualquier presidente reacio a reeditar la experiencia de Alfonsín no le queda otra alternativa que la de probar suerte con un liberal «moderado» primero, para entonces resignarse a la necesidad de sustituirlo por una persona de ideas mucho más contundentes.