Dilemas españoles

Por Redacción

Luego de algunas semanas de relativa calma, la crisis europea está agitando nuevamente los mercados al intensificarse las dudas en cuanto a la capacidad del gobierno español de Mariano Rajoy para llevar a cabo el “mayor ajuste en la historia de la democracia” sin provocar un estallido social. Si bien los paros generales, acompañados por la violencia callejera como el de la semana pasada, no ayudan a solucionar nada, la voluntad del gobierno del Partido Popular de reducir drásticamente el gasto público ha brindado a los sindicatos y a grupos de revoltosos de mentalidad izquierdista o anarquista un pretexto irresistible para alzarse en rebelión contra el statu quo. Mientras tanto, las autoridades europeas en Bruselas, dominadas como están por los alemanes, siguen presionando a Rajoy para que emprenda un ajuste aún más draconiano que el ya anunciado por suponer que la alternativa sería resignarse a financiar un rescate de dimensiones colosales. Atrapado entre la espada de los mercados y la pared de la oposición social, Rajoy sólo puede esperar que las medidas que están tomando sirvan para que renazca la confianza a fin de que la economía reanude el crecimiento y disminuya la tasa pavorosa de desempleo que supera el 23% y afecta a más de la mitad de quienes tienen menos de 25 años. Las razones por las que la economía española que, antes de la debacle financiera del 2008, parecía estar en buen estado, ha resultado tan vulnerable a las vicisitudes de los mercados internacionales, no constituyen ningún secreto. Antes del 2008, el motor del crecimiento era la construcción, una actividad que en todas partes mantiene ocupados a grandes contingentes de obreros escasamente preparados. También proliferaban los empleos poco exigentes en el sector público. Al agotarse las inversiones en ladrillos, la gigantesca burbuja que se había conformado se desinfló con rapidez desconcertante, con consecuencias muy negativas para las cuentas públicas. Puede que, como dicen, la generación actual de españoles sea la más instruida de la historia de su país, pero para aprovechar la ventaja así supuesta serían necesarios muchos cambios que, por desgracia, no se pueden instrumentar de la noche a la mañana, de ahí la sensación de que España se enfrenta a largos años de crisis estructurales y el temor a que la emigración –son muchos los españoles jóvenes que ya se han ido a Francia, Alemania, el Reino Unido y también la Argentina en busca de oportunidades laborales– la prive de quienes, en otras circunstancias, le permitirían alcanzar a los países europeos más avanzados. En el contexto tanto de España como de los demás países del sur de Europa los dilemas tienen poco que ver con las antinomias ideológicas tradicionales. Los sindicalistas y las agrupaciones izquierdistas que se oponen a reformas que denuncian por “neoliberales” son en el fondo conservadores, ya que quisieran aferrarse a un orden que ha dejado de ser viable. En cambio, quienes insisten en flexibilizar el mercado laboral y privilegiar la productividad son a su modo progresistas porque lo que tienen en mente es superar la brecha económica, social y cultural que separa a su país de Alemania. Para complicar todavía más la situación, incluso los contrarios a los ajustes dicen querer que España siga formando parte de la Eurozona, aunque para conservar el sistema al que están acostumbrados tendría que abandonarla, de tal modo liberándose de la tutela sumamente antipática de los funcionarios de Bruselas que insisten en la necesidad de aún más disciplina fiscal. España y sus vecinos, pues, han de optar entre enfrentar los desafíos planteados por la globalización y el progreso tecnológico inexorable por un lado, adaptándose lo mejor que puedan a circunstancias cada vez más duras y, por el otro, conformarse con un nivel de vida decididamente inferior al de aquellos países que, por ahora cuando menos, han logrado atenuar el impacto local del reordenamiento mundial que está en marcha. Así las cosas, el eventual triunfo de los contrarios al ajuste que está procurando aplicar Rajoy, con el respaldo escéptico de los gobiernos de los países aún solventes de la Eurozona, haría todavía peores las perspectivas de la mayoría de los españoles que, hace apenas un lustro, se creía destinada a disfrutar de un futuro signado por la prosperidad.


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