Dinosaurio herido

Todo hace pensar que en el Paraguay los próximos años resultarán tan agitados como los últimos, afectando a sus vecinos.

Por Redacción

Puede que las elecciones vicepresidenciales del domingo pasado le hayan permitido al Paraguay dar un paso más hacia la democracia, pero antes de llegar al destino así supuesto, nuestro vecino tendrá que superar una cantidad de obstáculos. Aunque parecería que el Partido Colorado logrará resistir la tentación de mejorar los resultados a fin de asegurar el triunfo de su candidato Félix Argaña sobre su rival liberal Julio Franco, a pesar de que la diferencia ha sido mínima, el que el presidente Luis González Macchi, hombre que debe su cargo a una disposición de la Corte Suprema, parezca resuelto a aferrarse a su puesto hasta el 2003 ha creado una situación sumamente engorrosa. Para colmo, nadie ignora que una parte significante de los votos obtenidos por Franco fue aportada por los seguidores del ex golpista Lino Oviedo, intrigante incansable que, como es natural, aprovechará al máximo el traspié de sus enemigos. En efecto, al difundirse la noticia de que Franco lideraba al continuar el conteo de los votos, los oviedistas se apropiaron del presunto triunfo, saliendo a la calle para festejarlo.

Incluso en países de tradiciones democráticas maduras, la derrota del oficialismo en elecciones convocadas para elegir al vicepresidente podría dar pie a una crisis por suponer un período de cogobierno de dos personas de ideas muy distintas. En Paraguay, país en que la democracia es una planta aún débil, las dificultades provocadas por el resultado electoral no podrán ser sino inmensas. No sólo se trata del odio recíproco que sienten tantos líderes políticos, sino también de que, lo mismo que en México, donde hace un mes el PRI perdió una elección presidencial por primera vez en 71 años, el partido gobernante, el Colorado, ha sido virtualmente idéntico al Estado nacional desde que se apoderó del país en 1947. Pero mientras que el PRI mexicano se había visto obligado a batirse en retirada durante más de una década antes de que Vicente Fox finalmente le asestara una estocada electoral tal vez mortal, de modo que el cambio que se avecina ya no motiva tanto temor, en Paraguay el Partido Colorado apenas ha empezado a prepararse para abandonar el poder. Por muchas razones no le será nada fácil hacerlo. Han sido tantos los casos de corrupción protagonizados por sus integrantes que de aplicarse la ley con un mínimo de severidad, la flor y nata de la clase política local, además de ciertas figuras de los países vecinos que se enorgullecían de su amistad con miembros de la elite paraguaya, terminarían entre rejas. Asimismo, virtualmente todos los muchos empleados públicos deben sus puestos a su militancia política, lo cual significa que cualquier intento por parte de los liberales de conseguir una parte del botín desataría la violencia callejera.

Los más optimistas prevén que Franco, que sin duda es consciente del peligro de que su país se suma en el caos, se resignará a cohabitar con Macchi, pero aun cuando tuviera la intención de actuar con extrema cautela, sería poco probable que todos sus simpatizantes -para no hablar de Oviedo- aceptaran con paciencia un arreglo de este tipo. Saben que a diferencia del presidente formal, Franco cuenta con la legitimidad que otorgan las urnas y que según la lógica democrática debería ser el jefe de Estado. Sin embargo, si presionan demasiado los «colorados» podrían reaccionar con violencia por estar en juego factores que para ellos son decididamente más importantes que los supuestos por el privilegio de gobernar un país atrasado que está hundido en una recesión aún más profunda que la argentina y que, como si esto ya no fuera más que suficiente, tendrá que encontrar la forma de convivir con el oviedismo, movimiento que con toda seguridad se sentirá reanimado por la derrota de sus archienemigos vinculados con Macchi. Para que Paraguay evolucione en una democracia genuina es claramente imprescindible que el Colorado se convierta en un partido más, pero el que los cambios exigidos sean tan positivos como necesarios no quiere decir que el proceso será automático. Por el contrario, todo hace pensar que en Paraguay los próximos años resultarán tan agitados como los últimos y que sus problemas afectarán negativamente a sus vecinos.