Disparate diplomático

El nombramiento de un "embajador ante los judíos" refleja una falta de sentido común inaceptable y una mentalidad que no respeta derechos fundamentales.

Por Redacción

En principio, sería lógico que un país en «crisis terminal» se dotara de un gobierno de emergencia conformado por los dirigentes más capaces disponibles pero, es innecesario decirlo, por motivos que podrían calificarse de estructurales, tal alternativa ni siquiera fue considerada cuando se desplomaba la gestión del presidente Fernando de la Rúa. En lugar de tratar de formar una administración de base muy amplia, el presidente provisional Eduardo Duhalde optó por una dominada por los productos del peronismo bonaerense. Por lo tanto, desde hace más de un año el país ha sido gobernado por un conjunto de personajes opacos elegidos no por su talento, sino por su hipotético poder político.

De otro modo, sería incomprensible que el canciller fuera Carlos Ruckauf, un hombre cuya trayectoria no incluye nada que lo capacitaría para cumplir una función que en la coyuntura actual es de importancia fundamental por depender el país tanto de la buena voluntad ajena. Si bien el ex gobernador de la provincia de Buenos Aires parece ser consciente de sus propias limitaciones, razón por la que ha preferido dejar que otros se encarguen de las relaciones del país con el mundo exterior, limitándose a actividades meramente protocolares, la pasividad así supuesta no le ha impedido cometer un error realmente garrafal al nombrar, mediante un decreto que tuvo que firmar Duhalde, a un embajador ante «la comunidad judía». Como no pudo ser de otra manera, esta medida grotesca dio pie a una multitud de protestas por parte de los representantes de distintas organizaciones judías que recordaban que quizás el único gobierno extranjero que había pensado en crear puestos similares fue el encabezado por Adolf Hitler. Más tarde, Ruckauf, acompañado por el designado, Saúl Rotsztain, trató de disculparse, jurando que nunca se le había ocurrido actuar de forma discriminatoria, pero sus esfuerzos en tal sentido no le han servido para mucho: si la medida no fue tan racista como señalan sus críticos, constituyó un alarde de estupidez que debería haber sido inconcebible pero que, por desgracia, no lo ha sido en absoluto.

Nadie ignora que en la raíz de este nuevo disparate oficial se halla la convicción, que está muy difundida en ciertos círculos derechistas, muchos de ellos relacionados con el «nacionalismo católico» y elementos conservadores de las fuerzas armadas, de que los judíos son miembros de una colectividad extranjera que es tolerada por los argentinos «auténticos», actitud que a su modo han alentado ciertos diplomáticos israelíes que se han comportado como si se creyeran los representantes formales de todos aquellos que por motivos religiosos o familiares se consideran judíos. Conforme a este punto de vista, los judíos son menos argentinos que sus compatriotas católicos, protestantes, musulmanes y agnósticos porque algunos simpatizan con el Estado de Israel. Sin embargo, los presuntamente preocupados por la lealtad dividida que a su entender caracteriza a los judíos nunca han manifestado la menor inquietud por la proporción notable de argentinos, entre ellos muchos políticos, que posee pasaportes italianos y españoles. ¿A qué se debe esta diferencia? A que no se trata de una preocupación genuina sino de un pretexto al parecer racional para discriminar contra los integrantes de un grupo determinado.

Lo mismo que todos los demás países americanos, además de los europeos, la Argentina es pluralista y es de prever que en los próximos años lo sea cada vez más. Por ser sus habitantes de origen muy diverso, es natural que muchos hayan mantenido lazos de distinto tipo con otras tierras, lo cual, lejos de debilitar al país, contribuye a enriquecer su cultura. Sin embargo, los únicos que suelen verse denostados por las «lealtades» así supuestas son los judíos, mientras que los únicos que se afirman preocupados por el asunto son los antisemitas, incluyendo a aquellos que por motivos vinculados con su imagen pública niegan tener prejuicios religiosos o étnicos. No sorprende, pues, que la extraña iniciativa de Ruckauf haya desencadenado un revuelo. Además de reflejar una falta de sentido común inaceptable, el nombramiento de un «embajador ante los judíos» fue síntoma de la persistencia de una clase de mentalidad que es incompatible con el respeto debido a derechos fundamentales.


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