Diversión barata
la peña
jorge vergara jvergara@rionegro.com.ar
Si hay algo que no cambió demasiado con el tiempo, esos son los parques de diversión modestos, que siguen teniendo la misma estructura de siempre y a lo sumo incorporaron uno que otro juego nuevo. Claro, no hablamos de los superparques que tienen montaña rusa ni nada de eso, me refiero más bien a los que tienen tumbalatas, los de los botes y un pintoresco gusano loco. Son claramente una apuesta a la subsistencia, apelan a un público tan modesto como ellos, que va para divertirse un rato y si se puede, ganar algún premio como un velador, un vino barato o un osito de peluche. Ni más ni menos que eso, porque las ganancias sólo alcanzan para repintar un par de juegos y si es necesario reparar otro, pero no para mucho más. Los empleados saben que si alguien se gana un premio un poquito, sólo un poquito más caro, no será fácil reponerlo. Yo era uno de esos que iban a los parques baratos, no daban para más los bolsillos y con eso nos alcanzaba. Eran realmente divertidos, aunque nos pasáramos buena parte del tiempo recorriendo juegos y viendo cómo le pegaban a las latas con bolas hechas con trapos, de manera que el disparo no tuviera ninguna lógica y saliera para cualquier lado. Nunca pude tirar todas las latas, pero mi primo Gualo sí las tiraba todas. Su mamá le tenía prohibido pedir premios como botellas de vino, petacas de licor o un cognac de las tres plumas. Claro, estaban pensados para gente más grande que nosotros y por eso los premios eran para gente mayor de edad. Por eso Gualo, que cuando se modernizó nos avisó que su apodo ya no era ese sino Walo, salía de cada visita al parque con espuma de afeitar, una colonia de color azul que lucía muy linda, pero su aroma no tanto, una pistola de cebitas y tal vez algún juguete plástico. Resultaban más atractivos esos juegos que los mecánicos. Recuerdo una noche que subimos al gusano loco, que andaba tan fuerte que no pudimos soltarnos ni un segundo y en una de las curvas casi pasamos de largo. Pero Walo era también especialista en subir al bote, ese que iba como una hamaca gigante de un lado al otro, llegaba a buena altura y bajaba. Había que ser bien valiente para no descomponerse. A la tercera bajada yo pedía que por favor parara y Walo, que apenas tenía dos años más que yo, pero mucha más cancha, se ponía de pie y hasta me saludaba sonriente. Siempre respeté las sillas voladoras, era como meternos dentro de un lavarropas, pero más peligroso. No paraba de pensar que alguna cadena podía cortarse y a mi me tendrían que buscar fuera del parque. Llegamos a un puestito dentro del mismo parque que sobre una tabla blanca tenía pintado un círculo rojo. Había que taparlo con chapas redondas y el premio era plata, fresca y legal. Ahí Walo perdía el rumbo porque se empeñaba en jugar y jugar hasta gastar todo lo que le daban y jamás podía tapar el círculo. Nunca pudimos taparlo, ni el ni yo ni nadie, pero el señor que atendía ese juego los acomodaba de tal forma que siempre tapaba el círculo rojo. Tras varias frustraciones entrábamos al tren fantasma, lleno de ruidos, música y tiniebla. A veces se les rayaba el disco y los mismos alaridos salían una y otra vez. Pero éramos tan inocentes que nos asustábamos aun sabiendo que todo estaba grabado. No eran tantos los juegos, los parques eran realmente pobres, de poca luz y pocos atractivos. Una caña de pescar con algún imán invitaba a pescar algún premio, pero casualmente cada vez que queríamos pescar un regalo más o menos lindo, la caña ni lo movía. Los premios de los parques se parecían a los juguetes de las viejas bolsitas de cumpleaños, esos que uno no tenía jamás en cuenta. Igual, esos parques se llevaron horas de nuestra infancia y nos dieron diversión.
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