“Doloroso e incalificable hecho”

Redacción

Por Redacción

En la madrugada del viernes 24 de mayo pasado, del establecimiento La Alazana, sito en el paraje Las Golondrinas, provincia del Chubut, tras haber sido violentado un cerco de alambre, fue sustraída Lula, una yegua entrenada especialmente para la rehabilitación de personas con discapacidad. Pues La Alazana se dedica a eso: es un reconocido centro de equinoterapia al que acuden decenas de personas (preferentemente niños y jóvenes) con discapacidades de todo tipo. La rehabilitación que allí encuentran no es sólo kinesiológica. Ganan seguridad y autoestima, admiración de amigos y conocidos que no saben o que temen montar, olvidan por unos valiosos instantes la prisión perpetua de los imprescindibles instrumentos ortopédicos. Se integran, tienen logros que mostrar, se insertan en una sociedad que suele darles solamente indiferencia. La mansa, vieja y querida Lula aportaba todo eso año tras año. Tras el robo, y mediante la diligencia de los propietarios de La Alazana (quienes, pocos años atrás, ya habían sufrido igual experiencia con otra yegua), las Policías de Chubut y Río Negro actuaron eficazmente y en conjunto en esa zona limítrofe, tan fértil para la demora burocrática. Dieron rápidamente con los cuatreros en los alrededores de El Bolsón, Río Negro. Personajes éstos que se vieron sorprendidos ante la celeridad de todo el procedimiento. Y encontraron la cabeza de Lula –inconfundible gracias a su extraño “antifaz blanco” en su cara rojiza–, y sus vísceras arrojadas en un potrero cercano. Allanamientos mediante, también dieron cuenta de la carne del desdichado animal, que habría sido vendida en su mayor parte a terceros, descartando cualquier tipo de justificación en el estado de necesidad o de “situación social” (la que, aun de existir, no habilitaría tampoco a dañar a terceros impunemente). Este doloroso e incalificable hecho tuvo hasta el momento las mejores respuestas que institucionalmente se podían dar. Pero la finalización de la tarea sólo tendrá lugar cuando existan condenas firmes a los responsables, nunca antes. Nuestra realidad cotidiana opera como la censura por profusión de la que hablaba Umberto Eco: el escándalo de hoy hace olvidar al escándalo de ayer, hasta que perdemos la cuenta de cuántos escándalos vemos a diario y ya nada nos importa, anestesiados por tanto bagaje imposible de procesar y soportar. Siempre habrá “algo más importante o urgente” que nos hará desatender “lo menos importante o urgente” hasta que, de esa manera, terminemos por no ocuparnos absolutamente de nada. No puede ni debe ser el destino de lo ocurrido con Lula. No sólo porque su trascendencia va mucho mas allá de la mera pérdida de un animal, sino porque la inseguridad de la que tanto nos horrorizamos se combate hecho delictivo tras hecho delictivo. Sean robos, muertes, violaciones, peculados o estafas. Si hemos tipificado esas y otras conductas penales es porque, como sociedad, nos parecen todas graves y, por consiguiente, punibles. Que un delito sea más grave que otro no quiere decir que éste último haya dejado de serlo, ni que merezca quedar impune. Desde aquí sólo queda hacer votos para que la investigación de este triste hecho no decaiga ni en su profesionalismo y efectividad ni en su celeridad, para que rápidamente –pues el respeto a las garantías constitucionales nunca debe ser un obstáculo para un pronunciamiento en plazos razonables– se llegue a la certeza de una condena firme. Para que de ese modo, todos podamos vivir un poco más tranquilos y un poco mejor. Para que en La Alazana no deban preguntarse si vale la pena continuar, invertir en otro animal y en su entrenamiento; depositar tantas expectativas y tanto afecto, si todo terminará igualmente con muerte e impunidad. Para que no se defraude otra vez a decenas de aquellos verdaderos postergados de nuestra sociedad, inocentes cuya alegría y liberación se encontraba en esa sesión de equinoterapia que esperaban con ansiedad semana a semana. Atendiendo a que sus tiempos no son los mismos que los que una defensa dilatoria proponga en el necesario proceso que se deba seguir contra los responsables. Para que el triste sacrificio de Lula nos mejore como sociedad. En definitiva, lo mismo que supo hacer este querido animal durante toda su vida. Pablo Luis Sigüenza DNI 17.233.388 Bariloche

Pablo Luis Sigüenza DNI 17.233.388 Bariloche


En la madrugada del viernes 24 de mayo pasado, del establecimiento La Alazana, sito en el paraje Las Golondrinas, provincia del Chubut, tras haber sido violentado un cerco de alambre, fue sustraída Lula, una yegua entrenada especialmente para la rehabilitación de personas con discapacidad. Pues La Alazana se dedica a eso: es un reconocido centro de equinoterapia al que acuden decenas de personas (preferentemente niños y jóvenes) con discapacidades de todo tipo. La rehabilitación que allí encuentran no es sólo kinesiológica. Ganan seguridad y autoestima, admiración de amigos y conocidos que no saben o que temen montar, olvidan por unos valiosos instantes la prisión perpetua de los imprescindibles instrumentos ortopédicos. Se integran, tienen logros que mostrar, se insertan en una sociedad que suele darles solamente indiferencia. La mansa, vieja y querida Lula aportaba todo eso año tras año. Tras el robo, y mediante la diligencia de los propietarios de La Alazana (quienes, pocos años atrás, ya habían sufrido igual experiencia con otra yegua), las Policías de Chubut y Río Negro actuaron eficazmente y en conjunto en esa zona limítrofe, tan fértil para la demora burocrática. Dieron rápidamente con los cuatreros en los alrededores de El Bolsón, Río Negro. Personajes éstos que se vieron sorprendidos ante la celeridad de todo el procedimiento. Y encontraron la cabeza de Lula –inconfundible gracias a su extraño “antifaz blanco” en su cara rojiza–, y sus vísceras arrojadas en un potrero cercano. Allanamientos mediante, también dieron cuenta de la carne del desdichado animal, que habría sido vendida en su mayor parte a terceros, descartando cualquier tipo de justificación en el estado de necesidad o de “situación social” (la que, aun de existir, no habilitaría tampoco a dañar a terceros impunemente). Este doloroso e incalificable hecho tuvo hasta el momento las mejores respuestas que institucionalmente se podían dar. Pero la finalización de la tarea sólo tendrá lugar cuando existan condenas firmes a los responsables, nunca antes. Nuestra realidad cotidiana opera como la censura por profusión de la que hablaba Umberto Eco: el escándalo de hoy hace olvidar al escándalo de ayer, hasta que perdemos la cuenta de cuántos escándalos vemos a diario y ya nada nos importa, anestesiados por tanto bagaje imposible de procesar y soportar. Siempre habrá “algo más importante o urgente” que nos hará desatender “lo menos importante o urgente” hasta que, de esa manera, terminemos por no ocuparnos absolutamente de nada. No puede ni debe ser el destino de lo ocurrido con Lula. No sólo porque su trascendencia va mucho mas allá de la mera pérdida de un animal, sino porque la inseguridad de la que tanto nos horrorizamos se combate hecho delictivo tras hecho delictivo. Sean robos, muertes, violaciones, peculados o estafas. Si hemos tipificado esas y otras conductas penales es porque, como sociedad, nos parecen todas graves y, por consiguiente, punibles. Que un delito sea más grave que otro no quiere decir que éste último haya dejado de serlo, ni que merezca quedar impune. Desde aquí sólo queda hacer votos para que la investigación de este triste hecho no decaiga ni en su profesionalismo y efectividad ni en su celeridad, para que rápidamente –pues el respeto a las garantías constitucionales nunca debe ser un obstáculo para un pronunciamiento en plazos razonables– se llegue a la certeza de una condena firme. Para que de ese modo, todos podamos vivir un poco más tranquilos y un poco mejor. Para que en La Alazana no deban preguntarse si vale la pena continuar, invertir en otro animal y en su entrenamiento; depositar tantas expectativas y tanto afecto, si todo terminará igualmente con muerte e impunidad. Para que no se defraude otra vez a decenas de aquellos verdaderos postergados de nuestra sociedad, inocentes cuya alegría y liberación se encontraba en esa sesión de equinoterapia que esperaban con ansiedad semana a semana. Atendiendo a que sus tiempos no son los mismos que los que una defensa dilatoria proponga en el necesario proceso que se deba seguir contra los responsables. Para que el triste sacrificio de Lula nos mejore como sociedad. En definitiva, lo mismo que supo hacer este querido animal durante toda su vida. Pablo Luis Sigüenza DNI 17.233.388 Bariloche

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