Double talk
TOMÁS BUCH (*)
Debo empezar pidiendo perdón por la introducción de un neologismo en inglés como título de esta nota, simplemente porque no encuentro una traducción exacta en nuestro idioma. Literalmente, la palabra significa “doble habla”, pero eso suena feo. También se puede hablar de “double think”, el doble pensamiento, palabra presuntamente inventada por George Orwell en su novela “1984”. Allí, la policía era la guardia de la felicidad, la guerra era la paz y la agresión era la defensa. Costumbre que, por otra parte, ya hemos aceptado hace mucho: ya incluso el agresivo Departamento de Guerra de Estados Unidos se llama Departamento de Defensa. Antes había más sinceridad: el Ministerio de Guerra se llamaba así y no pretendía ser el ministerio de la paz. Una paz con docenas de muertos por día, impuesta por la fuerza de las armas, como la que rige en Afganistán y en Irak. Por otra parte, el ejemplo del anglicismo me ayuda a meterme en mi tema, que trata sobre la degeneración del lenguaje, del inútil y vergonzoso abandono de nuestro idioma hasta por parte de la Real Academia de la Lengua, y de la pérdida o tergiversación de nuestro lenguaje cotidiano por la distorsión deliberada del sentido de palabras conocidas, para servir –conscientemente o no– a ideologías que se apoderan del lenguaje así como tratan de hacerlo con todo lo demás. Además, está la introducción de anglicismos derivados de las técnicas de comunicación, como “software”, “backapear” y tantos similares. El galicismo “ordenador” que designa a las computadoras (que rara vez computan nada, salvo por dentro) ha perdido la batalla contra el anglicismo “computadora”. Son temas relacionados pero diferentes. Veamos primero el más sencillo: el esnobismo o cobardía puesta de manifiesto cuando lo que era la acción del mochilero de nuestras montañas ahora es “trecking” y lo que solía ser una liquidación se ha transformado en “sale”. Hay muchos ejemplos: un descuento se ha transformado en “off”, nombre, por otra parte, de un conocido insecticida. Para no hablar de los innumerables casos de mal uso del genitivo sajón inglés “apóstrofo-s”. Son innumerables los errores que se suelen encontrar en los menús de restaurantes que se la dan de finos poniendo los nombres de los platos en un inglés macarrónico. ¿Por qué los vendedores de fideos y de nuestra lengua no se toman el trabajo de mirar en un diccionario, o consultar a alguien que conozcan algo del lenguaje, antes de “aparcar el carro”? La otra parte de nuestro tema es mucho más grave, más insidiosa y más peligrosa y consiste en la introducción, en nuestro lenguaje cotidiano, de palabras cuyo significado nos es impuesto sin que sepamos bien de qué estamos hablando –para peor–, imponiéndonos un significado tácito que se nos hace indiscutible. Estas palabras son numerosas y permean, sobre todo, el lenguaje político y económico. Con su uso constante nos estamos acostumbrando a aceptar ideologías que no dicen su nombre: entre los ejemplos figuran términos de uso diario y cuyo significado damos por conocido y aceptado, como los ejemplos: desarrollo, progreso, racionalidad, mercados, violencia, inseguridad y tantos otros, al punto de que la pregunta “¿qué significa desarrollo?” despierta por lo menos asombro. No es éste el lugar que sirva para más que tratar unos pocos ejemplos, pero me basta con transmitir la idea y que nos hagamos la pregunta acerca de qué estamos hablando cuando hablamos, por ejemplo, de desarrollo, uno de los términos más usados por políticos y economistas y que ha pasado de allí al lenguaje cotidiano, con el significado tácito del acceso a la posesión de mayor cantidad de bienes a precios accesibles –accesibles para mi grupo social– porque qué pasa por encima o por debajo de éste, no me interesa, ni tampoco el preguntarme para qué necesito esos bienes. “Progreso” es otro de esos términos, casi sinónimo del anterior. “Crecimiento”, es otro más. Todas estas cosas son buenas, nos hemos acostumbrado a aceptar sin analizar de qué estamos hablando. Desarrollo tiene su antónimo, “subdesarrollo”, un estado inferior del que otros eufemismos nos ayudan a creer que estamos saliendo: estamos “en vías de desarrollo” o somos “emergentes”. Esto nos planta un modelo económico materialista y muy definido en la mente, uno que se presenta no sólo como deseable sino como el único posible: la dictadura de “los mercados”. Ese modelo es el que rige en los países del norte, Europa, los EE. UU. y Japón y algunos otros. Un modelo que está sumido en una crisis cuya profundidad se nos oculta, sin mayor éxito: el porcentaje de desocupación en España y Grecia –países desarrollados– está llegando al 30%. Casi el 10% de los habitantes de EE. UU. vive en la pobreza, en barrios tan miserables y decaídos como nuestras favelas, aunque en estilos diferentes. El individualismo llega a tales extremos que un servicio de salud público es considerado socialismo y la atención más elemental es negada a quien no pueda pagarla. En los países desarrollados, además, rige el “mercado” y absolutamente todo (por ahora aún con la excepción del aire, aunque no esté contaminado, pero sí la salud y la educación) son mercancías: hasta la misma contaminación es una mercancía, cuyo derecho se puede comprar en un “mercado del carbono” bajo los auspicios de las Naciones Unidas. El motor de ese desarrollo es el consumo fomentado a diario por todos los medios. El sistema consume el doble de lo que la Tierra produce en un año y si todos los países llegaran a ser “desarrollados”, según este esquema, no bastarían siete planetas Tierra para proveer los medios. Lamentablemente, hay una sola Tierra, así que la mayor parte de los humanos no alcanzará el desarrollo tan anhelado, esa zanahoria que, junto con el palo, viene en forma de drones o de espionaje. A pesar de que el ansia de “progreso” nos lleva en ese sentido, el de la racionalidad conforme a fines (el armamentismo es racional, desde el fin de su utilidad para la guerra por los recursos de nuestra única Tierra), mientras que nadie (o casi nadie, los que claman en el desierto) considera la racionalidad conforme a valores: el bienestar humano y el resto de los habitantes del planeta. Ésta es, por supuesto, una crítica al modelo del derrame, fracasado en todas partes y que sólo está conduciendo a una concentración cada vez más injusta de la riqueza. Lo vemos en los constantes y desproporcionados aumentos de precio que se observan por doquier. Pero, sobre todo, pretende llamar la atención al contrabando ideológico al que nos somete el lenguaje diario. (*) Físico y químico
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