Dudas clericales
Los dirigentes de la Iglesia deberían decir cuáles son los "caminos" que nos llevarían al país solidario que dicen añorar.
Conforme al cardenal Raúl Primatesta, «una democracia puede caer en la demagogia cuando no se encuentran u ofrecen caminos y todo, entonces, puede terminar en el desastre», aseveración que se asemeja bastante a las formuladas en tiempos no tan lejanos por aquellos golpistas que, luego de subrayar la ineficacia que a su entender era la característica más notable del sistema democrático, ayudaron a reemplazarlo por un orden a su juicio muchísimo mejor. Lo mismo que los golpistas, el purpurado no se conformó con denostar a un gobierno determinado, criticando su lentitud y su evidente incapacidad para encontrar «caminos», sino que prefirió atribuir las dificultades actuales a la democracia como tal, diciendo en efecto que a menos que brindara soluciones inmediatas, es un fraude propio de demagogos, insinuando de este modo que sería legítimo reemplazarlo por un régimen que forzosamente tendría que ser autoritario antes de que se produzca el desastre previsto. Por supuesto, a Primatesta, hombre que se formó en épocas en las que muchos clérigos consideraban la democracia una herejía liberal maligna, ajena a las esencias patrias de los países de habla hispana, no se le ocurrió la idea de que el desempeño decepcionante de un solo gobierno no nos dice nada sobre el valor intrínseco de la democracia, sistema que parece creer excesivamente propenso a caer en los vicios aristotélicos de «la oligocracia» y «la plutocracia», lo cual hace pensar que sus dudas en cuanto al sistema se extienden a sus manifestaciones en Europa occidental y América del Norte donde, claro está, algunos influyen mucho más que otros y los ricos son muy poderosos.
Según el eclesiástico, el cual a pesar de su edad avanzada figura como presidente de la comisión de Pastoral Social de su iglesia, el problema es que «faltan caminos consistentes, seguros para la organización de nuestra nación». Tiene razón: de existir caminos «consistentes y seguros», nunca habría crisis porque todo avanzaría sobre rieles. Sin embargo, por lamentable que le parezca, en el mundo actual los cambios suelen resultar sumamente confusos y, obvio es decirlo, imprevisibles, beneficiando a algunos y perjudicando a otros. Pero aunque puede entenderse el rencor que sienten estos últimos, sería difícil negar que en términos generales el saldo está resultando positivo. Todos los índices disponibles muestran que en la actualidad los hombres y mujeres viven más, disfrutan de mejor salud, poseen más bienes, tienen más oportunidades y gozan de más libertad que en cualquier otro período de la historia humana. Desde luego, sólo se trata de promedios y en la Argentina -si bien no en la mayoría abrumadora de los países democráticos- abundan aquellos que tienen muchísimos motivos para quejarse, ¿pero realmente sería deseable retroceder al pasado predemocrático?
Son muchos los clérigos que se dicen angustiados por las penurias del pueblo y que urgen a las autoridades a tomarlas en cuenta a la hora de decidir las medidas económicas. Tales preocupaciones son legítimas y positivas, aunque no tanto como lo serían si los príncipes de la Iglesia dijeran cuáles serían los «caminos» que nos llevarían al país solidario que afirman añorar. Pero una cosa es tratar de cumplir el papel de vocero de quienes supuestamente no tienen voz, impulsando reformas dentro del marco democrático, y otra muy distinta es dar a entender que acaso convendría intentar una vez más una solución autoritaria -¿es concebible otra alternativa a «esta democracia» sindicada como casi demagógica, además de oligárquica y plutocrática?- a fin de atenuar problemas cuyas eventuales soluciones difícilmente se encontrarían fuera del orden democrático. Mal que le pese al cardenal, la experiencia universal ya ha probado, más allá de cualquier duda, que la democracia no sólo es el único sistema político digno de hombres libres, sino que también es por un margen amplísimo el más eficaz tanto en términos económicos como en sociales. Insinuar que no es así, que en la Argentina por lo menos es una farsa que se ha desvirtuado porque no ofrece la certidumbre que reclama, es una buena manera de preparar el camino para el «desastre» que vaticinaba.