El costo de esperar

Redacción

Por Redacción

Los médicos saben que para un paciente en terapia intensiva las primeras horas deciden la vida o la muerte ya que, si no se actúa con toda velocidad, el cuadro se agrava sin remedio: el tiempo es fundamental. La Argentina ha dejado que transcurran más de cien días sin intervención del Presidente para desprenderse del lastre político que ha sido su Jefe de Gabinete. Quizás lo notó recién ahora, pero esa pasividad no ha sido un gesto de prudencia, sino un riesgo de desgaste para la conducción y para el rumbo del país en general. Lo que no se resuelve rápido, se deteriora.

Es casi una ley que la política castiga tanto los errores como las demoras.

Hay dirigentes que fracasan por hacer las cosas mal y otros que se empantanan por postergarlas y hacerlas demasiado tarde. Si hay algo que no se detiene es el almanaque, ya que avanza como la arena que cae en un reloj de vidrio, sin pausa ni reversa. Y ese lapso perdido no brinda revancha.

En algunos casos, esas dilaciones juegan a favor de los oficialismos, ya que las noticias se suceden, las agendas cambian y lo que hasta ayer parecía una crisis terminal queda enterrado bajo la avalancha informativa de un hecho nuevo. Es el truco habitual de la política moderna: resistir, esperar y confiar en que el calendario haga el trabajo que no hacen las explicaciones. En tal sentido, la historia enseña que muchos gobiernos han confundido dilación con estrategia.

La regla, sin embargo, tiene excepciones y el caso de Manuel Adorni es una de ellas, ya que se convirtió, pese a las advertencias de muchos dentro del propio gobierno nacional, en uno de esos episodios que no se disuelven con el correr del calendario.

Más de un trimestre después de que la situación se hiciera pública, la discusión estuvo abierta hasta el viaje del presidente a España. Nunca se apagó, ni con la intensa actividad legislativa desplegada para interpelarlo, ni con el Mundial de fútbol y ni siquiera con otros escándalos de alto impacto, como es el caso Insaurralde.

El foco había dejado de estar desde hace un tiempo en el hecho inicial de tantas mentiras acumuladas y se desplazó hacia la ausencia de una decisión que considerara el daño moral que el funcionario cuestionado le propinó a la sociedad. Cuando un gobierno no logra cerrar a tiempo un episodio de esta magnitud, el problema ya no gira en torno a él, sino que pone en duda la propia capacidad de la conducción.

En política, no decidir también es decidir y así, cada jornada que ha pasado sin una definición dejó una marca.

La falta de resolución de un conflicto ético tan de fondo terminó expresando un estilo de gobierno, tanto como lo hacen una conferencia de prensa o un DNU. Y cuando esa indefinición se ha prolongado tanto como esta vez, para la sociedad dejó de ser un episodio circunstancial para convertirse en un dato político estructural.

La persistencia en defender al funcionario reveló algo más profundo: las internas maniataron al Gobierno que, en lugar de gestionar, se encerró en cuestiones secundarias y, en vez de mostrar eventuales logros, se quedó atrapado en una defensa casi suicida. La decisión de correrlo de la vocería fue apenas un movimiento táctico, pero no resolvió el problema de fondo que viene por el lado del deterioro, ya que cuanto más tiempo ha pasado sin dar una respuesta clara sobre su patrimonio, más se consolidó la controversia en la opinión pública. Ayer se conoció su salida.

Pero ya se sabe que el reloj nunca es neutral, porque a veces trabaja para el poder y en otras lo desgasta y esa diferencia depende de una sola variable: si quien gobierna conduce los acontecimientos o si se deja arrastrar por ellos.

Inclusive, el ministro de Economía advirtió muchas veces puertas para adentro que los logros que él desearía comunicar se iban diluyendo con el paso de los días, porque, sin respaldo político pleno, las señales se evaporan y los problemas se multiplican.

El tiempo, juez silencioso, no concede prórrogas. Cada minuto que ha pasado es una condena a futuro porque cada jornada sin decisión terminó golpeando la credibilidad.

La realidad es aún más dura, ya que lo que se demora no regresa casi nunca.

En política, como en la unidad de terapia intensiva, lo que no se hace en un primer instante no se recupera jamás.


Los médicos saben que para un paciente en terapia intensiva las primeras horas deciden la vida o la muerte ya que, si no se actúa con toda velocidad, el cuadro se agrava sin remedio: el tiempo es fundamental. La Argentina ha dejado que transcurran más de cien días sin intervención del Presidente para desprenderse del lastre político que ha sido su Jefe de Gabinete. Quizás lo notó recién ahora, pero esa pasividad no ha sido un gesto de prudencia, sino un riesgo de desgaste para la conducción y para el rumbo del país en general. Lo que no se resuelve rápido, se deteriora.

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