Superar la grieta

Por Redacción

El papa León XIV llega hoy a la Argentina. Su visita representa una oportunidad que trasciende el acontecimiento religioso. En un país atravesado por una profunda fragmentación política y social, su presencia puede ser una oportunidad para recuperar el diálogo, la convivencia democrática y reconocer que las diferencias no deberían impedir la búsqueda de objetivos comunes.

Las últimas encuestas de opinión pública muestran datos significativos. Aunque la Iglesia Católica ha disminuido su predominancia histórica en la sociedad argentina en favor de otros credos o el laicismo, un 60% considera relevantes sus pronunciamientos y es una de las pocas instituciones que conserva una imagen positiva de más del 40% de la sociedad. Un relevamiento de Opina Argentina indica que dos tercios de los argentinos tienen una buena consideración del papa y no lo identifica con ningún espacio político local. A su vez, el 60% considera que su llegada no beneficiará ni perjudicará al gobierno de Javier Milei. Una percepción mayoritariamente ajena a la confrontación partidaria.

Esa es, precisamente, una de las principales oportunidades de esta visita. El desafío será evitar que León XIV quede atrapado en las disputas domésticas. La experiencia del papado de Francisco dejó una amarga enseñanza a los argentinos: durante años, buena parte de la dirigencia política y de la sociedad analizó con lupa cada uno de sus gestos, interpretó sus palabras en clave partidaria y procuró apropiarse de su figura.

La visita que nunca llegó a concretarse demostró las dificultades del país para separar el cálculo partidario de los valores que deberían estar por encima de las coyunturas. León XIV llega con una identidad propia y una misión pastoral que no tiene por qué ajustarse a las expectativas de ningún sector.

Su autoridad moral y su mirada humanista sobre problemas como la pobreza, la educación, la IA, el trabajo y la cohesión social sin duda pueden contribuir al debate público, pero no lo convierten en árbitro de las disputas argentinas ni en aliado de oficialistas u opositores.

En una sociedad acostumbrada a interpretar casi todo en términos de las grietas políticas, hasta un mensaje de paz puede convertirse en arma de controversia. Sin embargo, la visita debería ser una ocasión para hacer exactamente lo contrario: dejar de lado el leguaje de barricada y escuchar un mensaje que interpela más allá de las creencias religiosas y partidarias.

Mantener un clima de concordia no significa negar las diferencias políticas, a veces profundas, sino reconocer al otro como parte de la misma comunidad, aceptar la legitimidad de las ideas distintas y comprender que el adversario político no es un enemigo. Esa distinción, elemental en cualquier democracia, se ha debilitado en una Argentina donde el insulto reemplaza con demasiada frecuencia al argumento y el debate de ideas.

Este estilo polarizante, potenciado por el cálculo electoral y la dinámica de los medios y redes sociales, deteriora la confianza, profundiza divisiones y termina afectando el funcionamiento de las instituciones. Si cada discusión va a plantearse como una batalla definitiva, se vuelve difícil construir los acuerdos básicos en educación, desarrollo, producción y políticas sociales que necesita nuestro país. Ningún gobierno puede resolver por sí solo problemas que requieren continuidad y compromisos que sobrevivan a los cambios de administración.

Argentina ingresa en un periodo complejo, donde el contexto internacional y la incertidumbre política interna propia de un proceso electoral incipiente comienzan a complicar la estabilidad, potencian desigualdades y desnudan fragilidades que afectan a la economía y repercuten en lo social.

La verdadera medida de esta visita no estará en las fotografías, los actos multitudinarios ni las declaraciones de ocasión, sino en la capacidad de la dirigencia para recibir su mensaje y traducirlo en actitudes y compromisos concretos.

El presidente, como cabeza del Estado argentino, tiene la responsabilidad principal. Un buen inicio fue haber hecho una amplia convocatoria a los actos institucionales.

León XIV no viene a resolver los problemas argentinos ni le corresponde hacerlo. Pero su llegada puede ofrecer una oportunidad para que la sociedad y, especialmente, sus dirigentes revisen una práctica política que ha convertido la polarización en un mecanismo permanente para construir poder.

Recibirlo con sentido de responsabilidad supone evitar utilizar su mensaje para profundizar la grieta, y escuchar aquello que puede ayudar a superarla.