El 2020 debe ser declarado año “Belgraniano”
ARMANDO MARIO MARQUEZ*
Como lo propugno en el articulado el año próximo debe ser consagrado a la rememoración de uno de nuestros mejores hombres, don Manuel Belgrano, en cuyo curso, más precisamente el 20 de junio, se cumplen doscientos años de su muerte, a su vez que, el 3 de junio, ocurrirán los doscientos cincuenta años de su nacimiento, hechos ambos ocurridos en la ciudad de Buenos Aires.
Es un imperativo que el gobierno actual, o, en su defecto, el entrante -cuestión ésta demasiado poco relevante para honrar al prócer- pongan de inmediato manos a la obra y así lo dispongan, lo que permitirá que durante el 2020 se lo recuerde en cada acto de gobierno y con el membrete oficial, del mismo modo que obligaría a su recordación y estudio no solo en las aulas y claustros, sino que también exigiría difusión y actividad académica para todos nuestros compatriotas y habitantes de nuestra patria.
El 20 de junio se cumplen doscientos años de su muerte, a su vez que, el 3 de junio, ocurrirán los doscientos cincuenta años de su nacimiento.
No creo necesario, a esta altura, fundamentar lo exigido a las autoridades nacionales, pero, si alguno pone en duda su procedencia, le recuerdo que desde muy joven edad Manuel Belgrano se involucró en la vida pública de nuestra Nación, al asumir con 24 años, al regreso de su formación académica en España, al frente del Consulado de Buenos Aires, organismo desde donde descolló con su actividad, no solo a favor del Libre Comercio que reclamaban estas tierras, sino también la generación de una legislación en aras de la educación, la producción y el desarrollo.
Tampoco voy a soslayar que no dudó en asumir funciones militares en oportunidad de las invasiones inglesas de 1806 y 1807, y que tras ellas fue uno de los motores del bando criollo que generara los sucesos de mayo de 1810 en la ciudad del puerto, en los que tuvo una actividad descollante, a la vez que integrante de la Primera Junta de Gobierno Patrio, bajo cuyo encargo debió dirigirse en misión político-militar al Paraguay, en transcurso de la cual fundó las ciudades de Mandisoví (hoy Federación) en Entre Ríos y Curuzú Cuatía en Corrientes.
Es de su autoría, en el contexto de esa misión, el dictado del Reglamento de los 33 pueblos o de las Misiones del 30 de diciembre de 1810, un verdadero texto cuasi constitucional para regir la vida de los asentamientos existentes en la actual provincia de ese nombre, el que, por haber decidido los convencionales misioneros de 1958, que ese texto forme parte de su constitución provincial, se erige en el documento institucional más antiguo con vigencia actual.
No voy a olvidar, a su vuelta, su asunción como comandante del Cuerpo de Patricios, ni la creación de nuestra enseña patria, ni tampoco su sólida labor al frente del Ejército del Norte.
Menos aún, recordar que en camino hacia su asunción en el cuerpo militar precedentemente indicado pasó por el Congreso de Tucumán y en la sesión secreta del 5 de julio de 1816 fogoneó el dictado de nuestra independencia nacional, concretada días después, en términos consonantes con la acción del otro grande, José de San Martín, enmarcado ello en la idea de la Patria Grande.
Su vida transcurrió al servicio de los ideales nacionales y hasta su muerte, que lo halló en la mayor pobreza, estuvo signada por su amor a la patria, tal como lo denotan sus palabras finales.
Prieta síntesis de una vida merecedora de la recordación postulada en el título, para quien, al ser preguntado si se creía un padre de la patria, respondió que solo se contentaba con ser un buen hijo de ella.
*Presidente del Centro de Estudios Constitucionales del Comahue, presidente de la Junta de Estudios Históricos del Neuquén, miembro del Instituto Nacional Belgraniano
ARMANDO MARIO MARQUEZ*
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