El amigo ecuatoriano

Por Redacción

Sería difícil concebir la indignación que se apoderaría de la presidenta Cristina Fernández de Kirchner y sus simpatizantes si un mandatario extranjero, de visita en el país, afirmara que, si bien le parece doloroso que la dictadura militar de más de treinta años atrás haya matado a tantas personas, no puede compararse con la cantidad de muertos en Siria, que ya se ha aproximado a 50.000, de suerte que “no debemos manipular”. Con toda seguridad estallarían de ira y reclamarían que se rectificara. Sin embargo, a la presidenta no se le ocurrió reaccionar frente al comentario despectivo, y sumamente desafortunado, del presidente ecuatoriano, Rafael Correa, acerca del atentado devastador contra la sede de la AMIA. Para estupor de muchos, Correa quitó importancia a la atrocidad, pidiéndonos ver “cuántos murieron en el bombardeo de la OTAN en Libia. Comparemos las cosas y veamos dónde están los verdaderos peligros”. Se trataba de un intento extraordinariamente torpe por parte de Correa de defender el régimen teocrático iraní que se ve acusado por la Justicia de haber estado detrás del atentado terrorista más mortífero de la historia de nuestro país, ya que, como su mentor, el caudillo venezolano Hugo Chávez, ha optado por aliarse con las dictaduras más retardatarias, y brutales, del Oriente Medio y el norte de África, entre ellas la del sirio Bashar al Assad –el que, según se informa, podría estar pensando en asilarse en Ecuador– y, hasta el día de su muerte, el libio Muammar Gaddafi. Es poco probable que Chávez, Correa y otros dirigentes “bolivarianos” como Evo Morales sientan demasiada simpatía por el fanatismo religioso de los islamistas, pero, como sucede con muchos extremistas de izquierda y derecha en el mundo occidental, les gusta la hostilidad rabiosa que manifiestan hacia Estados Unidos, a su juicio la fuente de todos los males habidos y por haber. Asimismo entienden que, si no fuera por los atentados contra la embajada de Israel y la sede de la AMIA, Cristina se acercaría aún más al eje chavista. Será por este motivo que el canciller Héctor Timerman se ha propuesto intentar eliminar el obstáculo así supuesto impulsando un acuerdo con los iraníes, pero hasta ahora no han prosperado sus esfuerzos por convencerlos de que sería de su interés por lo menos fingir estar dispuestos a respetar la Justicia argentina; antes bien, las negociaciones que ha emprendido sólo han servido para sembrar inquietud. Por cierto, los voceros de organizaciones judías como la DAIA distan de ser los únicos que encuentran muy preocupante la voluntad evidente del gobierno kirchnerista de romper filas con las principales potencias occidentales que están aplicando sanciones económicas contra Irán con el propósito de obligarlo a abandonar su programa nuclear antes de que Israel o Estados Unidos decidan que no les queda más alternativa que la de frenarlo atacando las instalaciones. Ya antes de aprovechar Correa la oportunidad que le fue brindada para minimizar el significado del atentado islamista contra la AMIA, su visita breve ocasionaba polémicas. A pesar de –o a causa de– su reputación de ser un enemigo acérrimo de la libertad de expresión, la Facultad de Periodismo y Comunicación Social de la Universidad Nacional de La Plata le dio el premio “Rodolfo Walsh” a la comunicación popular, un galardón que antes recibieron personajes de mentalidad parecida como Chávez y Hebe de Bonafini. De por sí, el que ciertos académicos se hayan sentido deslumbrados por las hipotéticas dotes periodísticas de políticos y activistas tan autoritarios no es sorprendente, ya que con frecuencia en universidades de Europa y América del Norte que son aún más prestigiosas que la de La Plata se han producido aberraciones similares, pero es preocupante que la presidenta Cristina y otros integrantes del oficialismo, además del juez de la Corte Suprema Eugenio Zaffaroni, compartan su desprecio por la libertad de prensa. Aunque parecería que el grueso de la clase política nacional se ha reconciliado con la democracia pluralista, todavía hay corrientes poderosas que, de tener la oportunidad, no vacilarían en amordazar a los disidentes so pretexto de que una mayoría electoral coyuntural o su supuesto compromiso con “el pueblo” les otorga el derecho a silenciar a quienes se resisten a aplaudir las arbitrariedades del régimen de turno.


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